miércoles, 16 de marzo de 2011

Tsunami global (II). Los cincuenta samurais.

Ahora que veo campañas con el eslógan Pray for Japan, se me ocurre que la sucesión de calamidades que padece el pueblo japonés está a la altura bíblica de las que perpetraba el Dios de Israel contra Egipto, Babel, Sodoma y Gomorra. No creo, desde luego, que estén pagando su fe sintoísta o budista, aunque me sobrecoge la estoica resignación, la serenidad hasta en el llanto y la disciplinada mansedumbre con que parecen afrontar un dolor tan insoportable. No sé cuánto tiene eso de idiosincrasia religiosa o de alienación orwelliana, el caso es que, tal vez por mi distancia cultural, los japoneses siempre me han resultado un tanto extraños. Supongo que a su favor. Como latino me cuesta menos comprender el egoísmo, el pánico desordenado y el pillaje, que la resignación y el heroísmo.
Ya es bastante pesadilla padecer el mayor terremoto de la Historia registrado en un área poblada, un inmediato tsunami de mayor furia que el de Indonesia para, a cuatro días de ello, estar fundamentalmente preocupados por un probable desastre nuclear, que relega el dolor y el llanto por las vidas que se ha llevado el mar. Resulta tan desasosegante que, en aras de la prudencia, el Gobierno haya desaconsejado enterrar a los muertos, como que sus deudos lo hayan acatado mansamente.
Con los muertos todavía sobre las playas, parece miserable analizar las consecuencias globales del colapso de la economía japonesa y, sobre todo, de la crisis nuclear. Habría preferido esperar, pero ya se ha desatado el oportunismo político sobre la cuestión. Muy propio de la más mediocre generación de gobernantes que recuerdo, a los que incluso les habrá venido bien la confusión para evitarse decisiones más urgentes sobre Libia.
Creo que, lamentablemente, lo sucedido en Fukushima significará un varapalo más para el desarrollo de la energía nuclear. De poco servirá el hecho de que ante una situación extrema, más allá de todo lo previsible en casi cualquier país, sólo una de cincuenta centrales nucleares, de construcción antigua, haya sufrido un accidente. Es cierto que de una extrema gravedad y cuyas consecuencias sólo se pueden aventurar. Pero esas centrales nucleares han cimentado el desarrollo japonés, que hasta hace bien poco era la segunda potencia económica mundial. Y el riesgo de haberlas construído en una de las zonas menos adecuadas del planeta puede compensar o no. Quizá habría que preguntarlo a cualquier haitiano.
En todo caso, en plena crisis económica y energética, descartar de nuevo la energía más barata y eficiente a cambio de las ecológicas y carísimas renovables, me parece un riesgo mucho peor y más cierto que esperar un tsunami o un terremoto devastador en la meseta española o en el centro de Europa. Pero el miedo es libre y muchos son sus administradores.
Pese a todo ello y a lo lejos que queda Japón, me alarma de verdad hasta qué extremo pueden llegar las consecuencias radiactivas de un accidente que ya se acerca al nivel del de Chernóbil y, en mitad del miedo, me sobrecoge la figura de esos últimos cincuenta operarios que, con idas y venidas, permanecenen en el bombardeo de neutrones para aminorar en lo posible la catástrofe para los suyos. Sabiendo como saben que ellos ya están perdidos, si no ahora, seguramente a corto plazo. Me pregunto si son voluntarios u obligados por sus contratos con la siniestra Tokio Electric Power, que acumula un amplio historial de irregularidades y corruptelas y cuyos directivos seguramente están a buen recaudo. Tenebrosa como un señor feudal, Tepco habrá enviado a la muerte a los cincuenta últimos de Fukushima. Cincuenta valientes, cincuenta héroes. Cincuenta samurais.

8 comentarios:

  1. Jose soy Fernando, como se hace uno seguidor?

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  2. pues temo que hay que tener cuenta de gmail, yahoo, twitter o conseguir un openID o lo que sea eso. Un rollete, la verdad. Pero gracias por la intención, Fernando.

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  3. Enhorabuena por tan acertado análisis. Es difícil razonar ante un catástrofe con tantos frentes.Lo mas admirable es el espíritu de sacrificio del pueblo japonés que esta dando al mundo una lección de dignidad y civismo que me hace sentir con mas dolor el sufrimiento de ese pueblo. Espero que tanto sacrificio tenga su justa compensación.
    Y como siempre, los políticos buscando el oportunismo y manifestando lo peor de si mismos. Si queremos ser previsores y extraer consecuencia de forma urgente, aprovechando la importancia de la noticia, propongo que se prohíba vivir a menos de cinco kilómetros de la costa, de esta forma evitaremos la causa del mayor número de muertes y desaparecidos, el tsunami. Pues nada señores gobernantes, a prohibir. A partir de ahora no se puede residir a menos de cinco kilometros del mar y los que ya están, que vayan pensando en que van a ser desahuciados en breve plazo. A comprar vivienda en otro lugar que hay muchos pisos en venta y arreglamos de paso un problema de excedente de viviendas (pensamiento político ad hoc).
    Mi condolencia con el pueblo japonés y mi reconocimiento ante el ejemplo que están dando al mundo.

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  4. Reconozco la letra, así que te daré las gracias personalmente en un par de días :-)
    Sí que es cierto que de estas y otras cosas surgen siempre nuevas obligaciones y prohibiciones. Nunca libertades. Parece que la función legislativa de los políticos consiste en edificar en el solar de las libertades nuevas obligaciones, nuevas limitaciones, nuevas sanciones. Con ese tipo de especulación, el metro cuadrado de libertad cada día se pone más caro.
    Un abrazo

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  5. Me admira el pueblo japonés y me disgusta ver hoy en España manifestaciones en contra de la energía nuclear y ni una sola manifestación de solidaridad con Japón.Como siempre en España pensando en los demás...

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  6. Supongo que había que orear las banderas de "nuclear no gracias" para quitarles el olor a alcanfor. También han perdido una ocasión de manifestarse contra Gadafi, que ya se ha cargado a más gente que la radioactividad, pero seguro que conservan el libro verde junto a la bandera amarilla.
    Besos, Bea.

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  7. Aunque he leído con retraso tus reflexiones, me gustaría recordarte el segundo de los libros "Caballos desbocados" de la tetralogía de Mishima "El mar de la fertilidad".No se si lo has leído(si no te lo recomiendo). Seguramente se entienda mejor esa mentalidad japonesa de sacrificio que creo no se corresponde a una actitud de pasiva alienación sino de respeto a un espírtu.
    Un abrazo Angel Etxaniz

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  8. Gracias Ángel. Ya hace cuarenta años del seppuku final de Mishima que, desde luego, se parece mucho a la trama de "Caballos desbocados". Creo que me da más pavor su patriotismo fascistoide y ultratradicional que la decadencia moral y corrupción que denuncia y lo lleva al suicidio ritual.
    Digo lo extraños que me resultan los japoneses porque no encuentro casi nada inteligible emocionalmente ni en su tradición medievalizante y feudal ni en la ultramodernidad, tecnológica y masificada, llena de "kuruharas" corruptos como los que dirigen Tepco. La cultura del sacrifico resignado, sea por el divino emperador, la patria o la empresa que da trabajo a generaciones de la misma familia, será encomiable, pero me resulta antinatural.
    Pertenezco a la cultura del sálvese quien pueda, la patada en los huevos y tonto el último, no a la de la autoinmolación por la causa. Y, para ser sincero, desconfío un poco de los héroes y mucho de los mártires, sean samurais o yihadistas.

    Un abrazo

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