domingo, 14 de marzo de 2021

Los rescatagallinas

 Hace unos años Carlos Lesmes -el presidente del Tribunal Supremo que, a su pesar, persevera en el cargo- lamentaba que "La Ley de Enjuiciamiento Criminal está pensada para los robagallinas y no para los grandes defraudadores"  y, si bien los efectos jurídicos de su queja ni han llegado ni se les espera, al menos consiguió rescatar del olvido una expresión que ha transitado la miseria de los siglos, de la picaresca al hambre, herrumbrada de guerra y de posguerra, viejuna de pleno derecho. El robagallinas, el germánico gomarrero, el que hurta para comer, por hambre como Jean Valjean -al que Victor Hugo le robó hasta la gallina y se la convirtió en barra de pan- o por necesidad o picardía o vicio. Siempre cosa menor, de castigo mayor. Pero ya nadie roba gallinas para pelarlas y comerlas. Ni barras de pan.

Ahora las gallinas son mucho más que el botín de un hurto, mucho más que un semoviente productivo de escaso entendimiento y derechos asociados a su, tradicionalmente cuestionada, dignidad. Ahora las gallinas son un símbolo. Son los osos panda del siglo XXI, cuando la sociedad ha vuelto los ojos a su sufrimiento, a su opresión atávica. Cada día se constituyen asociaciones a favor de su libertad sexual, sujetas al abuso y la violación reiterada por parte de sus congéneres masculinos. Por sus huevos. No menos importante ha sido que las gallinas despierten nuestras conciencias sobre sus condiciones de vida y nos rebelemos contra que sean criadas en jaulas y no en tierra, o dejemos parte de nuestro dinero en asegurarnos de que su crianza transcurra en libertad y con alimentación natural, aunque sea con maíz transgénico industrialmente desgranado. Pero, a pesar de todo, su destino sigue siendo el matadero, ese infierno al que las condena nuestra pasión depredadora, en lugar de acompañarnos en los parques o en las terrazas, picoteando distraídamente miguitas de pan de jubilado y alegrándonos los oídos con sus acompasados cacareos.



Por ello no pude menos que conmoverme esta tarde viendo por televisión a Oprah Winfrey  - incomodando la modestia de la Duquesa de Sussex- arrancarle la confesión de haber rescatado de una granja a una familia de gallinas internadas y ofrecerles un hogareño corral en los terrenos del casoplón de Los Ángeles en el que malviven, hasta el punto de que quizá lleguen a tener que pagar su seguridad privada (la de los Duques y la de las gallinas) por culpa de la racista Corona británica. Cómo es posible tildar de superficial y soberbia a Meghan Markle cuando es capaz de desprenderse en un momento de su vestido de Armani y la pulsera de Cartier de la entrevista para ir a alimentar de la mano a sus gallinas rescatadas, con una humilde cazadora de J.Crew y unas botas Hunter. Cómo no enternecerse también con las botas de Harry, más pensadas para vadear el Amazonas que para un gallinero y que le permitían estar en cuclillas con el culo a un metro del suelo. Y qué decir del informal y austero gesto de prestar un chándal de tallas grandes del Carrefour a Oprah para que compartiera la experiencia.

No puedo comprender cómo a estos modernos jóvenes concienciados contra las arcaicas e injustas obligaciones que derivan de sus reales privilegios se les puede tachar de autoindulgentes y egoístas cuando los imagino con el arrojo de asaltar cualquier Auschwitz avícola de Santa Mónica para liberar de los crematorios de Kentucky Fried Chicken a esas gallinas totémicas que simbolizan la lucha contra todos los males de nuestro tiempo: el fascismo, el machismo, el racismo, el cambio climático y trabajar para vivir. Jóvenes rescatagallinas serán nuestros partisanos, la avanzadilla de la nueva revolución.

Hago mío el estupor de cada what?? de Oprah y espero con impaciencia la próxima temporada de The Crown que dictaminará la verdad, mientras en Amazon Prime reponen, curiosamente, El Príncipe de Zamunda.

jueves, 11 de febrero de 2021

El laberinto de género

Hace algunas semanas me desconcertó leer en la prensa  la reseña de un anuncio de Ellen Page, la actriz de Juno y Origen, en la que se declaraba persona transgénero no binaria, que convertía su antiguo nombre de pila en  necrónimo (sí, como Prince) para pasar a llamarse Elliot, disponiendo además el pronombre adecuado para designar-le, que vendría a ser un he/they neutro en inglés, reconducible a un elle en castellano.

A ver, soy consciente de que mi indolente desidia sobre algunos temas me convierte en un hombre desactualizado y que cuando (como en el caso de esta chica/o/e) vienen acompañados indisolublemente de filosofías orientales, veganismo o formulaciones -digamos acientíficas- sobre la energía, tiendo a desecharlos en el contenedor amarillo de las ideas poco reciclables. Pero, en una sola noticia, tal acumulación de conceptos desconocidos e insólitos me ha dejado tan perplejo como a un Walt Disney descongelado accidentalmente en el Village. También me ha puesto en alerta sobre mi imperdonable ignorancia que, con estas líneas, pretendo empezar a subsanar. Y acaso ayudar a otros descatalogados intelectuales de mi calaña a orientarse por las procelosas y bizarras aguas de las Teorías de género.

Quien tenga claro que no es lo mismo sexo que género, ni identidad que orientación sexual, ya empieza mal; porque a los problemas idiomáticos de traducir teorías importadas se suma la ambigüedad deliberada de muchas de ellas por retorcer la semántica a la medida de sus postulados.

Uno podría pensar que el sexo es algo biológico y el género una categoría sociocultural asociada a ese sexo, aunque hay idiomas que ni siquiera tienen términos distintos para cada cosa y han sobrevivido plácidamente hasta nuestros días.  

Para el feminismo -pongamos convencional- el sexo es biológico y el género es una construcción social utilizada para subordinar a las mujeres con respecto a los hombres. Por tanto el género es algo en sí negativo. Además, tanto para sexo como para género, solo existen dos categorías: masculino y femenino. Todo lo demás son orientaciones sexuales, en ningún caso identidades. A eso llaman los críticos ser binario.

De la comunidad LGTBI, en particular de los trans (aquellos que, a diferencia de los cis, no se sienten identificados con su sexo biológico) surgen las identidades no binarias. Para empezar, introducen un tercer sexo que a la vez es género, como una mezcla más o menos neutra de identidad masculina y femenina que no tiene por qué concordar con su expresión física. Así las cosas, las identidades sexuales pueden ser masculinas, femeninas,  transgénero y también combinaciones de éstas, como bigénero o trigénero. A efectos taxonómicos, consigno otras categorías de género emergentes como los kathoey tailandeses o los maveriques (esto ya se lo mira usted, si eso). Se podrían añadir incluso más, hasta extremos de pesadilla de catalogador de vídeos porno. 

El salto cuántico, como en la Física, se produce con el principio de incertidumbre, que viene a ser la  tesis del género fluido, un reciente crisol  de antropología espiritual amerindia y hawaiana (A place in the middle) con presupuestos de la corriente intersexual (se la explicaría, pero se le va a hacer largo). Sostiene que ni género, ni identidad ni orientación sexual son una construcción social, que los géneros (cuántos sean, hay opiniones) están presentes en cada persona independientemente de su sexo morfológico y que pueden oscilar o fluir entre ellos en períodos largos, cortos, o incluso diarios. Vamos, que por la mañana uno puede sentirse torero y por la tarde folclórica o, como diría Heisenberg, no se puede determinar en un mismo momento el género, la identidad y la orientación sexual de una persona. Poderosos apoyos intelectuales sostienen esta tesis, como Miley Cirus, Ruby Rose o Steven Tyler.

Pero, con todo, el impulso más importante y quizá inquietante a las teorías de género lo proporciona el movimiento queer que, después de verse a sí mismos como los mutantes de Desafío Total y con una inteligente dialéctica neomarxista están decididos a ponerlo todo patas arriba. Partiendo sobre todo de la L del mundo LGTB -al que aportan la Q- se instalan en una heterofobia reactiva que combate la "cultura en que la heterosexualidad es obligatoria, así como la heteronormatividad y el heteropatriarcado" (importante y exitoso hallazgo en el que han encontrado la complicidad de muchas feministas). Conductistas militantes, descartan toda influencia de la biología en la determinación del género, la identidad o la orientación sexual, todo es producto del modelo social heterosexual opresivo que nos quiere parcelar en categorías. Y como el ser humano es más diverso que cada categoría por sí misma y los deseos son todos singulares, lo que procede es la autodesignación de la identidad (aquí creo que es donde encaja Page) y la autodeterminación de género. El movimiento va más allá de las cuestiones de género. Identifican como sujeto opresor a lo que llaman "ciudadano universal", a saber, varón, blanco, heterosexual y rico. Por ello extienden su causa a otras contiendas, como las luchas raciales, ecologistas o nacionalistas. Basta leer a uno de sus teóricos principales, Paul B. Preciado (antes Beatriz), notable filósofo discípulo de Derrida, para comprender el carácter revolucionario, neomarxista (Gramsci les aplaudiría con las orejas) y profundamente antisistema que se embosca en un movimiento de aparente liberación.

Y es aquí donde se abre la grieta con el feminismo al que la doctrina queer ha ido infiltrando. Además de discrepancias irreconciliables en temas como la prostitución o la gestación subrogada, hay quienes se han dado cuenta que los principios queer diluyen y desvirtúan el sujeto de la reivindicación feminista clásica (la mujer binaria), a la vez que retratan que el objeto del feminismo no es tanto la igualdad como únicamente los derechos de tales mujeres. La influencia queer, que se va extendiendo por ámbitos educativos, académicos, gubernamentales (véase la cúpula del Ministerio de Igualdad), o en movimientos sociales como el Me too o Antifa,  como un caballo de troya empieza a poner en su punto de mira también a las feministas heterosexuales. Que se lo digan a las Catherines (Deneuve y Millet). 

Celebraría que mi torpe intento por desenredar esta madeja ayude también a comprender la polémica dentro del propio Gobierno de este país ante la aprobación o no de leyes que permitan la autodeterminación de género. No sé si es mucho esperar.

Pero en tiempos de pandemia, no perdamos el optimismo. Aunque se prevé un largo acoso al llamado ciudadano universal y los varones blancos y heterosexuales caminemos hacia la extinción, no pierdo la esperanza que las leyes de autodeterminación de género se extiendan también a aspectos como la raza o incluso la especie y encontremos una salida.

Me pido ser lince ibérico.

miércoles, 6 de mayo de 2020

Razones para el optimismo

   Un amigo, que suele pasarse por este blog, me preguntaba a finales de febrero por qué no escribía sobre mi obstinada convicción de que estábamos ante una catástrofe inminente, que le expresaba en nuestras casi diarias conversaciones. En aquel momento le respondí que no me apetecía. Un mes más tarde, cuando las cifras de la pandemia del covid-19 llegaron a superar mis ya bastante lúgubres pronósticos, volvió a preguntarme lo mismo. Esta vez, supe por qué. Le confesé mi temor al síndrome de Casandra. Cuando demasiado pronto adivinas (de un modo racional)  que algo grave va a suceder, correrás el riesgo de que nadie te crea. Y, si insistes, te convertirás en un incómodo aguafiestas, un molesto agorero o un odioso apocalíptico. Si el tiempo llega a darte la razón, quienes no te creyeron probablemente prefieran no recordar que la tenías, porque eso también les recordará su error. Seguirás siendo molesto y lo más cómodo será olvidarte. No compensa, amigo, no compensa, le dije.

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   El pesimismo parece ser algo solo tolerable a largo plazo, de hecho mucha gente se solaza religiosamente en distopías o apocalipsis lejanos que quizá hagan más estimulante el presente. A corto plazo, lo que vende es el optimismo, el mensaje positivo. Hay que evitar el pánico, todo va a salir bien, saldremos juntos, reforzados, su cáncer de páncreas no tiene por qué ser irreversible. Y, aunque un análisis lúcido de la realidad no suele ofrecer grandes ocasiones para la algarabía, ahora que el común de los mortales ve el pelaje del futuro negro zaíno, voy y encuentro la luz del optimismo que me rescate de este oscuro silencio.

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  Me explicaré:
  El ser humano padece de una tara mental que ha resultado una ventaja evolutiva. No comprende la aleatoriedad y necesita encontrar patrones que establezcan relaciones de causalidad. El mismo razonamiento causal que ha favorecido la supervivencia de la especie, nos lleva a menudo a errores de bulto ignorando la lógica de las matemáticas. Decía Roger Penrose que descubrir las ecuaciones precede a entender las leyes que se desprenden de ellas. Son porque son, no necesitan una causa, el error habitual es perseguirla. Si algo demuestra el covid-19 y otros virus antes que él es que su comportamiento no siempre es comprensible con razonamientos médicos o biológicos de tipo causal. Hay indicios de que puede ser estacional por su sensibilidad al calor (Puerto Rico, Haití, Cuba, el Sur de España). Y de lo contrario (República Dominicana, Ecuador). Hay señales de que afecta más a países de población envejecida (España, Italia). Y de lo contrario (Japón). Hay síntomas de que un potente sistema sanitario combate mejor la epidemia (Alemania vs. Brasil). Y de lo contrario ( EEUU vs. Haití). Hay países donde el extremo confinamiento o la relajación de medidas han dado insólitos buenos y malos resultados a la vez. Sus propios efectos sobre el organismo son objeto de controversia, de ser meramente respiratorios a inflamatorios, trombóticos... Creo que tardaremos más en encontrar un hilo causal racional digerible para nuestro cerebro de primates, de lo que tardará el virus en aburrirse e irse.

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  Sin embargo virus y bacterias suelen sentirse más cómodos con análisis estadísticos basados en leyes matemáticas que manejan mejor sus costumbres ludópatas a la hora, por ejemplo, de propagarse y mutar. Todo lo aparentemente azaroso, aleatorio o caótico puede analizarse y, cuando los datos son suficientes, modelizar su comportamiento y predecir su evolución. Si no aburro con la Ley de los grandes números, las variables aleatorias y los modelos deterministas o no, es solo porque todavía no he conseguido entenderlos, así que simplifico. Cuando el volumen de datos es muy alto -y en esta pandemia lo es como nunca- se pueden hacer sobre ellos modelos y se van seleccionando las -digamos- ecuaciones que mejor encajan con la curva evolutiva de los que se tienen. A medida que alguna de éstas vaya anticipando correctamente las siguientes series, se irá perfilando el -digamos- algoritmo que permita predecir la evolución futura representada en la curva. Tampoco descubro nada diciendo que hoy por hoy la bioestadística es la parte más importante de la epidemiología, sobre todo ahora que la conjunción del Big Data con la inteligencia artificial ofrece resultados espectaculares. Total, que estamos en condiciones de saber el cuándo de las cosas mucho antes que el por qué.

Era verdad. Aquí empiezan las buenas noticias.


  Las proyecciones de los modelos deterministas SIR (acrónimo de susceptible-infectado-recuperado), en particular el de la Universidad de Singapur, pero también de las de Washington y Texas, del MIT y del Imperial College, apuntan a que, si no la pandemia al menos su primera ola, está cerca de remitir. En Galicia quizá en el plazo de una semana o diez días el contagio será casi inexistente (como también predijo ya el 7 de marzo un estudio de la USC). En las zonas más castigadas de España tal vez a finales de mayo y, seguramente remita por completo en agosto. También en Francia. En Estados Unidos remitirá en junio y desaparecerá a principios de agosto. En junio en Alemania, en septiembre en Italia y Reino Unido. Todos tendremos un verano razonablemente tranquilo y en casi ningún país del mundo pasará de octubre.

  Es verdad que puede haber un rebrote. Pero también puede no haberlo. En cualquier caso nos encontrará mucho mejor preparados que hace un par de meses. Seguramente ya haya tratamientos que mejoren los síntomas, vacunas en desarrollo y más eficaces medidas de contingencia. Es poco probable que la mortalidad se acerque a la que ha tenido.

  Además puede que ya contemos con el mejor sistema de alerta temprana ante una reactivación del covid-19. Si algo iguala a ricos y pobres, blancos y negros, hombres y mujeres o a Agamenón y su porquero es el lugar donde terminan nuestros miasmas, deposiciones y los más íntimos fluidos corporales. Las aguas residuales. A falta de ajustar con precisión su sensibilidad, la detección mediante PCR del virus en el río de nuestros despojos es ya un hecho y permite cuantificar, monitorizar y hasta localizar cualquier foco de infección quizá incluso antes de que aparezcan los síntomas en la población.

  Creo, en suma, que la crisis sanitaria del coronavirus terminará más pronto que tarde. Mucho antes  de que sepamos por qué, ni en dónde acertamos o fallamos. Pero seguro que los mismos que no han visto venir el problema tendrán cientos de explicaciones distintas que demuestren que ellos siempre supieron la solución.

Aquí terminan las buenas noticias. Gracias por su paciencia


  Otra cosa será la crisis económica que deje y la germofobia obsesivo-compulsiva que nos pueda convertir en una sociedad de neuróticos. Pero esa es otra historia. Yo venía a vender optimismo.

viernes, 7 de febrero de 2020

Oscars 2020. Scorsese y los superhéroes


    Las películas de Scorsese han jalonado mi medio siglo de afición al cine, representando a su vez a una generación de cineastas que bebía orgullosamente de los clásicos. Por eso no pude estar más de acuerdo en su apreciación de que una cosa es el cine y otra las películas de superhéroes. Que es distinto contar historias que provocar espasmos con montajes frenéticos. Por poner un ejemplo, a mí juicio, Vengadores o las funestas secuelas pecuniarias de Star Wars son al cine de acción lo que los aparatos de gimnasia pasiva al deporte. Puro abdominazer -valga el aanacronismo- retiniano. Hay películas que me apetece volver a ver una y otra vez. Y no por enterarme de quién pegó o mató a quién en una reyerta caótica, o de si alguien dijo algo transcendental que me perdí en un barullo, sino porque siendo totalmente inteligible desde el primer visionado, se disfruta deshojando las capas de profundidad y paladeando la cadencia precisa que aporta la labor de un buen director cuando traduce un guión escrito a imágenes inolvidables y a emociones imperecederas. Y eso es El Irlandés. Pura delicia. Puede que sea larga, pero en absoluto lenta, siempre que uno disponga de tres horas y media para verla. Aunque entiendo que hoy, para el espectador medio, Lo que el viento se llevó o El Padrino serían miniseries de tres o cuatro episodios. El día que la vi pensé de inmediato que ninguna otra se acercaría ni de lejos a la categoría de película del año. O de la década, que una obra maestra de Scorsese son palabras mayores.
    Pero hay más, porque éste, la verdad, ha sido un buen año de cine. Y, como a Scorsese le perseguirá la maldición de Netflix en los Oscars, la favorita parece 1917. No voy a descubrir a Sam Mendes y su film es un verdadero prodigio, muy por encima de otros laureados falsos plano-secuencia totales como Birdman. Y uno se pasa la película completamente fascinado, pero sin desconectar un momento de cómo ha podido rodar esto o aquello y dónde ha puesto la cámara. No seré yo quien la tilde de videojuego, pues le sobra calidad artística, pero no me alcanza el efecto inmersivo que pretende (al final, la historia me da casi igual) deslumbrado como me deja su excelencia técnica.
    También me parece excelente "Érase una vez en Hollywood", por más que tenga mucho de autohomenaje de Tarantino, que ya es un género en sí mismo. Maduro y contenido, despliega todo su talento visual aunque, en mi opinión, la tensión narrativa descansa demasiado en la expectativa de un final que no se produce. Me pregunto si un segundo visionado no se resentirá demasiado de ello. Eso sí, el oscar a Brad Pitt, que lo merece más por otros papeles, está asegurado.
    Me gustaría poder menospreciar a El Joker, porque no es mi tipo de cine, pero es otra gran película. Es verdad que Todd Phillips partiendo del Deus ex machina marveliano que tanto me irrita y sobre un simplón mensaje antisistema, a base de retórica y ambigüedad moral y de una estética oscura y saturada, compone una película inquietante. Como su protagonista, Joaquin Phoenix, que ya es inquietante con solo decir buenos días, perturbador si levanta una ceja y aterrador si levanta las dos. No cabe duda que se llevará el oscar al mejor actor. Atrévete tú a negárselo.
    En un plano claramente inferior coloco a Historia de un matrimonio. O más bien de un divorcio. Más teatral que cinematográfica, luce dos interpretaciones magníficas, las de Adam Driver y Scarlett Johansson, aunque quien se llevará el oscar será Laura Dern. Curiosamente, la historia nos deja mucho más impresionados a los hombres que a las mujeres. El truco es sencillo. Puestos así, parecen dos personas excelentes atrapadas en una crisis matrimonial. Si les cambias el sexo, quien se va a Los Ángeles resultaría un perfecto hijo de puta.
   Dejo para el final la más extravagante, original y acaso talentosa de todas las películas que concurren este año a los Oscar. La coreana Parásitos, de Bong Joon Ho, es prodigiosa. Hace falta tanta sabiduría como ingenio y audacia para saber subvertir los géneros de comedia, drama y tragedia para conseguir a la vez una comedia trágica y una tragedia cómica enmarcada en un drama social. Tan llena de oficio como de atrevimiento.  Si alguna puede dar la sorpresa y desafiar al propio Sam Mendes es ésta.
    En la categoría de actriz principal, dudo poco de que gane Renee Zelweger, cuya interpretación es todo lo que aporta la muy prescindible Judy.  Y, ya puestos, espero que en la categoría de animación se lleve el premio Klaus, no porque sea española sino porque es la primera recomendación cinematográfica de mi hija de siete años con la que disfruto de verdad.

    La edad es una enfermedad que siempre va a peor. Puede que lo que mentalmente tenemos por sólido se haya convertido en rígido y nuestra sensibilidad intelectual, como nuestras rodillas, pierda colágeno y padezca de artritis y de artrosis. O puede que no. Pero yo sigo siendo de Scorsese.



viernes, 28 de junio de 2019

Cuando una imagen engaña más que mil palabras


Sugiere Emmanuel Carrere en su novela El Reino que el éxito de Pablo de Tarso en difundir de modo fulminante el cristianismo por Grecia y Asia Menor radicaba, no tanto en predicar la venida del fin del mundo, como en el hecho de que ese armagedón sería inminente, que no quedaba tiempo que perder para ponerse a salvo con la observancia de los muy asequibles (para la época) preceptos morales del Evangelio. Verdad es que el fin de los tiempos no llegó, pero eso no suele menoscabar el predicamento de las sectas apocalípticas. Para muestra, dos milenios de cristianismo hegemónico.

Qué no haría hoy un maestro del marketing como San Pablo con los poderosos instrumentos de la comunicación moderna. La foto que encabeza estas líneas ha sido vista por muchas más personas de las que han leído la Biblia en el último siglo. Todos los diarios la han publicado, todos los noticieros televisivos la han emitido, todas las redes sociales la han comentado. Lo cierto es que es bonita, da la impresión de que los perros caminan sobre la superficie del agua, algunos incluso creerán que lo hacen (huya de esta gente). Y en todos los medios, sin excepción, hasta en aquellos que presumen de reputación y de verificar sus fuentes, se ha usado como prueba irrefutable que ilustra el apocalipsis del hielo ártico fundido por nuestros pecados. Poderoso mensaje.

A la verdad se llegaba rascando bien poco. Bastaba con preguntar al autor de la foto -Rasmus Tonboe, del Centro para el Océano y el Hielo del Instituto Meteorológico Danés-, que la publicó en Twitter. La imagen, tomada en Groenlandia, no es ninguna rareza. Ocurre que durante el deshielo estival de los glaciares a veces la banquisa (la capa de hielo marino) es demasiado gruesa o espesa y no deja drenar el agua a su través y ésta se queda depositada encima. Lo que realmente pisan los perros del trineo es una capa de duro hielo de un metro y veinte centímetros de espesor. Algo que ya vio el propio Amundsen hace más de un siglo y que se repite con relativa frecuencia, que el hielo esté más grueso de lo normal.

 En suma, que aunque uno se haya conmovido con los angustiosos trinos de Pedro Sánchez o Pablo Iglesias en Twitter, la foto informa de lo contrario de aquello con lo que se alarma. Pero el daño mental masivo ya está hecho.


Otro camelo bastante grosero son las dramáticas escenas de osos polares famélicos que se acercan a entornos urbanos para procurar el alimento que ya no encuentran en su derretido ecosistema. No deja de ser curioso que si se tratara de jabalíes o de lobos cerca de casa comprenderíamos fácilmente que es más un problema de sobrepoblación descontrolada y de que resulta más fácil encontrar comida en la basura humana o en los corrales que buscarla en el monte. Pero erre. Esta osa siberiana que merodeaba estos días por un vertedero demuestra viralmente que se están extinguiendo.
 ¿De verdad?
El recuento de las poblaciones de osos polares en el Ártico lo lleva a cabo una de las organizaciones más radicalmente ecologistas, la WWF. Emite informes anuales -que se pueden consultar en su web- sobre el aumento o descenso de individuos en cada zona, en algunas de modo preciso y en otras con meras aproximaciones por no disponer de datos completamente fiables. En todos los informes de la última década (adjunto el gráfico del último) la población aumenta en más zonas de las que disminuye, mientras en la mayoría se mantiene estable. En cuanto a las zonas menos estudiadas, convendría preguntarles a los nativos, los inuit, los yupik y demás  esquimales, que no dejan de protestar por el incesante aumento de estos simpáticos pero feroces plantígrados, que últimamente tienen incluso el detalle de merendarse a alguno de sus convecinos. No se pierdan el Diario de Nunavut.
No tiene tampoco desperdicio la lectura del libro The Polar Bear Catastrophe That Never Happened de la eminente zoóloga y reputada especialista en osos polares Susan J. Crockford, responsable de una web de referencia en el tema: Polar Bear Science, donde ilustra convincentemente de lo difícil que resulta para el mainstream científico reconocer ahora que el símbolo por excelencia de la alarma sobre el calentamiento global, la inminente extinción del oso polar, realmente no es verdad.

Y es que en estos tiempos la verdad es precisamente la primera víctima de la información. Sirven de tan poco los hechos frente a las opiniones y a las tendencias que recomendar que no se crea todo lo que vea o lea y que compruebe lo que pueda, es tan inútil como escribir estas líneas de mero pataleo intelectual. La foto ya ha ganado.

sábado, 23 de febrero de 2019

Oscars 2019. Mejor en blanco y negro


El subtítulo de esta entrada podría haber sido también: Roma, Cold War y todo lo demás, porque, entre las películas que concurren este año a los premios de la Academia, hay dos que comparten el hecho de estar rodadas en lengua no inglesa, en blanco y negro y ser indiscutibles obras maestras a una sideral distancia artística del resto.

Cold War, del polaco Pawel Pawlikowsky es, sin duda, la que más me ha emocionado. La extremada belleza de su narrativa, sin la menor concesión a lo superfluo y una fotografía que habría firmado el mismo Caravaggio, al servicio de una poética historia de amor con un final descomunal, dejan esa impresión permanente en la memoria, propia de las obras maestras.
Y, aunque compite en tres categorías, lo más probable es que se vaya de vacío porque en todas ellas se encontrará con otro film inconmensurable, la Roma de Alfonso Cuarón.
Pocas dudas caben de que el mejicano terminará acaparando los dos premios gordos -película y director-  y acaso también el que se entrega a la mejor fotografía. No en vano Cuarón construye un fresco monumental, una capilla sixtina en blanco y negro del imaginario del D.F. de su infancia. En la que conviene pararse a apreciar el detalle, de ahí su ritmo lento pero implacable, porque aun cuando parece que no pasa nada, pasa todo.

En otra liga se dirimirán las categorías actorales. Sobresalen en la categoría de actor principal dos buenas imitaciones (Freddie Mercury/Rami Malek y Dick Cheney/Christian Bale) y una verdadera interpretación, la de Viggo Mortensen en la simpática y amable Green Book (Miss Daisy ahora se sienta delante). Seguramente el oscar será para Malek (no sé si la insustancial Bohemian Rhapsody iba hacia alguna parte antes de que despidieran a su director Brian Synger, pero el mito de Queen es poderoso) y el buen trabajo de Bale se resentirá del ritmo atropellado de Vice, que aturde bastante.

El premio al actor de reparto parece cantado para el negro que ahora se sienta detrás en el coche de Miss Daisy, el ya oscarizado por Moonlight, Mahershala Alí. Tan solo se lo discute otra buena imitación de Sam Rockwell en Vice en el papel de George W. Bush, algo corto -el papel, digo- para repetir el éxito del pasado año.

No dudo de que también levantará su estatuilla a la mejor actriz principal Glen Close que, desde la contención, compone una interpretación poderosa  -bien secundada por Johnatan Pryce- en La buena esposa, de más valores teatrales que cinematográficos. Dejará atrás a Olivia Colman, meritoria reina Ana de La Favorita. A cambio, la vanguardista y preciosista película del griego Lanthimos -también algo excesiva y al borde de la ida de olla- triunfará en bastantes de sus diez nominaciones, entre ellas quizá la categoría de mejor actriz de reparto donde coloca a Rachel Weisz y Emma Stone. Aunque siempre puede volver a dar la sorpresa Regina King, como en los Globos de Oro. Parece el oscar más incierto.

No dejaré de mencionar las otras tres películas que compiten en la categoría principal. A star is born no debería de pasar de llevarse el premio a la mejor canción por "Shallow". El pasteloide a mayor lucimiento de Cooper y Gaga no da para mucho más. Vale, uno canta y la otra actúa. Siguiente.

Lo de Spike Lee y su Infiltrado en el Ku Klux Klan es el enésimo ejemplo de como malograr su inmenso talento cinematográfico al servicio de su sectarismo panfletario. No sé si es posible redondear una obra a la altura de su genio y a la vez querer ser el Michael Moore negro. Un ágil guión -que puede ganar el oscar- y su magnífico pulso narrativo y gamberro lo despilfarra con su habitual maniqueísmo racista y la soberbia de una pretensión moralizante y salvapatrias que le quita buena parte de la gracia.

Y ya metidos en afrosupremacismo políticamente correcto, no consigo entender que Black Panther sea la primera película de superhéroes que entra en la categoría reina. No puedo decir que es un bodrio, porque apenas he aguantado veinte minutos de visionado, pero se me ocurren unas cuantas bastante más dignas. Me malicio de que será por lo original de rodarla solo en negro. Pero, como ya he dicho, este año no hay color y, acaso como póstumo homenaje al finado Karl Lagerfeld, se llevará el blanco y negro.

jueves, 6 de diciembre de 2018

¡Cuidado! Puede que ya seas de extrema derecha sin haberte dado cuenta.

Valientes separatistas antifascistas encapuchados intentan boicotear un acto de VOX  en defensa de la Constitución
Después del éxito en las Elecciones Andaluzas de VOX, en las que han aflorado inesperadamente más de cuatrocientos mil votantes fascistas y antidemocráticos no detectados previamente, conviene tomar medidas preventivas que detengan el avance de esta lacra reaccionaria que amenaza con devolvernos al ominoso franquismo. Por ello, aunque te creas a salvo por tener camisetas del Che Guevara o el Libro Rojo de Mao todavía criando polvo en la estantería, no menosprecies la posibilidad de ser abducido por esas ideas neoantediluvianas de la ultraderecha cavernaria y acabar engrosando las mesnadas de votantes intolerantes, españolistas y progenocidas que ponen en peligro las conquistas democráticas del colectivismo revolucionario. Por ello, examina tu interior y presta atención a si detectas alguno de estos síntomas -aun si son incipientes- antes de que puedan volverse fatales:

- Si no eres republicano o si, aun no siendo especialmente monárquico, te encuentras cómodo con la perversa institución de la Monarquía Constitucional.

- Si no estás a favor de la completa abolición de las corridas de toros (salvo que se les llame bous y sean  expresión cultural de oprimidas naciones sin Estado). O si no opinas que los derechos de los animales deben estar a la misma altura que los derechos humanos.

- Si no eres feminista. Si no entiendes como machismo toda insinuación de que pueda haber medidas feministas excesivas. En caso de ser mujer se entenderá como machismo agravado la declaración de no ser machista ni feminista.

- Si no desdoblas correctamente, hasta quedarte sin saliva, todos los adjetivos y todas las adjetivas y todos los sustantivos y todas las sustantivas.

- Si tienes la menor duda sobre que el calentamiento global provocado por el hombre acabará destruyendo el planeta. Si tienes un coche viejo o diésel con la pobre excusa de que no tienes dinero para comprar uno eléctrico. Si te opones a la subida radical de los precios de los combustibles fósiles con los que tu mierda de coche intoxica la Naturaleza.

- Si no crees que hay que elininar las fronteras exteriores, dejando entrar libremente a todos los migrantes que lo deseen (si dices inmigrantes, facha también) y sustituirlas por fronteras interiores para que los derechos básicos se administren en función de realidades culturales, lingüísticas o históricas.

- Si no te sientes -siquiera un poco- molesto al ver una bandera rojigualda constitucional ni al escuchar el himno de España.

- Si el lugar donde esté enterrado el dictador Franco no es una de las mayores preocupaciones de tu vida.

- Si no crees que el Descubrimiento y colonización española de América es el mayor genocidio de la historia de la Humanidad ni en la necesidad de exhumar también a Cristobal Colón para expresarle el desprecio que merece como adelantado del fascismo.

- Si a veces te sientes más del lado de la Policía que de los que pacíficamente combaten sus actuaciones represivas con piedras, botellas, bengalas o contenedores ardiendo.

- Si tienes o has tenido alguna vez acciones de empresas del IBEX35.


Si ya presentas dos o más de estos síntomas, es probable que tu abducción hacia las fuerzas retrógradas del mal ya sea irrecuperable. En ese caso recomendamos como única opción ética la autoeliminación, antes de que con tu voto causes daños irreversibles a tus semejantes o la contaminación de tus seres queridos.

Sin embargo, si estas advertencias llegan todavía a tiempo, emprende urgentemente acciones terapéuticas para redimirte, como acudir a todas las convocatorias para impedir la expresión o manifestación pública de cualquier idea reaccionaria, a los escraches y acoso de los que las profieren y a los llamamientos a combatir con legítima violencia la intolerancia fascista asaltando las sedes de VOX y de cualquier partido que no colabore en expulsar a sus votantes de la política.

miércoles, 15 de agosto de 2018

Deforestación mental

Me atrevo a afirmar que la inmensa mayoría de la sociedad cree firmemente que existe una deforestación global más o menos catastrófica, que influye negativamente en el clima y nos aboca a una desertización progresiva. Si alguien busca en Google deforestación y CO2 encontrará miríadas de artículos donde se explica que una cosa es causa -o indistintamente consecuencia- de la otra.

Pues no.
Es todo mentira.

Casi ninguna investigación  seria sostenía semejantes afirmaciones, antes lo contrario. Ahora, además, acaba de publicarse en Nature el mayor estudio hasta la fecha (Song et al. Univ. Maryland), procesando imágenes de satélite obtenidas desde 1982. En él se afirma que la superficie forestal en el mundo ha crecido un 7% entre los años 1982 y 2016. Ha disminuido asimismo en un 3.1% la cobertura de superficie desnuda.

(Fuente: Richard Fuchs)
Tampoco es nada nuevo. Un amplio estudio de la Universidad holandesa de Waningen, liderado por Richard Fuchs ilustra magníficamente cómo la superficie forestal en Europa creció en un 33% entre 1900 y 2010. También en España un reciente informe, presentado en el Congreso de los Diputados y firmado por todas las instituciones técnicas relacionadas con el ámbito forestal, cifra en 180.000 hectáreas el aumento anual de la superficie arbolada en el país durante los últimos 25 años.

Parece de sentido común que el declive de la madera como material constructivo y la progresiva migración del ámbito rural al urbano, con el abandono de cultivos en países desarrollados, se traduzca en un aumento de terrenos arbolados o agrestes. De hecho, el estudio de Nature considera que el 60% de ese incremento se debe a la acción directa o indirecta del hombre (y la mujer, mil perdones) mientras que el otro 40% es atribuible al cambio climático (¿al aumento de CO2? ¡Vaya!)

Con todo, para no ser inmediatamente apedreados por los lobbies alarmistas, los autores sostienen que hay datos preocupantes, como que el aumento de árboles se produce fundamentalmente en el hemisferio Norte, que la pérdida de bosques tropicales acarrea también una pérdida mayor de biodiversidad y que no puede afirmarse que la mayor superficie forestal implique un aumento neto de la biomasa.

Pues falso también.

Un medio científico tan poco sospechoso de negacionismo como Nature Climate Change publica también un amplio estudio internacional donde sostiene -para el mismo intervalo 1982-2010- que la biomasa verde ha aumentado en un 40% de la superficie del planeta, reduciéndose apenas en el 4%. ¿Y cuál es el motivo para este reverdecimiento del planeta?: El aumento de los niveles de CO2. Tócate los....

Ya decía hace tiempo Freeman Dyson, sabio entre los sabios, que la preocupación por los niveles de CO2 era bastante ridícula, que si había más anhídrido carbónico habría más plantas que lo captaran. Y a otra cosa. Pero, en fin, ahora que hemos sobrevivido a la canícula, vendrá algún día con calor y viento. Y las autoridades se pondrán a culpar a redes de pirómanos por los incendios, cuando la causa es que hay más árboles, más maleza (biomasa) y más superficie rural desatendida.


La verdadera deforestación es neuronal. Sé que es inútil combatir con datos objetivos los bulos devenidos en creencias. Hoy la verdad parece establecerse democráticamente, viene a ser lo que piensa la mayoría de la gente que no piensa mucho. A medida que avanza la estupidez nos convertiremos en rancios negacionistas los que no creemos que Elvis esté vivo ni que los extraterrestres hayan construido pirámides. Timos como el de las islas de plástico (igual me he pasado de ironía en el post anterior y a alguno no le ha quedado claro) o el de la deforestación y la desertificación galopante seguirán propagándose como la avispa asiática. Todo el mundo es libre de alarmarse con lo que quiera. Tranquilidad, proliferan más los vendedores de apocalipsis inminentes que los optimistas pinkerianos.




domingo, 22 de julio de 2018

La Ínsula Plasticaria

Ayer noche compartí mesa y mantel con un negacionista, un ejemplar característico, de los que añaden a su falta de conciencia ecológica toda una serie de taras concomitantes: afición taurina, machismo indisimulado... y se regocijan refutando muchas verdades universales que compartimos las personas razonables y confirman la Ciencia y los medios de comunicación. El fulano en cuestión tuvo la osadía de discutir la existencia de las islas de plástico y basura que se arremolinan en el Océano Pacífico y que -como es bien sabido- ocupan la extensiones equivalentes a países como Francia o Australia (según el día y el medio) o incluso la de continentes como África, cual alfombra de desperdicios tóxicos sobre la superficie del mar. De inmediato le mostré en mi teléfono las fotos que instantáneamente ofrecía Google para acreditarlo y que ilustran estas líneas, a lo que me repuso que apenas se veían unos metros y que, de ser cierto, cómo es posible que no haya imágenes de satélite de tan extensa inmundicia. Tuve que abandonar la discusión porque mi indignación subía peligrosamente -que al fin y al cabo es lo que buscan estos detestables sujetos. Ofender, eso es lo que buscan- y porque, tal vez por ello, no acertaba a encontrar las pruebas fotográficas en mi teléfono. Y, aunque la conversación del resto de los comensales fue derivando a otros terrenos, la furia que me había invadido mantuvo tensa en mi interior la polémica durante horas, que empleé en ratificar con más datos mis certezas. Bien, puede que no haya fotos de satélite de esas islas. Hay muchos intereses en ocultar estas cosas. No es tan descabellado que haya grupos de presión que coloquen estratégicamente a individuos en plataformas oceánicas para cegar con punteros láser a los satélites al pasar por la vertical. O hackers rusos o chinos. Lo que es innegable es que esas islas las ha visto mucha gente, casi tanta como al Yeti o a los extraterrestres de Roswell. Y todos los diarios y publicaciones importantes que lo afirman no pueden estar mintiendo. Es sentido común. Y nosotros somos los culpables. Ya sé que ahora no se ven apenas bolsas de plástico tiradas en las calles ni en las playa y que llevamos las bolsas de basura a contenedores y que las empresas de limpieza las procesan, las reciclan o las entierran. Pero no por eso dejamos de ser unos asesinos de delfines y tortugas cuando estamos en la caja del supermercado. Quién nos dice que la C.I.A. no adiestra a ejércitos de gaviotas para que desentierren los residuos plásticos de los vertederos y los trasladen a alta mar, donde las corrientes completarán el trabajo de crear una crisis ecológica mundial.
A poco que se rebusque en internet se encuentran datos científicos que dan las claves. Y esto es ciencia de la buena. Nada menos que The Ocean Cleanup Foundation y un estudio publicado en Nature. Esos restos plásticos se diluyen con el tiempo. Están di-lui-dos. Por eso a veces no se ven. Pero en los vórtices de las corrientes del pacífico se acumulan en la superficie y alcanzan concentraciones alarmantes de hasta 5.1 kg por kilómetro cuadrado. Lo afirma el estudio. Puede que este dato no nos diga gran cosa, pero podemos ilustrarlo con un ejemplo. Si tomamos como volumen de la superficie del mar los diez centímetros superiores, la concentración de residuos plásticos en estos extensísimos focos de contaminación, por los que podríamos caminar sin mojarnos los pies, equivale a un único tapón de botella de refresco flotando sobre una inundación de diez metros de altura en el estadio Santiago Bernabeu. Pero el tapón su-per-di-lui-do, eh! En toda esa agua. Tres gramos de plástico en sesenta mil millones de litros.  Aterrador, ¿no?
Ya, a lo mejor no cree que se pueda caminar sobre todo ese plástico diluido. Ni que un funambulista lo haga sobre un condón estirado doscientos metros. Allá usted.

Negar que las islas de plástico existen...¿cabe mayor majadería?

Como bien diría Marx (Chico) ¿A quién va a creer, a Greenpeace o a sus propios ojos?

domingo, 27 de mayo de 2018

Firma invitada: Luis Pérez de Llano. Por qué hay que ser del Atlético

Es honesto empezar advirtiendo a seguidores de Real Madrid y Barcelona de que la lectura de este breve artículo puede hacer tambalear sus convicciones futbolísticas. Aquellos que duden de su firmeza harían bien en abandonar antes de adentrarse en contenidos subversivos para refugiarse en terrenos más seguros y previsibles, como la servil prensa deportiva. Quiero explicar por qué ser del Atlético de Madrid es la mejor de las opciones posibles, pero quizás habría que comenzar por responder a una pregunta: ¿qué hace que una persona sea de un equipo y no de otro? Lo más habitual es que esta vocación se establezca en la tierna infancia bajo la influencia de familiares allegados (padres, hermanos, abuelos…) que se apresuran a timbrar una mente todavía dúctil y desamparada. Su influjo consigue establecer un vínculo afectivo (familia-equipo) que será difícil de romper más adelante, ya que hacerlo obliga a un acto de rebeldía que no está al alcance de cualquiera. A este proceso podríamos llamarle “bautismo futbolístico” para resaltar el paralelismo que guarda con la transmisión de creencias religiosas. Varios motivos pueden explicar este comportamiento de los adultos: el deseo de encontrar aficiones comunes con el niño y también el miedo a que éste decida por sí mismo en el futuro y escoja una opción que se oponga frontalmente a sus convicciones futbolísticas. El regalo de la camiseta del equipo, visitas al estadio, tarjetas de socio y otros presentes ayudarán a refrendar la afición del niño por unos colores para los que ya estaba predestinado. Pero después del bautismo futbolístico, suceso del que el niño no es responsable, ha de venir la “confirmación”, la asunción consciente de que ser un seguidor de ese equipo supone una bendición especial, algo que comulga con unos valores que se identifican como propios. Y es aquí donde el Atlético de Madrid cobra ventaja sobre sus laureados rivales, porque ofrece más emoción, y la emoción está en la épica. Y la épica está en desafiar al poderoso, al rico, al que está predestinado a ganar, al que suma un título tras otro y se lleva a tus mejores jugadores año tras año. Lo épico es que David derrote a Goliath, y no lo contrario. Nadie se puede sustraer a esto, ni siquiera los seguidores del Real Madrid y Barcelona (de ahora en adelante denominados “hiperpastones”). La prueba de ello es que cualquier hincha de los hiperpastones, sentado frente al televisor para ver un partido Brasil-Argelia de la Copa del Mundo, se pondrá inmediatamente de parte del equipo africano. Es decir, apoyará al débil, al que “a priori” tiene menos posibilidades de ganar. La gloria está en alcanzar la victoria con esfuerzo, sobreponiéndose a adversidades, porfiando por esquivar el previsible fracaso. ¿Y a qué gloria puede aspirar un equipo hiperpastón? Únicamente a derrotar a otro de similar condición (es gracioso que los seguidores del Real Madrid y Barcelona se odien entre sí, cuando se necesitan desesperadamente). Y no hay muchos equipos que puedan compararse a los hiperpastones españoles en presupuesto o en capacidad para contratar a los mejores jugadores del mundo. Es decir, ser hincha de un equipo hiperpastón te garantiza títulos, selfies en pobladas salas de trofeos, pero en raras ocasiones te ofrecerá épica y emoción. Este sería el argumento emocional, pero hay otro, racional, que no es menos relevante. Nadie es del Real Madrid. Bueno, quizás Florentino Pérez sí sea del Real Madrid. Lo que quiero decir es que casi nadie está podrido de dinero, goza de un poder casi ilimitado en su país y en el resto del mundo, y encima tiene garantizadas las oportunas ayudas de los jueces llegado el caso de que ello fuera necesario. Dicho de otra forma, nada se puede aprender de los equipos hiperpastones, al igual que nada se puede aprender de Federer por más que sea el mejor jugador de tenis de la historia. Pero de Nadal se puede asimilar todo lo que es necesario saber para circular por la vida: que nada importante se consigue sin esfuerzo, que el sufrimiento está a la vuelta de la esquina, que cuando te caes y ya nadie da un euro por ti, debes levantarte y volver a presentar batalla, que no siendo el mejor puedes desafiar a éste e incluso ganarle alguna que otra vez. Los seres humanos de a pie somos del Atleti, porque este es el equipo que mejor refleja nuestras vidas, el que más se acomoda a una existencia corriente. ¿Por qué no ser entonces del Rayo Vallecano o del Lugo, por poner dos ejemplos? Sin duda se puede ser hincha de cualquiera de estos equipos, y también se puede aspirar a compartir con ellos meritorias hazañas (por ejemplo, subir a Primera División) pero, lamentablemente, no estará a su alcance desafiar a los hiperpastones. El Atlético no compensará a sus fieles con muchas copas, tal vez incluso jamás llegue a conseguir la ansiada orejona, pero es que a un verdadero seguidor rojiblanco no le importa la copa en sí, lo que realmente le motiva es desafiar a los poderosos, y si su equipo ganase la liga año sí y año no … ¿en qué se iba a diferenciar de sus aborrecidos rivales? No quiero que se me entienda mal, no estoy justificando una mentalidad derrotista, no se trata de eso, más bien es lo contrario. No hay que conformarse con el estado de las cosas, hay que rebelarse, hay que patalear, hay que sufrir, hay que cabrearse cuando un árbitro le da en bandeja otra Champions al Real Madrid y hay que maldecir al hiperpastón independentista por llevarse a nuestro mejor jugador.  Si usted no es todavía del Atlético, hágase un favor y apueste por aquello que es la vida, una anárquica mezcla de pasión, sufrimiento, alegría, frustración y esperanza. Alguna vez verá a Goliath desplomarse con una piedra rojiblanca clavada en la frente, y eso lo compensa todo.