jueves, 6 de febrero de 2020

Oscars 2020. Scorsese y los superhéroes


    Las películas de Scorsese han jalonado mi medio siglo de afición al cine, representando a su vez a una generación de cineastas que bebía orgullosamente de los clásicos. Por eso no pude estar más de acuerdo en su apreciación de que una cosa es el cine y otra las películas de superhéroes. Que es distinto contar historias que provocar espasmos con montajes frenéticos. Por poner un ejemplo, a mí juicio, Vengadores o las funestas secuelas pecuniarias de Star Wars son al cine de acción lo que los aparatos de gimnasia pasiva al deporte. Puro abdominazer -valga el aanacronismo- retiniano. Hay películas que me apetece volver a ver una y otra vez. Y no por enterarme de quién pegó o mató a quién en una reyerta caótica, o de si alguien dijo algo transcendental que me perdí en un barullo, sino porque siendo totalmente inteligible desde el primer visionado, se disfruta deshojando las capas de profundidad y paladeando la cadencia precisa que aporta la labor de un buen director cuando traduce un guión escrito a imágenes inolvidables y a emociones imperecederas. Y eso es El Irlandés. Pura delicia. Puede que sea larga, pero en absoluto lenta, siempre que uno disponga de tres horas y media para verla. Aunque entiendo que hoy, para el espectador medio, Lo que el viento se llevó o El Padrino serían miniseries de tres o cuatro episodios. El día que la vi pensé de inmediato que ninguna otra se acercaría ni de lejos a la categoría de película del año. O de la década, que una obra maestra de Scorsese son palabras mayores.
    Pero hay más, porque éste, la verdad, ha sido un buen año de cine. Y, como a Scorsese le perseguirá la maldición de Netflix en los Oscars, la favorita parece 1917. No voy a descubrir a Sam Mendes y su film es un verdadero prodigio, muy por encima de otros laureados falsos plano-secuencia totales como Birdman. Y uno se pasa la película completamente fascinado, pero sin desconectar un momento de cómo ha podido rodar esto o aquello y dónde ha puesto la cámara. No seré yo quien la tilde de videojuego, pues le sobra calidad artística, pero no me alcanza el efecto inmersivo que pretende (al final, la historia me da casi igual) deslumbrado como me deja su excelencia técnica.
    También me parece excelente "Érase una vez en Hollywood", por más que tenga mucho de autohomenaje de Tarantino, que ya es un género en sí mismo. Maduro y contenido, despliega todo su talento visual aunque, en mi opinión, la tensión narrativa descansa demasiado en la expectativa de un final que no se produce. Me pregunto si un segundo visionado no se resentirá demasiado de ello. Eso sí, el oscar a Brad Pitt, que lo merece más por otros papeles, está asegurado.
    Me gustaría poder menospreciar a El Joker, porque no es mi tipo de cine, pero es otra gran película. Es verdad que Todd Phillips partiendo del Deus ex machina marveliano que tanto me irrita y sobre un simplón mensaje antisistema, a base de retórica y ambigüedad moral y de una estética oscura y saturada, compone una película inquietante. Como su protagonista, Joaquin Phoenix, que ya es inquietante con solo decir buenos días, perturbador si levanta una ceja y aterrador si levanta las dos. No cabe duda que se llevará el oscar al mejor actor. Atrévete tú a negárselo.
    En un plano claramente inferior coloco a Historia de un matrimonio. O más bien de un divorcio. Más teatral que cinematográfica, luce dos interpretaciones magníficas, las de Adam Driver y Scarlett Johansson, aunque quien se llevará el oscar será Laura Dern. Curiosamente, la historia nos deja mucho más impresionados a los hombres que a las mujeres. El truco es sencillo. Puestos así, parecen dos personas excelentes atrapadas en una crisis matrimonial. Si les cambias el sexo, quien se va a Los Ángeles resultaría un perfecto hijo de puta.
   Dejo para el final la más extravagante, original y acaso talentosa de todas las películas que concurren este año a los Oscar. La coreana Parásitos, de Bong Joon Ho, es prodigiosa. Hace falta tanta sabiduría como ingenio y audacia para saber subvertir los géneros de comedia, drama y tragedia para conseguir a la vez una comedia trágica y una tragedia cómica enmarcada en un drama social. Tan llena de oficio como de atrevimiento.  Si alguna puede dar la sorpresa y desafiar al propio Sam Mendes es ésta.
    En la categoría de actriz principal, dudo poco de que gane Renee Zelweger, cuya interpretación es todo lo que aporta la muy prescindible Judy.  Y, ya puestos, espero que en la categoría de animación se lleve el premio Klaus, no porque sea española sino porque es la primera recomendación cinematográfica de mi hija de siete años con la que disfruto de verdad.

    La edad es una enfermedad que siempre va a peor. Puede que lo que mentalmente tenemos por sólido se haya convertido en rígido y nuestra sensibilidad intelectual, como nuestras rodillas, pierda colágeno y padezca de artritis y de artrosis. O puede que no. Pero yo sigo siendo de Scorsese.



jueves, 27 de junio de 2019

Cuando una imagen engaña más que mil palabras


Sugiere Emmanuel Carrere en su novela El Reino que el éxito de Pablo de Tarso en difundir de modo fulminante el cristianismo por Grecia y Asia Menor radicaba, no tanto en predicar la venida del fin del mundo, como en el hecho de que ese armagedón sería inminente, que no quedaba tiempo que perder para ponerse a salvo con la observancia de los muy asequibles (para la época) preceptos morales del Evangelio. Verdad es que el fin de los tiempos no llegó, pero eso no suele menoscabar el predicamento de las sectas apocalípticas. Para muestra, dos milenios de cristianismo hegemónico.

Qué no haría hoy un maestro del marketing como San Pablo con los poderosos instrumentos de la comunicación moderna. La foto que encabeza estas líneas ha sido vista por muchas más personas de las que han leído la Biblia en el último siglo. Todos los diarios la han publicado, todos los noticieros televisivos la han emitido, todas las redes sociales la han comentado. Lo cierto es que es bonita, da la impresión de que los perros caminan sobre la superficie del agua, algunos incluso creerán que lo hacen (huya de esta gente). Y en todos los medios, sin excepción, hasta en aquellos que presumen de reputación y de verificar sus fuentes, se ha usado como prueba irrefutable que ilustra el apocalipsis del hielo ártico fundido por nuestros pecados. Poderoso mensaje.

A la verdad se llegaba rascando bien poco. Bastaba con preguntar al autor de la foto -Rasmus Tonboe, del Centro para el Océano y el Hielo del Instituto Meteorológico Danés-, que la publicó en Twitter. La imagen, tomada en Groenlandia, no es ninguna rareza. Ocurre que durante el deshielo estival de los glaciares a veces la banquisa (la capa de hielo marino) es demasiado gruesa o espesa y no deja drenar el agua a su través y ésta se queda depositada encima. Lo que realmente pisan los perros del trineo es una capa de duro hielo de un metro y veinte centímetros de espesor. Algo que ya vio el propio Amundsen hace más de un siglo y que se repite con relativa frecuencia, que el hielo esté más grueso de lo normal.

 En suma, que aunque uno se haya conmovido con los angustiosos trinos de Pedro Sánchez o Pablo Iglesias en Twitter, la foto informa de lo contrario de aquello con lo que se alarma. Pero el daño mental masivo ya está hecho.


Otro camelo bastante grosero son las dramáticas escenas de osos polares famélicos que se acercan a entornos urbanos para procurar el alimento que ya no encuentran en su derretido ecosistema. No deja de ser curioso que si se tratara de jabalíes o de lobos cerca de casa comprenderíamos fácilmente que es más un problema de sobrepoblación descontrolada y de que resulta más fácil encontrar comida en la basura humana o en los corrales que buscarla en el monte. Pero erre. Esta osa siberiana que merodeaba estos días por un vertedero demuestra viralmente que se están extinguiendo.
 ¿De verdad?
El recuento de las poblaciones de osos polares en el Ártico lo lleva a cabo una de las organizaciones más radicalmente ecologistas, la WWF. Emite informes anuales -que se pueden consultar en su web- sobre el aumento o descenso de individuos en cada zona, en algunas de modo preciso y en otras con meras aproximaciones por no disponer de datos completamente fiables. En todos los informes de la última década (adjunto el gráfico del último) la población aumenta en más zonas de las que disminuye, mientras en la mayoría se mantiene estable. En cuanto a las zonas menos estudiadas, convendría preguntarles a los nativos, los inuit, los yupik y demás  esquimales, que no dejan de protestar por el incesante aumento de estos simpáticos pero feroces plantígrados, que últimamente tienen incluso el detalle de merendarse a alguno de sus convecinos. No se pierdan el Diario de Nunavut.
No tiene tampoco desperdicio la lectura del libro The Polar Bear Catastrophe That Never Happened de la eminente zoóloga y reputada especialista en osos polares Susan J. Crockford, responsable de una web de referencia en el tema: Polar Bear Science, donde ilustra convincentemente de lo difícil que resulta para el mainstream científico reconocer ahora que el símbolo por excelencia de la alarma sobre el calentamiento global, la inminente extinción del oso polar, realmente no es verdad.

Y es que en estos tiempos la verdad es precisamente la primera víctima de la información. Sirven de tan poco los hechos frente a las opiniones y a las tendencias que recomendar que no se crea todo lo que vea o lea y que compruebe lo que pueda, es tan inútil como escribir estas líneas de mero pataleo intelectual. La foto ya ha ganado.

viernes, 22 de febrero de 2019

Oscars 2019. Mejor en blanco y negro


El subtítulo de esta entrada podría haber sido también: Roma, Cold War y todo lo demás, porque, entre las películas que concurren este año a los premios de la Academia, hay dos que comparten el hecho de estar rodadas en lengua no inglesa, en blanco y negro y ser indiscutibles obras maestras a una sideral distancia artística del resto.

Cold War, del polaco Pawel Pawlikowsky es, sin duda, la que más me ha emocionado. La extremada belleza de su narrativa, sin la menor concesión a lo superfluo y una fotografía que habría firmado el mismo Caravaggio, al servicio de una poética historia de amor con un final descomunal, dejan esa impresión permanente en la memoria, propia de las obras maestras.
Y, aunque compite en tres categorías, lo más probable es que se vaya de vacío porque en todas ellas se encontrará con otro film inconmensurable, la Roma de Alfonso Cuarón.
Pocas dudas caben de que el mejicano terminará acaparando los dos premios gordos -película y director-  y acaso también el que se entrega a la mejor fotografía. No en vano Cuarón construye un fresco monumental, una capilla sixtina en blanco y negro del imaginario del D.F. de su infancia. En la que conviene pararse a apreciar el detalle, de ahí su ritmo lento pero implacable, porque aun cuando parece que no pasa nada, pasa todo.

En otra liga se dirimirán las categorías actorales. Sobresalen en la categoría de actor principal dos buenas imitaciones (Freddie Mercury/Rami Malek y Dick Cheney/Christian Bale) y una verdadera interpretación, la de Viggo Mortensen en la simpática y amable Green Book (Miss Daisy ahora se sienta delante). Seguramente el oscar será para Malek (no sé si la insustancial Bohemian Rhapsody iba hacia alguna parte antes de que despidieran a su director Brian Synger, pero el mito de Queen es poderoso) y el buen trabajo de Bale se resentirá del ritmo atropellado de Vice, que aturde bastante.

El premio al actor de reparto parece cantado para el negro que ahora se sienta detrás en el coche de Miss Daisy, el ya oscarizado por Moonlight, Mahershala Alí. Tan solo se lo discute otra buena imitación de Sam Rockwell en Vice en el papel de George W. Bush, algo corto -el papel, digo- para repetir el éxito del pasado año.

No dudo de que también levantará su estatuilla a la mejor actriz principal Glen Close que, desde la contención, compone una interpretación poderosa  -bien secundada por Johnatan Pryce- en La buena esposa, de más valores teatrales que cinematográficos. Dejará atrás a Olivia Colman, meritoria reina Ana de La Favorita. A cambio, la vanguardista y preciosista película del griego Lanthimos -también algo excesiva y al borde de la ida de olla- triunfará en bastantes de sus diez nominaciones, entre ellas quizá la categoría de mejor actriz de reparto donde coloca a Rachel Weisz y Emma Stone. Aunque siempre puede volver a dar la sorpresa Regina King, como en los Globos de Oro. Parece el oscar más incierto.

No dejaré de mencionar las otras tres películas que compiten en la categoría principal. A star is born no debería de pasar de llevarse el premio a la mejor canción por "Shallow". El pasteloide a mayor lucimiento de Cooper y Gaga no da para mucho más. Vale, uno canta y la otra actúa. Siguiente.

Lo de Spike Lee y su Infiltrado en el Ku Klux Klan es el enésimo ejemplo de como malograr su inmenso talento cinematográfico al servicio de su sectarismo panfletario. No sé si es posible redondear una obra a la altura de su genio y a la vez querer ser el Michael Moore negro. Un ágil guión -que puede ganar el oscar- y su magnífico pulso narrativo y gamberro lo despilfarra con su habitual maniqueísmo racista y la soberbia de una pretensión moralizante y salvapatrias que le quita buena parte de la gracia.

Y ya metidos en afrosupremacismo políticamente correcto, no consigo entender que Black Panther sea la primera película de superhéroes que entra en la categoría reina. No puedo decir que es un bodrio, porque apenas he aguantado veinte minutos de visionado, pero se me ocurren unas cuantas bastante más dignas. Me malicio de que será por lo original de rodarla solo en negro. Pero, como ya he dicho, este año no hay color y, acaso como póstumo homenaje al finado Karl Lagerfeld, se llevará el blanco y negro.

jueves, 6 de diciembre de 2018

¡Cuidado! Puede que ya seas de extrema derecha sin haberte dado cuenta.

Valientes separatistas antifascistas encapuchados intentan boicotear un acto de VOX  en defensa de la Constitución
Después del éxito en las Elecciones Andaluzas de VOX, en las que han aflorado inesperadamente más de cuatrocientos mil votantes fascistas y antidemocráticos no detectados previamente, conviene tomar medidas preventivas que detengan el avance de esta lacra reaccionaria que amenaza con devolvernos al ominoso franquismo. Por ello, aunque te creas a salvo por tener camisetas del Che Guevara o el Libro Rojo de Mao todavía criando polvo en la estantería, no menosprecies la posibilidad de ser abducido por esas ideas neoantediluvianas de la ultraderecha cavernaria y acabar engrosando las mesnadas de votantes intolerantes, españolistas y progenocidas que ponen en peligro las conquistas democráticas del colectivismo revolucionario. Por ello, examina tu interior y presta atención a si detectas alguno de estos síntomas -aun si son incipientes- antes de que puedan volverse fatales:

- Si no eres republicano o si, aun no siendo especialmente monárquico, te encuentras cómodo con la perversa institución de la Monarquía Constitucional.

- Si no estás a favor de la completa abolición de las corridas de toros (salvo que se les llame bous y sean  expresión cultural de oprimidas naciones sin Estado). O si no opinas que los derechos de los animales deben estar a la misma altura que los derechos humanos.

- Si no eres feminista. Si no entiendes como machismo toda insinuación de que pueda haber medidas feministas excesivas. En caso de ser mujer se entenderá como machismo agravado la declaración de no ser machista ni feminista.

- Si no desdoblas correctamente, hasta quedarte sin saliva, todos los adjetivos y todas las adjetivas y todos los sustantivos y todas las sustantivas.

- Si tienes la menor duda sobre que el calentamiento global provocado por el hombre acabará destruyendo el planeta. Si tienes un coche viejo o diésel con la pobre excusa de que no tienes dinero para comprar uno eléctrico. Si te opones a la subida radical de los precios de los combustibles fósiles con los que tu mierda de coche intoxica la Naturaleza.

- Si no crees que hay que elininar las fronteras exteriores, dejando entrar libremente a todos los migrantes que lo deseen (si dices inmigrantes, facha también) y sustituirlas por fronteras interiores para que los derechos básicos se administren en función de realidades culturales, lingüísticas o históricas.

- Si no te sientes -siquiera un poco- molesto al ver una bandera rojigualda constitucional ni al escuchar el himno de España.

- Si el lugar donde esté enterrado el dictador Franco no es una de las mayores preocupaciones de tu vida.

- Si no crees que el Descubrimiento y colonización española de América es el mayor genocidio de la historia de la Humanidad ni en la necesidad de exhumar también a Cristobal Colón para expresarle el desprecio que merece como adelantado del fascismo.

- Si a veces te sientes más del lado de la Policía que de los que pacíficamente combaten sus actuaciones represivas con piedras, botellas, bengalas o contenedores ardiendo.

- Si tienes o has tenido alguna vez acciones de empresas del IBEX35.


Si ya presentas dos o más de estos síntomas, es probable que tu abducción hacia las fuerzas retrógradas del mal ya sea irrecuperable. En ese caso recomendamos como única opción ética la autoeliminación, antes de que con tu voto causes daños irreversibles a tus semejantes o la contaminación de tus seres queridos.

Sin embargo, si estas advertencias llegan todavía a tiempo, emprende urgentemente acciones terapéuticas para redimirte, como acudir a todas las convocatorias para impedir la expresión o manifestación pública de cualquier idea reaccionaria, a los escraches y acoso de los que las profieren y a los llamamientos a combatir con legítima violencia la intolerancia fascista asaltando las sedes de VOX y de cualquier partido que no colabore en expulsar a sus votantes de la política.

miércoles, 15 de agosto de 2018

Deforestación mental

Me atrevo a afirmar que la inmensa mayoría de la sociedad cree firmemente que existe una deforestación global más o menos catastrófica, que influye negativamente en el clima y nos aboca a una desertización progresiva. Si alguien busca en Google deforestación y CO2 encontrará miríadas de artículos donde se explica que una cosa es causa -o indistintamente consecuencia- de la otra.

Pues no.
Es todo mentira.

Casi ninguna investigación  seria sostenía semejantes afirmaciones, antes lo contrario. Ahora, además, acaba de publicarse en Nature el mayor estudio hasta la fecha (Song et al. Univ. Maryland), procesando imágenes de satélite obtenidas desde 1982. En él se afirma que la superficie forestal en el mundo ha crecido un 7% entre los años 1982 y 2016. Ha disminuido asimismo en un 3.1% la cobertura de superficie desnuda.

(Fuente: Richard Fuchs)
Tampoco es nada nuevo. Un amplio estudio de la Universidad holandesa de Waningen, liderado por Richard Fuchs ilustra magníficamente cómo la superficie forestal en Europa creció en un 33% entre 1900 y 2010. También en España un reciente informe, presentado en el Congreso de los Diputados y firmado por todas las instituciones técnicas relacionadas con el ámbito forestal, cifra en 180.000 hectáreas el aumento anual de la superficie arbolada en el país durante los últimos 25 años.

Parece de sentido común que el declive de la madera como material constructivo y la progresiva migración del ámbito rural al urbano, con el abandono de cultivos en países desarrollados, se traduzca en un aumento de terrenos arbolados o agrestes. De hecho, el estudio de Nature considera que el 60% de ese incremento se debe a la acción directa o indirecta del hombre (y la mujer, mil perdones) mientras que el otro 40% es atribuible al cambio climático (¿al aumento de CO2? ¡Vaya!)

Con todo, para no ser inmediatamente apedreados por los lobbies alarmistas, los autores sostienen que hay datos preocupantes, como que el aumento de árboles se produce fundamentalmente en el hemisferio Norte, que la pérdida de bosques tropicales acarrea también una pérdida mayor de biodiversidad y que no puede afirmarse que la mayor superficie forestal implique un aumento neto de la biomasa.

Pues falso también.

Un medio científico tan poco sospechoso de negacionismo como Nature Climate Change publica también un amplio estudio internacional donde sostiene -para el mismo intervalo 1982-2010- que la biomasa verde ha aumentado en un 40% de la superficie del planeta, reduciéndose apenas en el 4%. ¿Y cuál es el motivo para este reverdecimiento del planeta?: El aumento de los niveles de CO2. Tócate los....

Ya decía hace tiempo Freeman Dyson, sabio entre los sabios, que la preocupación por los niveles de CO2 era bastante ridícula, que si había más anhídrido carbónico habría más plantas que lo captaran. Y a otra cosa. Pero, en fin, ahora que hemos sobrevivido a la canícula, vendrá algún día con calor y viento. Y las autoridades se pondrán a culpar a redes de pirómanos por los incendios, cuando la causa es que hay más árboles, más maleza (biomasa) y más superficie rural desatendida.


La verdadera deforestación es neuronal. Sé que es inútil combatir con datos objetivos los bulos devenidos en creencias. Hoy la verdad parece establecerse democráticamente, viene a ser lo que piensa la mayoría de la gente que no piensa mucho. A medida que avanza la estupidez nos convertiremos en rancios negacionistas los que no creemos que Elvis esté vivo ni que los extraterrestres hayan construido pirámides. Timos como el de las islas de plástico (igual me he pasado de ironía en el post anterior y a alguno no le ha quedado claro) o el de la deforestación y la desertificación galopante seguirán propagándose como la avispa asiática. Todo el mundo es libre de alarmarse con lo que quiera. Tranquilidad, proliferan más los vendedores de apocalipsis inminentes que los optimistas pinkerianos.




sábado, 21 de julio de 2018

La Ínsula Plasticaria

Ayer noche compartí mesa y mantel con un negacionista, un ejemplar característico, de los que añaden a su falta de conciencia ecológica toda una serie de taras concomitantes: afición taurina, machismo indisimulado... y se regocijan refutando muchas verdades universales que compartimos las personas razonables y confirman la Ciencia y los medios de comunicación. El fulano en cuestión tuvo la osadía de discutir la existencia de las islas de plástico y basura que se arremolinan en el Océano Pacífico y que -como es bien sabido- ocupan la extensiones equivalentes a países como Francia o Australia (según el día y el medio) o incluso la de continentes como África, cual alfombra de desperdicios tóxicos sobre la superficie del mar. De inmediato le mostré en mi teléfono las fotos que instantáneamente ofrecía Google para acreditarlo y que ilustran estas líneas, a lo que me repuso que apenas se veían unos metros y que, de ser cierto, cómo es posible que no haya imágenes de satélite de tan extensa inmundicia. Tuve que abandonar la discusión porque mi indignación subía peligrosamente -que al fin y al cabo es lo que buscan estos detestables sujetos. Ofender, eso es lo que buscan- y porque, tal vez por ello, no acertaba a encontrar las pruebas fotográficas en mi teléfono. Y, aunque la conversación del resto de los comensales fue derivando a otros terrenos, la furia que me había invadido mantuvo tensa en mi interior la polémica durante horas, que empleé en ratificar con más datos mis certezas. Bien, puede que no haya fotos de satélite de esas islas. Hay muchos intereses en ocultar estas cosas. No es tan descabellado que haya grupos de presión que coloquen estratégicamente a individuos en plataformas oceánicas para cegar con punteros láser a los satélites al pasar por la vertical. O hackers rusos o chinos. Lo que es innegable es que esas islas las ha visto mucha gente, casi tanta como al Yeti o a los extraterrestres de Roswell. Y todos los diarios y publicaciones importantes que lo afirman no pueden estar mintiendo. Es sentido común. Y nosotros somos los culpables. Ya sé que ahora no se ven apenas bolsas de plástico tiradas en las calles ni en las playa y que llevamos las bolsas de basura a contenedores y que las empresas de limpieza las procesan, las reciclan o las entierran. Pero no por eso dejamos de ser unos asesinos de delfines y tortugas cuando estamos en la caja del supermercado. Quién nos dice que la C.I.A. no adiestra a ejércitos de gaviotas para que desentierren los residuos plásticos de los vertederos y los trasladen a alta mar, donde las corrientes completarán el trabajo de crear una crisis ecológica mundial.
A poco que se rebusque en internet se encuentran datos científicos que dan las claves. Y esto es ciencia de la buena. Nada menos que The Ocean Cleanup Foundation y un estudio publicado en Nature. Esos restos plásticos se diluyen con el tiempo. Están di-lui-dos. Por eso a veces no se ven. Pero en los vórtices de las corrientes del pacífico se acumulan en la superficie y alcanzan concentraciones alarmantes de hasta 5.1 kg por kilómetro cuadrado. Lo afirma el estudio. Puede que este dato no nos diga gran cosa, pero podemos ilustrarlo con un ejemplo. Si tomamos como volumen de la superficie del mar los diez centímetros superiores, la concentración de residuos plásticos en estos extensísimos focos de contaminación, por los que podríamos caminar sin mojarnos los pies, equivale a un único tapón de botella de refresco flotando sobre una inundación de diez metros de altura en el estadio Santiago Bernabeu. Pero el tapón su-per-di-lui-do, eh! En toda esa agua. Tres gramos de plástico en sesenta mil millones de litros.  Aterrador, ¿no?
Ya, a lo mejor no cree que se pueda caminar sobre todo ese plástico diluido. Ni que un funambulista lo haga sobre un condón estirado doscientos metros. Allá usted.

Negar que las islas de plástico existen...¿cabe mayor majadería?

Como bien diría Marx (Chico) ¿A quién va a creer, a Greenpeace o a sus propios ojos?

domingo, 27 de mayo de 2018

Firma invitada: Luis Pérez de Llano. Por qué hay que ser del Atlético

Es honesto empezar advirtiendo a seguidores de Real Madrid y Barcelona de que la lectura de este breve artículo puede hacer tambalear sus convicciones futbolísticas. Aquellos que duden de su firmeza harían bien en abandonar antes de adentrarse en contenidos subversivos para refugiarse en terrenos más seguros y previsibles, como la servil prensa deportiva. Quiero explicar por qué ser del Atlético de Madrid es la mejor de las opciones posibles, pero quizás habría que comenzar por responder a una pregunta: ¿qué hace que una persona sea de un equipo y no de otro? Lo más habitual es que esta vocación se establezca en la tierna infancia bajo la influencia de familiares allegados (padres, hermanos, abuelos…) que se apresuran a timbrar una mente todavía dúctil y desamparada. Su influjo consigue establecer un vínculo afectivo (familia-equipo) que será difícil de romper más adelante, ya que hacerlo obliga a un acto de rebeldía que no está al alcance de cualquiera. A este proceso podríamos llamarle “bautismo futbolístico” para resaltar el paralelismo que guarda con la transmisión de creencias religiosas. Varios motivos pueden explicar este comportamiento de los adultos: el deseo de encontrar aficiones comunes con el niño y también el miedo a que éste decida por sí mismo en el futuro y escoja una opción que se oponga frontalmente a sus convicciones futbolísticas. El regalo de la camiseta del equipo, visitas al estadio, tarjetas de socio y otros presentes ayudarán a refrendar la afición del niño por unos colores para los que ya estaba predestinado. Pero después del bautismo futbolístico, suceso del que el niño no es responsable, ha de venir la “confirmación”, la asunción consciente de que ser un seguidor de ese equipo supone una bendición especial, algo que comulga con unos valores que se identifican como propios. Y es aquí donde el Atlético de Madrid cobra ventaja sobre sus laureados rivales, porque ofrece más emoción, y la emoción está en la épica. Y la épica está en desafiar al poderoso, al rico, al que está predestinado a ganar, al que suma un título tras otro y se lleva a tus mejores jugadores año tras año. Lo épico es que David derrote a Goliath, y no lo contrario. Nadie se puede sustraer a esto, ni siquiera los seguidores del Real Madrid y Barcelona (de ahora en adelante denominados “hiperpastones”). La prueba de ello es que cualquier hincha de los hiperpastones, sentado frente al televisor para ver un partido Brasil-Argelia de la Copa del Mundo, se pondrá inmediatamente de parte del equipo africano. Es decir, apoyará al débil, al que “a priori” tiene menos posibilidades de ganar. La gloria está en alcanzar la victoria con esfuerzo, sobreponiéndose a adversidades, porfiando por esquivar el previsible fracaso. ¿Y a qué gloria puede aspirar un equipo hiperpastón? Únicamente a derrotar a otro de similar condición (es gracioso que los seguidores del Real Madrid y Barcelona se odien entre sí, cuando se necesitan desesperadamente). Y no hay muchos equipos que puedan compararse a los hiperpastones españoles en presupuesto o en capacidad para contratar a los mejores jugadores del mundo. Es decir, ser hincha de un equipo hiperpastón te garantiza títulos, selfies en pobladas salas de trofeos, pero en raras ocasiones te ofrecerá épica y emoción. Este sería el argumento emocional, pero hay otro, racional, que no es menos relevante. Nadie es del Real Madrid. Bueno, quizás Florentino Pérez sí sea del Real Madrid. Lo que quiero decir es que casi nadie está podrido de dinero, goza de un poder casi ilimitado en su país y en el resto del mundo, y encima tiene garantizadas las oportunas ayudas de los jueces llegado el caso de que ello fuera necesario. Dicho de otra forma, nada se puede aprender de los equipos hiperpastones, al igual que nada se puede aprender de Federer por más que sea el mejor jugador de tenis de la historia. Pero de Nadal se puede asimilar todo lo que es necesario saber para circular por la vida: que nada importante se consigue sin esfuerzo, que el sufrimiento está a la vuelta de la esquina, que cuando te caes y ya nadie da un euro por ti, debes levantarte y volver a presentar batalla, que no siendo el mejor puedes desafiar a éste e incluso ganarle alguna que otra vez. Los seres humanos de a pie somos del Atleti, porque este es el equipo que mejor refleja nuestras vidas, el que más se acomoda a una existencia corriente. ¿Por qué no ser entonces del Rayo Vallecano o del Lugo, por poner dos ejemplos? Sin duda se puede ser hincha de cualquiera de estos equipos, y también se puede aspirar a compartir con ellos meritorias hazañas (por ejemplo, subir a Primera División) pero, lamentablemente, no estará a su alcance desafiar a los hiperpastones. El Atlético no compensará a sus fieles con muchas copas, tal vez incluso jamás llegue a conseguir la ansiada orejona, pero es que a un verdadero seguidor rojiblanco no le importa la copa en sí, lo que realmente le motiva es desafiar a los poderosos, y si su equipo ganase la liga año sí y año no … ¿en qué se iba a diferenciar de sus aborrecidos rivales? No quiero que se me entienda mal, no estoy justificando una mentalidad derrotista, no se trata de eso, más bien es lo contrario. No hay que conformarse con el estado de las cosas, hay que rebelarse, hay que patalear, hay que sufrir, hay que cabrearse cuando un árbitro le da en bandeja otra Champions al Real Madrid y hay que maldecir al hiperpastón independentista por llevarse a nuestro mejor jugador.  Si usted no es todavía del Atlético, hágase un favor y apueste por aquello que es la vida, una anárquica mezcla de pasión, sufrimiento, alegría, frustración y esperanza. Alguna vez verá a Goliath desplomarse con una piedra rojiblanca clavada en la frente, y eso lo compensa todo.

lunes, 19 de febrero de 2018

La letra del himno

Hace años asistí en la capilla de un tanatorio a un sumario funeral en el que apenas pasábamos de una decena de asistentes, todos ellos tan laicos o tan poco píos, que las interpelaciones litúrgicas del oficiante eran contestadas con el más incómodo de los silencios. La tensión fue subiendo hasta el extremo de que el cura, con el rostro más morado de ira que su casulla, resolvió responderse a sí mismo con la parte correspondiente a los fieles, así hasta el ite, missa est. Nunca he echado tanto en falta a esas beatas que parecen anidar permanentemente en el primer o el segundo banco de los templos y se encargan de contestar con fervor al sacerdote para que los que acudimos ocasionalmente a bodas, bautizos o funerales, podamos, bien rumiar entre dientes letanías, bien guardar un respetuoso silencio que no afee ni desvirtúe mucho la liturgia. Con todo, lo peor es cuando -nunca sé por qué razón- se decreta misa cantada. Sufren las costuras de la compostura cuando se observa al que canturrea por lo bajinis con la mirada distraída, al que desafina con expresivo y azorado sufrimiento y a quien lo hace estentórea y ostensiblemente, en general las beatas aludidas, a las que la cacofonía no perturba en su minuto de gloria de presunto lucimiento público.

Por muy venidos a menos que estén, los himnos religiosos han sido los mayores hits melódicos de todos los tiempos. En no pocos lugares constituían el único acceso al recreo de la música y al acto lúdico de cantar. Su carácter coral cumplía un doble objetivo: que la falta de talento y oído de los parroquianos quedara diluida en una afinación gaussiana y, por otro lado, contribuir a la comunión, al espíritu de comunidad. Seguramente lo tuvieron presente los nacionalismos decimonónicos a la hora de forjar sus mitologías identitarias y proliferaron los himnos de batalla, de exaltación patriótica y monárquica. No era quizá tan importante el mensaje contenido en la letra, como el hecho de poder ser cantados a capella. Un siglo antes de la fonografía, no habría sido fácil colocar una banda detrás de cada pelotón por lo que lo decisivo, lo verdaderamente intimidante era el atronar de los cantos patrióticos de los soldados de plomo empuñando el mosquete.

Si hay un trasunto moderno de las guerras nacionales, y afortunadamente incruento desde que se retiró Gregorio Benito, es el fútbol. Supongo que es ahí donde sentimos envidia cuando vemos a Buffon y a la selección italiana cantar a todo pulmón el Fratelli d'Italia y echamos de menos una letra cantabile de nuestro himno para que Sergio Ramos, que entona mejor que Gianni, oponga algo así como la Haka acongojante de los All Blacks -no, Sergio, no. Mi Jaca no. Nada que ver con Manolo Escobar-. Pero en estos tiempos de primeros planos de altísima definición de imagen y sonido, la cámara pasaría por Piqué, desafiantemente callado, por alguno más que miraría al suelo y llegaría a Iniesta. No tiene pinta Andrés de que le guste cantar y, menos, en público. Y con esa vocecilla de tiple no quiero ni pensar en qué esperpento podríamos convertir a la más indiscutible de nuestras glorias nacionales.

Por no hablar de la dimensión conmemorativa del triunfo que tienen los himnos. Subidos al podio, conmueven hasta las lágrimas, como para tener que ponerse a cantarlo con esa emoción babeante que puebla la voz de gallos. Y es que uno es de cantar o no y al que no le gusta o no está dotado, no le iban a quedar más opciones que quedar de poco patriota o quedar directamente en ridículo haciendo aullar a los perros.

Que no, que será menos gallardo, pero en estos tiempos me parece que el afortunado accidente de tener un himno sin letra resulta más digno que lo contrario. Para qué buscarse problemas y más con la que está cayendo.

Y en estas llega Marta Sánchez, nuestra preterida musa de los 90, que espontáneamente emerge del mar del olvido con una tierna declaración de amor a la tierra, colgada en el chun tan chun tan de la Marcha Real. Quién más apropiada que la que, emulando a Marilyn, enardeció a las tropas españolas en la Guerra del Golfo con sus Soldados del Amor y una escueta minifalda. Quién mejor que la injustamente más recordada por una portada del extinto Interviú que por ser la voz más prodigiosa del pop español. Quién mejor que la que ha padecido el duro exilio en Miami, para catalizar la añoranza del verdadero hogar. Quién mejor que Marta, nuestra Marta, para ser la Marianne del Reino de España, así, vestidita de rojo, con el tinte del pelo gualda. Y más en estos tiempos, cuando ya no están los Martes y Trece para chotearse de tu emocionado fuelfo a España y sin ti no sé fifir. Quién mejor que tú, Marta...

Según mi amigo A.C.G., mejor Raphael. Escándalo sería un himno indiscutible.

Pero eso son maledicencias, Marta. El gesto ha sido indudablemente bonito y te querremos siempre. Pero, lo que es por mí, mejor dejamos el Himno Nacional sin letra.

Hazlo por Iniesta.

viernes, 9 de febrero de 2018

Oscars 2018: Del Toro, Nolan y sus afueras

En condiciones normales, más allá de la espuria utilización del arte como plataforma para reivindicaciones sociales o políticas coyunturales, la ceremonia de los premios de la Academia debería estar protagonizada por dos películas mayúsculas. Una de ellas -Dunkerque- obra maestra absoluta y la otra -La forma del agua- que se queda a apenas un centímetro de serlo. Ambas, cuando en el terreno de la ficción imperan los modos de las, a menudo excelentes, series televisivas, son un ejercicio de amor a los valores perdidos del cine, a la capacidad de convertir a las imágenes en vehículos más poderosos del relato que las palabras, experiencias inmersivas brillantes, con bandas sonoras a la altura.

Seguramente Holywood no permitiría a nadie más que a Christopher Nolan rodar una superproducción tan personal como Dunkerque, con más extras que efectos digitales y con poquísimas concesiones a la taquilla y a los premios. El resultado es colosal, un bombardeo estético, casi de cine mudo, que articula una emoción intensa y permanente. El miedo a perder la vida a cada instante se retrata con más lirismo y parecida intensidad que en la primera media hora de Salvar al Soldado Ryan. La presencia continua de la banda sonora es un elemento más de guión. Resulta brillante la estilización musical de Nimrod, de Elgar, para crear una atmósfera heroica dentro de la derrota. El dramatismo no necesita apoyarse en las interpretaciones de los actores, que apenas tienen diálogos porque al fin y al cabo, como en un gran fresco, el conjunto predomina sobre sus partes. Creo sinceramente que es lo mejor que ha hecho el director de Memento, Origen o Interstellar. Y eso es mucho decir.

Guillermo del Toro es un friki con una fe inquebrantable en lo que hace y un talento cinematográfico superlativo, por lo que, por muy refractario que uno sea al género fantástico, al comic y a extravagancias varias, consigue a veces arrastrarte a su universo imaginario sin que puedas ni quieras resistirte. Como en el Laberinto del Fauno, en La Forma del Agua lo vuelve a conseguir. De forma más poética si cabe. La escenografía, la dirección artística, un buen guión, la música de Desplat y unas formidables interpretaciones te llevan tan de la mano que asumes que un cuento es un cuento y que todo vale cuando es bello. Hasta le perdonas las concesiones gratuitas y oportunistas a temas candentes como el acoso sexual, la homofobia y la discriminación racial, que para eso Del Toro se juega el tipo y el dinero con esta apuesta personal.

Entre las dos cintas mencionadas deberían repartirse los premios a mejor película, dirección, fotografía, banda sonora y dirección artística. Pero creo que Dunkerque,sin mujeres coraje ni afroamericanos (los americanos no habían entrado aún en la guerra) se irá casi de vacío. Tiene ventaja La Forma del Agua porque, además de arrimar el ascua a lo políticamente correcto, tiene grandes interpretaciones, en particular Sally Hawkins, pero todo el elenco está de oscar, incluso el no nominado Michael Shannon.

Los oscar a actriz principal, actor de reparto y guión original serán las bazas de Tres anuncios en las afueras, de Martin McDonagh, excelente película aunque menor frente a las citadas. Una buena historia y guión con un giro sorprendente; ambientada en el medio rural americano, muy trillado ya como escenario tenebroso y surrealista, con una interpretación excepcional de Sam Rockwell y una algo más discutible de Frances McDormand. Aunque con papeles memorables a sus espaldas, la esposa de Joel Coen ha acabado convirtiéndose en un personaje en sí misma. Su rostro de piedra arenisca y su alergia a la peluquería disfrazan de intensidad cualquier mueca. Aunque es la favorita al premio, me parecen mayores los méritos de Sally Hawkins.

La ceremonia de entrega de los oscars siempre es un espectáculo aunque, con el precedente de los Globos de Oro, temo que se pueda convertir en un auto de fe, con Woody Allen, Kevin Spacey y todo el que se mueva tocados de capirote en la hoguera del #metoo y Oprah empuñando la antorcha. En ningún sitio se cazan mejor las brujas que en Holywood.




miércoles, 16 de noviembre de 2016

El muro de las cínicas lamentaciones

La primera declaración de intenciones de Donald Trump sobre  su presidencia nos tiene a los progresistas en un sin vivir de rasgarnos las vestiduras, cubrirnos de  cilicio y echarnos cenizas sobre las cabezas (Samuel 13:19) Muy apropiado teniendo en cuenta el nombramiento como principal asesor presidencial de Stephen Bannon, acusado de antisemita. Trump pretende cumplir lo prometido, deportar a dos (o tres) millones de indocumentados con antecedentes criminales o delitos y levantar un muro en la frontera con México.
Pero en realidad no parece que vaya a hacer nada muy novedoso. Más que construir, va a continuar la obra comenzada por Bill Clinton en 1994, con la Operación Gatekeeper (que además militarizó la frontera) y de la que gracias a las sucesivas administraciones Bush y Obama y el impulso del Senado ya existen más de mil doscientos kilómetros de muros, barreras o vallas electrificadas en una frontera de 3.185 km. Hay que recordar que la mayor parte de esa línea divisoria -más de dos mil km.- la constituye de forma natural el Río Grande (Río Bravo para los mexicanos) y que existen además zonas de desierto extremo donde cualquier fortificación resulta innecesaria. Por mucha voluntad que demuestre Trump, hay que reconocer que sus predecesores le han facilitado considerablemente la tarea. Para muestra, un gráfico.



En cuanto a los eventuales deportados, el electo presidente tampoco parece haber inventado la pólvora. Primero porque ya era práctica habitual en Estados Unidos -y casi en cualquier país- expulsar a los indocumentados, máxime si delinquen. Segundo, porque la escalada de deportaciones en las últimas décadas ha sido galopante.
Fuente: Univisión
De las ochocientas mil de Bill Clinton al record de 2.768.357 de Obama que, para cuando termine su mandato en enero, habrá superado ampliamente la cifra de los tres millones. Eso sí, en su caso ha dado prioridad a las expulsiones de sin papeles con antecedentes criminales, sensibilidad que declara compartir ahora su sucesor.


Y, digo yo, no será que la alarma ante Trump de los que nos sentimos defensores de los derechos civiles, particularmente en Estados Unidos, se parece cada vez más a la de Claude Rains en Casablanca, cuando cierra el Café de Rick mientras recoge sus ganancias de la ruleta. "¡Qué escándalo, he descubierto que aquí se juega!"