En su alma como en su arte conviven el amor al riesgo del aventurero que precisa de la adrenalina de los deportes extremos, la ondulante armonía del blues y del soul de la Georgia de su infancia y el eclecticismo cosmopolita de un trotamundos de mirada atenta.

Dotado de una técnica excepcional, adquirida en sus años de peregrinaje por los talleres de los más importantes maestros de Bohemia, su obra temprana encuentra el cruce de caminos entre los patrones orgánicos aleatorios de la naturaleza y el plano angular de la talla de la mano del hombre. En sus manos el cristal es como una lente que amplifica las sensaciones.
Muy pronto su necesidad expresiva desborda las convenciones de su gremio. De la figuración transita a la abstracción colorista. No es difícil encontrar influencias pictóricas –Miró, Dalí, Kandinsky parecen asomar a veces capturados en vidrio- . Junto al color apunta una visión arquitectónica, un impulso constructivo que presagia su madurez.
Su evolución técnica le ha permitido dominar la creación de formas poderosas profundamente evocadoras. El último paso ha sido construir con ellas, acumularlas en un aparente caos del que, de repente, surge una armonía inaudita de la que cada pieza es parte imprescindible. Con precisión de relojero agrupa formas, texturas y colores en conjuntos arquitectónicos bendecidos por la luz. Alcanza con la madurez un sincretismo coherente en el que convergen gozosamente las diversas líneas creativas de su inagotable talento.
Robert Alan Stern. Un artista singular. Un arte total.

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