sábado, 25 de octubre de 2014

Escocia. La invención de la tradición.

Circula por las redes un chiste según el cuál a la pregunta de qué significa la palabra "cotizar" un 85% de los gaditanos encuestados responde que un güijqui ezcocé. Seguramente otro tanto o más opinaría en Cádiz -y en cualquier parte del mundo- que Escocia es además la cuna original del whisky. Y esta vez errarían por poco. Es probable que sea tan importado de Irlanda como el gaélico que le da nombre (uisce beatha en la vertiente irlandesa, uisge beathahd en gaélico escocés, en ambos casos agua de fuego). Originario o no, hay que reconocer que han aportado tal esplendor a la artesanía del destilado más universal que nadie les debería negar el reconocimiento y la gloria de tal tradición como propia.

 La antigua Caledonia se llama hoy Escocia en virtud de la denominación romana para los invasores norirlandeses de la parte Oeste de su territorio, los escotos de las Tierras Altas. El Este y el Sur lo ocupaban los fieros pictos, así llamados también por los romanos por su manía de pintarrajearse la cara y el cuerpo. Algo aparecido a las pintas que gasta el Braveheart cinematográfico de Mel Gibson,
aunque en la época del auténtico William Wallace haría ya más de mil años que habían abandonado la costumbre de maquillarse para salir a matar. No se sabe si Wallace conoció el hoy afamado whisky de su tierra. Lo que sí es seguro es que en su vida vistió esa faldita llamada kilt y mucho menos el tartán con las líneas cruzadas características de su clan (que tampoco tenía, era hijo de un galés). No es hasta el siglo XVIII, consumada ya la unión de los británicos -recientemente cuestionada en referendum-, cuando las tropas de los highlanders adoptan esa curiosa forma de vestir el manto tradicional dejando las piernas al aire. El listado tejido de tartán fue posteriormente introducido por un avispado industrial cuáquero inglés, Thomas Rawlinson. Así lo señala, entre otros, el reconocido historiador Hugh Trevor-Roper en su famoso ensayo incluido en el libro La invención de la tradición. También apunta el desprecio que por los montañeses de las Tierras Altas sentían tanto los escoceses de las Lowlands, por salvajes y desordenados, como los irlandeses, que los consideraban despectivamente como a sus parientes pobres. Paradójicamente fue la integración de los regimientos highlanders en el ejército británico y su diferenciación por colores, la que puso de moda el kilt. El movimiento romántico decimonónico, como en todos los nacionalismos, añadió el resto y traspuso lo que era una etiqueta militar a un supuesto símbolo de los viejos clanes que, por supuesto, nunca habían tocado el paño.

 Y, si no puede sostenerse una identificación ni ancestral ni suficientemente antigua con estos dos emblemas de la identidad escocesa, qué nos queda. ¿La gaita?

Pues no, oiga. Conforme a su origen irlandés, el instrumento tradicional de los bardos gaélicos era el arpa. La gaita (cornamusa) no llega a Europa hasta la Edad Moderna procedente de Oriente. Una muy primitiva versión del instrumento se soplaba por las Highlands a finales del siglo XVI. A la mayoría de los habitantes de la Escocia de entonces, una amalgama de raíces pictas, sajonas y normandas, su sonido les resultaba tan estridente y bárbaro como sus montaraces paisanos. El desarrollo de la moderna gaita escocesa no tuvo lugar hasta el  XIX. cuando precisamente su estridencia resultó particularmente útil en el campo de batalla para marcar el paso de los ejércitos que cimentaron la gloria -una vez más- del Imperio Británico.

Cierto es que algunas prohibiciones y no poca literatura romántica contribuyeron a que estos elementos identitarios se utilizaran en los últimos dos siglos y medio como vehículo de discordias y rebeldías, pero resulta llamativo cómo la elevación burda e interesada  a tradiciones inmemoriales de costumbres modernas, acaba desfigurando tanto la Historia que la leyenda se asienta con mucha más fuerza en el imaginario colectivo, incluso de los más instruidos. Tampoco hace falta ir muy lejos para encontrar contumaces ejemplos del mismo proceso.

La ejecución de William Wallace, a mano de las huestes de Eduardo I de Inglaterra fue de las más atroces y despiadadas que refiere la Historia. Entre innumerables sevicias que no vienen a cuento, su cuerpo fue desmembrado para que no hubiera un sepulcro donde honrarlo. Ni, tal vez, donde pudiera revolverse al descubrir la imagen con que la posteridad le retrata. Con minifalda a cuadros de colegiala, burdamente maquillado como una fulana y con el tiroliro de fondo de las gaitas cantoras de las glorias de su enemigo.

Amigo Wallace, siempre nos quedará el whisky.

martes, 19 de agosto de 2014

Misuri

No sé qué me habrá impactado más, si los recientes disturbios raciales en la ciudad de Ferguson o el nombre del Estado de Misuri sobreimpresionado en la pantalla del televisor y escrito en los diarios. No voy a dármelas de avezado lingüista diciendo que no me hubiera resultado menos agresivo visualmente Missouri, que es como llaman a su tierra los misurianos (otro gancho a la mandíbula). Al contrario , después de las pertinentes comprobaciones, debo admitir que tanto Misuri como misuriano son los términos que bendice la Real Academia de la Lengua, que tampoco se anda con concesiones coloniales a sus vecinos de Misisipi y Luisiana.
Y es que -parafraseando a los clásicos de la pedagogía- la letra de topónimos y gentilicios con sangre entra, ya se derrame en episodios de violencia urbana, conflictos armados o catástrofes aéreas.

Sin ir más lejos que al Sudeste Asiático, de qué poco me ha servido leer a Emilio Salgari y sus Tigres de Malasia -que por entonces eran malayos- cuando uno de esos aviones tan dados a dejar plantados a los radares para aparecer en los sucesos, resulta ser tan malasio como su aerolínea y sus pilotos y la muchedumbre millonaria de ciudadanos de Malasia. Imagino al propio Sandokán -ahora pirata indonesio- perplejo bajo su turbante al descubrir que la R.A.E. reserva el término malayo para la etnia predominante y la lengua de sus tigres indomables.

Poco menos hostil que al señor Putin me resulta la palabra ucranio, en la que se empecina el Libro de Estilo de El País. Con mi autoridad de contertulio tabernario, convengo con la Academia en que, aunque el uso del gentilicio ucranio no es de suyo incorrecto, es preferible usar en castellano la forma ucraniano. Mi implacable lógica deductiva infiere que, análogamente, sus antiguos compatriotas de Crimea deberían considerarse crimeanos. Pero no, para éstos el Diccionario Panhispánico de Dudas prescribe la denominación de crimeos, que subliminalmente me los evoca más bajitos, morenos y proclives a comerse a los intrusos. No me extraña que haya guerras. Tiemblo al pensar que los de Donestk no tengan siquiera un gentilicio inteligible y que cualquier día algún académico proponga alguno que acabe de cabrearlos.

En fin, si algo he aprendido en esta canícula estival, cuando los becarios bogan como galeotes por las redacciones de los medios de comunicación, embruteciendo a las audiencias con sus faltas de ortografía, atentados gramaticales y toda suerte de vejaciones al idioma, es que conviene, antes de indignarse en exceso con algún término presuntamente desafortunado, obrar con la prudencia de los antiguos mariscales, que se cuidaban de quitarse el casco con penacho emplumado del uniforme de gala, no fuera a ser que desde el distante fragor de la batalla algún francotirador malintencionado acertara a verles el plumero.

martes, 12 de agosto de 2014

Un año en Galicia

Al otro lado de la puerta de mi casa, vive mi vecino John, con su mujer Susana y sus dos hijos. De rostro amable y aspecto incluso más desaliñado que el mío, este inglés del Norte desafía el frío Nordeste coruñés (que al fin y al cabo viene de su tierra) sin apearse de su atuendo de veraneante de camping, fiel a su camiseta y sus bermudas hasta en lo más desapacible del invierno. Aunque solo intercambio con él conversaciones de ascensor -a las que parece tan poco aficionado como yo- sus ojillos vivaces me inspiran simpatía. Detecto en ellos un brillo travieso, como al borde de cualquier socarronería genial que acaso se pierda por el camino de la traducción mental del inglés a un castellano más que aceptable, pero que no parece el idioma en el que piensa. Como mi tono cordial no es mucho más que una forma de impostar mi timidez, calculo que necesitaríamos unos treinta pisos por encima del quinto para tener alguna entretenida conversación que siempre se queda en promesa.

Alguien del edificio me dijo que era escritor. Como en su buzón, contiguo al mío, figura su nombre completo -John Barlow- no tardé en preguntar al señor Google por su obra que, para mi decepción, está publicada en inglés. Sí, puedo leer en ese idioma pero me causa casi tanto esfuerzo como a Champollion descifrar la piedra Rosetta y no me espera a cambio la recompensa de la inmortalidad. Así que por un tiempo abandoné mi primera intención de fisgar en el talento literario del vecino. Una ulterior búsqueda más diligente me reveló la existencia de dos de sus libros publicados en español, aunque solo en versión digital: Avenida Hope, que pertenece a su aclamada serie de novelas negras ambientadas en su Leeds natal y Un año en Galicia (Everything but the squeal, en el original inglés ) con cuya lectura golosa este verano he disfrutado como un marrano en un charco, expresión presumiblemente desafortunada que pido se me dispense porque que de cerdos va la cosa. Desde las primeras páginas se propone la aventura de comerse un cerdo de morro a rabo sin dejarse nada en el camino que lo llevará a recorrerse, análogamente de punta a cabo, su tierra de adopción gallega. Nada más atinado, porque si existe algún elemento telúrico y vertebrador imprescindible para comprender la idiosincrasia de Galicia, sin duda es el cerdo.
Con la excusa del despiece porcino, su prosa elegante y afilada de ironía amable, que proporciona momentos verdaderamente hilarantes, retrata el carácter de un pueblo enroscado en la retranca, insólitamente empeñado en declararse celta y que a nada teme más que a una corriente de aire. Mucho más allá del tópico ofrece una visión tan lúcida como divertida de una tierra que consigue vivir desde dentro y desde fuera. En la persecución de las excelencias y extravagancias culinarias de este animal totémico y transversal donde los haya, despliega su confesa glotonería pero también el finísimo estilo de escritor gastronómico para distintas revistas de gourmets. No descarto que su otra condición, la de escritor de novela negra, influya en que el libro termine en matanza.

Por más que su intención pueda ser revelar a un público anglosajón las esencias ancestrales de esta esquina del mundo a través de una iconografía tan carnal como lúdica, nadie mejor que un gallego para reconocer en este libro un excelente retrato de nuestro ombligo colectivo.

Barlow merece con su obra un lugar destacado en la ilustre nómina de hispanistas británicos. Sus incursiones en la Galicia profunda y laberíntica evocan a Gerald Brennan recorriendo la Alpujarra, aunque con la ironía de un Monty Python en Judea  y el simpático deje guiri de Michael Robinson. Para entender Galicia, como para entender España puede que sea necesario ser inglés.

viernes, 9 de mayo de 2014

Rob Stern: Un artista singular, un arte total

Mucho más que un virtuoso del arte en cristal, Rob Stern es un artista integral, cuya sensibilidad obra el milagro de descubrir los caminos secretos entre la pintura, la escultura y la arquitectura a través de la luz líquida del vidrio, donde el cristal es a la vez sustancia, luz y color.
En su alma como en su arte conviven el amor al riesgo del aventurero que precisa de la adrenalina de los deportes extremos,  la ondulante armonía del  blues y del  soul  de la Georgia de su infancia y el eclecticismo cosmopolita de un trotamundos de mirada atenta.
No podía haber elegido para su expresión creativa  un vehículo más complejo. La propia producción del vidrio es un arte en sí misma, pero hay una poderosa magia telúrica en él,  la alquimia de resucitar la roca desgastada por el agua, el viento y el tiempo y algo transcendente en soplarlo, en insuflarle vida, forma, luz y color. Es tan necesaria la sabiduría del artesano para obtener un material tan noble, como el genio del artista para interpretar  todas las posibilidades del espacio y la luz encerrada en él.

Dotado de una técnica excepcional, adquirida en sus años de peregrinaje por los talleres de los más importantes maestros de Bohemia, su obra temprana encuentra el cruce de caminos entre los patrones orgánicos aleatorios de la naturaleza y el plano angular de la talla de la mano del hombre.  En sus manos el cristal es como una lente que amplifica las sensaciones.


Muy pronto su necesidad expresiva  desborda las convenciones de su gremio.  De la figuración transita a la abstracción colorista. No es difícil encontrar influencias pictóricas –Miró, Dalí, Kandinsky parecen asomar a veces capturados en vidrio- . Junto al color apunta una visión arquitectónica, un impulso constructivo que presagia su madurez.

Su evolución técnica le ha permitido dominar la creación de formas poderosas profundamente evocadoras. El último paso ha sido construir con ellas, acumularlas en un aparente caos del que, de repente,  surge una armonía inaudita de la que cada pieza es parte imprescindible. Con precisión de relojero agrupa formas, texturas y colores en conjuntos arquitectónicos bendecidos por la luz.  Alcanza con la madurez un sincretismo coherente en el que convergen gozosamente las diversas líneas creativas de su inagotable talento.

Robert Alan Stern.  Un artista singular. Un arte total.




Más información en www.robsternartglass.com

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sábado, 1 de marzo de 2014

Oscars 2014: 12 años de gran estafa cinematográfica

Mañana en Hollywood la entrega de premios de la Academia pondrá un glamuroso colofón a otro mediocre año de cine. Y van muchos. Como poco en la última década, cuesta encontrar entre las películas laureadas una obra maestra incuestionable. Sin embargo, echando la vista atrás resulta increíble recordar que El Silencio de los Corderos, Sin Perdón, La Lista de Schindler y Forrest Gump ganaron en años consecutivos entre el 91 y el 94, compitiendo nada menos que con otras como Thelma y Louise, Drácula, La Edad de la Inocencia, Pulp Fiction o Cadena Perpetua. Tan en crisis debe de estar la imaginación últimamente, que la gran mayoría de nominadas de este año han tenido que basarse en una historia real. La realidad supera a la ficción... cuando falta talento.

No digo yo que este año no haya películas buenas, incluso alguna notable, pero ninguna llega a la categoría de magistral. El mismo Scorsese decepciona lo suyo en El Lobo de Wall Street repitiendo su fórmula narrativa de la genial Goodfellas (Uno de los Nuestros) combinada con el ritmo cocaínico de Blow, para retratar una historia de excesos sin alma en la que el cóctel resulta asfixiante. Siempre más intenso de lo digerible, Di Caprio acaba incluso desbaratando una escena como la del Lamborghini, que habría resultado antológica en manos de un tipo con algo más de gracia.

Tampoco es mala La Gran Estafa Americana (American Hustle), de David O. Russell, por suerte algo menos desquiciada que las anteriores The Fighter y El Lado Bueno de Las Cosas (Silver Linings), aunque insiste en extremar los personajes a cambio de desenfocar algo la historia. Eso sí, como siempre todos sus actores están nominados y alguno o, seguramente alguna, tocará premio. Aunque ya me dirán qué necesidad tenía Christian Bale de engordar veinte kilos para la poca chicha que la panza aporta a su interpretación.

La otra gran candidata es 12 Años de Esclavitud. Aunque el cine autoflagelatorio sobre la lucha por los derechos civiles de los negros -este año se han estrenado también Mandela y la panfletaria El Mayordomo- a veces me carga tanto como las incontables películas sobre la Guerra Civil española, la historia del violinista secuestrado merece alguna consideración aparte. Decía Boyero que si los judíos tienen dos grandes retratos del Holocausto dirigidos por dos de los suyos, como Spielberg y Polanski, ahora también el drama de la esclavitud afroamericana tiene un relator, si bien no exactamente afroamericano, al menos negro. Y es que el británico Steve McQueen, aun sin llegar a las cotas de La Lista de Schindler o El Pianista, aporta una espléndida factura visual y algún destello de calidad narrativa (la escena del ahorcamiento fallido) que le confieren dignidad y solvencia por encima de cualquier tópico. Me ha impresionado la interpretación de Michael Fassbender, aunque lo políticamente correcto sería oscarizar a Chiwetel Ejiofor.

También merece la pena  ver  Gravity que, seguramente, valdrá el oscar a la mejor dirección al mexicano Alfonso Cuarón. No es para menos por el rigor científico y la intensidad dramática con que transmite la angustia impotente de la ingravidez. Y yo no la he visto en 3D. Hay que añadirle el mérito de lo novedoso y de lo complicado de rodar algo así, sin precedentes y -nunca mejor dicho- sin puntos de apoyo. En contra, he de decir que el desenlace resulta inverosímil desde la primera media hora y el desarrollo es tanto o más delirante que espectacular.

Aunque no estén entre las favoritas no me resisto a hablar de dos películas que me han gustado más que las anteriores: Nebraska, una ácida comedia en formato road movie del siempre diferente Alexander Payne, donde Bruce Dern borda el papel de su vida y Capitán Phillips, excelente adaptación de Paul Greengrass de la historia real de un secuestro de la que con un magnífico ritmo de thriller obtiene brillantemente más resultados que pretensiones. No digamos si salta la sorpresa y Barkhad Abdi, un somalí exiliado, conductor de limusinas y exconvicto, que pasaba inopinadamente por un casting y le dieron un papel y, que al terminar el rodaje, se fue a trabajar a una tienda de móviles con su hermano, acabe subiendo las tres o cuatro escaleras más glamurosas del Universo y recogiendo un oscar.


No me cabe ninguna duda de que el premio a la interpretación femenina se lo llevará Cate Blanchett (aprovecho para agradecer a Woody Allen que haya hecho un paréntesis en sus rodajes de guías turísticas de Londres, Barcelona, París o Roma), por Blue Jasmine. No hay galardón que no haya ganado pese a competir con imponentes trabajos de Meryl Streep y Julia Roberts. Será que Agosto, la película en la que coinciden, resulta algo desapacible y antipática y le crujen las tablas del teatro del que acaso no debió salir.

Dejo sin comentar Her y Dallas Buyer's Club (donde parece que está espléndido Matthew McConaughey) porque no he tenido ocasión de verlas.

En fin que, o mucho me engaño o va a estar muy repartida la cosecha de premios, cosa muy deseable cuando se trata de la Lotería de Navidad pero quizá no tanto en cuanto a la excelencia artística. Triunfarán de nuevo películas de las que ya he visto y no dejaría nada poco importante por volver a ver. A lo mejor me estoy volviendo viejo (sé que doy pábulo a algún comentarista) y la nostalgia de pasadas épocas gloriosas no es sino un síntoma esclerótico. Pero por una vez no intentaré quedarme en vela y fracasar para seguir la ceremonia de entrega de los Oscar. Me acostaré razonablemente temprano, de mejor o peor humor según el Atlético haya ganado o no el derby. En el peor de los casos, más se perdió con Philip Seymour Hoffman y  Paco de Lucía.