sábado, 21 de febrero de 2015

Oscars 2015. Un año prometedor

Si, hace ahora un año, me quejaba de la deriva a la mediocridad del cine de la última década, en esta ocasión he de admitir que concurren dos películas excepcionales, quizá obras maestras por su proposición novedosa, acompañadas de algunos filmes sobresalientes que, sin duda, habrían hecho fortuna comercial en galas anteriores.

Boyhood. Hay personas que, en la inminencia de un accidente, relatan haber visto pasar su vida en imágenes durante un instante no mayor que una fracción de segundo. No es probable que esa secuencia concreta sea la que elegiría un guionista para componer una buena historia de esa vida. Enfatizar unos acontecimientos sobre otros daría lecturas muy diversas y diferentes a la de ese instante supremo de objetiva subjetividad. Puede que la vida no se parezca nada a una conexión narrativa de hechos aislados sino, como propone Boyhood, a un instante permanente que se vive siempre en presente. Desde ese planteamiento humilde?, Linklater convierte la trivial adolescencia de un muchacho cualquiera en grandiosa épica de la vida cotidiana. Me ha costado mucho sentarme a ver una película de casi tres horas en la que, según mis indicios, no pasaba nada importante, más cuando la paternidad me ha privado de sábados o domingos de resaca ociosa en los que el tiempo cotiza bajo. Sin embargo transcurre con una ligereza tan insospechada como la profundidad que alcanza. Obra maestra, a mi juicio, aunque desaconsejable para quien no pueda prescindir de argumento. Digna de llevarse el oscar a mejor película y director y quizá también del premio a Patricia Arquette como mejor actriz de reparto.

Birdman. Una genialidad indiscutible. El ritmo enloquecido de un único aunque falso plano-secuencia, un guión prodigioso, magistralmente dirigido, memorables interpretaciones de Michael Keaton y Edward Norton, la personalidad del cine de Iñárritu en clave de comedia, lejos de su, a veces cargante, tremendismo. En mi opinión, su mejor película, que no es poco decir. Vanguardista, redonda y completa, en casi cualquier otro año, Birdman acapararía la mayoría de los oscar importantes, pero el director mejicano corre el riesgo de compartir la suerte de Tarantino en el 95, cuando Pulp Fiction fue arrasada en los premios por Forrest Gump. Además de la formidable competencia de Boyhood por película y director, Eddie Redmayne, que clava a Stephen Hawking en la entretenida La Teoría del Todo y J.K. Simmons, el aterrador profesor de la prescindible Whiplash, posiblemente dejen sin estatuilla a Keaton y Norton.

Tampoco ha tenido suerte Wes Anderson y el brillante surrealismo colorista de El Gran Hotel Budapest. Por poco no llegó a los Oscars de 2014, donde creo que le habría ido mejor.

No dejaré de recomendar Perdida aunque, pese a la nominación de Rosamund Pike, pasará desapercibida en la noche de los galardones. Un excelente film de ese Hitchcock moderno que es David Fincher. Impresionante carrera la del director de Seven.

También es notable Enigma (The Imitation Game), con el buen trabajo artístico de Benedict Cumberbatch y Keira Knightley, envueltos con el sello de producción de la factoría Weinstein, siempre vistoso, pero siempre también con un aire de sección de decoración de El Corte inglés.

Doy por hecho que la mejor interpretación femenina será la de Julianne Moore, aunque confieso que ni he visto Siempre Alice, ni me apetece. Seguro que merece el oscar, como lo merecía Jack Lemmon, a quien después de tantos papeles inolvidables como actor principal, la Academia fue a premiar por Salvad al Tigre. ¿Alguien la ha visto? Pues eso.

viernes, 30 de enero de 2015

Sodoma y Gomorra. El Génesis en B


Y dijo Dios a Abraham -Porque el pecado y la depravación corrompen las ciudades de Sodoma y Gomorra, haré llover sobre ellas azufre y fuego.-

Y dijo Abraham -Cruel parece tu ira, Señor. Y si hubiera un cincuenta por ciento de políticos honestos, ¿destruirías también a los justos?-

-Si hubiera un cincuenta por cien de políticos honestos perdonaría a la ciudad. Pero mira el caso Bárcenas y la Gurtel y la Púnica. Y Urdangarín. Y Pujol y Cajamadrid...

-Y si al menos, en el otro lado, hubiera cuarenta justos de cada cien políticos, ¿también a ellos los destruirías?

-Si un cuarenta por cien de los políticos fueran justos, perdonaría a la ciudad pero, ¿no has visto lo de los ERES de Andalucía, las Cajas de Ahorros...?

Y dijo Abraham -Pero, ¿y la Izquierda auténtica y los sindicatos? ¿No habrá de entre ellos siquiera un veinte por ciento de políticos rectos? ¿Matarías a los justos junto a los pecadores?-

Y dijo Dios -Si veinte de cada cien políticos fueran rectos, tendría clemencia con la ciudad. Mas qué me dices de las tarjetas black, los cursos de formación, el líder minero forrado y aquélla que no es guardiana de su hermano, pero le adjudica contratos.-

Y dijo Abraham -No niegues Señor que pueda haber un diezmo de políticos honrados fuera de la casta. Qué hay de Podemos. ¿Habrán de pagar los que han estado lejos del poder la iniquidad de los poderosos?-

Y dijo Dios -Si diez en un ciento fuesen honestos, detendría  la furia de mi justicia. Mas ¿me hablas del la beca de Errejón, las facturas de la Tuerka o los chanchullos de Monedero?-

-Pero, ¿y Ciudadanos y Upyd? ¿Acaso hay corruptos entre ellos?

- Mucho me extrañaría que no, por la tendencia a devorarse los unos a los otros. Pero está bien, enviaré a mis Seals a evacuar a Lot Rivera y Rosa Díez, siempre que se unan en matrimonio y no miren atrás, so pena de convertirse en estatuas de sal. Pero no perdonaré a Sodoma, que arderá hasta consumirse.-

Y dijo Abraham -Temible es tu ira, Señor.-

Y dijo Dios -Mira Abraham, aquí no es honrado ni Dios. Yo mismo hice la luz y la privaticé para que se pague a precio de becerro de oro. Separé las aguas  para ponerlas en manos de concesionarias avaras y pienso recalificar los terrenos arrasados por el fuego. De hecho ya tengo unos inversores chinos para un parque temático lleno de casinos. Abraham, hijo mío, tampoco seas tan meapilas, ni presumas de casto, ¿No es acaso Lot tu sobrino y esto un claro caso de nepotismo?. Mejor ve y compra saleros en abundancia para reciclar la estatua de Rosa Díez.

Y dijo Abraham -¿Eso tiene subvención?

sábado, 25 de octubre de 2014

Escocia. La invención de la tradición.

Circula por las redes un chiste según el cuál a la pregunta de qué significa la palabra "cotizar" un 85% de los gaditanos encuestados responde que un güijqui ezcocé. Seguramente otro tanto o más opinaría en Cádiz -y en cualquier parte del mundo- que Escocia es además la cuna original del whisky. Y esta vez errarían por poco. Es probable que sea tan importado de Irlanda como el gaélico que le da nombre (uisce beatha en la vertiente irlandesa, uisge beathahd en gaélico escocés, en ambos casos agua de fuego). Originario o no, hay que reconocer que han aportado tal esplendor a la artesanía del destilado más universal que nadie les debería negar el reconocimiento y la gloria de tal tradición como propia.

 La antigua Caledonia se llama hoy Escocia en virtud de la denominación romana para los invasores norirlandeses de la parte Oeste de su territorio, los escotos de las Tierras Altas. El Este y el Sur lo ocupaban los fieros pictos, así llamados también por los romanos por su manía de pintarrajearse la cara y el cuerpo. Algo aparecido a las pintas que gasta el Braveheart cinematográfico de Mel Gibson,
aunque en la época del auténtico William Wallace haría ya más de mil años que habían abandonado la costumbre de maquillarse para salir a matar. No se sabe si Wallace conoció el hoy afamado whisky de su tierra. Lo que sí es seguro es que en su vida vistió esa faldita llamada kilt y mucho menos el tartán con las líneas cruzadas características de su clan (que tampoco tenía, era hijo de un galés). No es hasta el siglo XVIII, consumada ya la unión de los británicos -recientemente cuestionada en referendum-, cuando las tropas de los highlanders adoptan esa curiosa forma de vestir el manto tradicional dejando las piernas al aire. El listado tejido de tartán fue posteriormente introducido por un avispado industrial cuáquero inglés, Thomas Rawlinson. Así lo señala, entre otros, el reconocido historiador Hugh Trevor-Roper en su famoso ensayo incluido en el libro La invención de la tradición. También apunta el desprecio que por los montañeses de las Tierras Altas sentían tanto los escoceses de las Lowlands, por salvajes y desordenados, como los irlandeses, que los consideraban despectivamente como a sus parientes pobres. Paradójicamente fue la integración de los regimientos highlanders en el ejército británico y su diferenciación por colores, la que puso de moda el kilt. El movimiento romántico decimonónico, como en todos los nacionalismos, añadió el resto y traspuso lo que era una etiqueta militar a un supuesto símbolo de los viejos clanes que, por supuesto, nunca habían tocado el paño.

 Y, si no puede sostenerse una identificación ni ancestral ni suficientemente antigua con estos dos emblemas de la identidad escocesa, qué nos queda. ¿La gaita?

Pues no, oiga. Conforme a su origen irlandés, el instrumento tradicional de los bardos gaélicos era el arpa. La gaita (cornamusa) no llega a Europa hasta la Edad Moderna procedente de Oriente. Una muy primitiva versión del instrumento se soplaba por las Highlands a finales del siglo XVI. A la mayoría de los habitantes de la Escocia de entonces, una amalgama de raíces pictas, sajonas y normandas, su sonido les resultaba tan estridente y bárbaro como sus montaraces paisanos. El desarrollo de la moderna gaita escocesa no tuvo lugar hasta el  XIX. cuando precisamente su estridencia resultó particularmente útil en el campo de batalla para marcar el paso de los ejércitos que cimentaron la gloria -una vez más- del Imperio Británico.

Cierto es que algunas prohibiciones y no poca literatura romántica contribuyeron a que estos elementos identitarios se utilizaran en los últimos dos siglos y medio como vehículo de discordias y rebeldías, pero resulta llamativo cómo la elevación burda e interesada  a tradiciones inmemoriales de costumbres modernas, acaba desfigurando tanto la Historia que la leyenda se asienta con mucha más fuerza en el imaginario colectivo, incluso de los más instruidos. Tampoco hace falta ir muy lejos para encontrar contumaces ejemplos del mismo proceso.

La ejecución de William Wallace, a mano de las huestes de Eduardo I de Inglaterra fue de las más atroces y despiadadas que refiere la Historia. Entre innumerables sevicias que no vienen a cuento, su cuerpo fue desmembrado para que no hubiera un sepulcro donde honrarlo. Ni, tal vez, donde pudiera revolverse al descubrir la imagen con que la posteridad le retrata. Con minifalda a cuadros de colegiala, burdamente maquillado como una fulana y con el tiroliro de fondo de las gaitas cantoras de las glorias de su enemigo.

Amigo Wallace, siempre nos quedará el whisky.

martes, 19 de agosto de 2014

Misuri

No sé qué me habrá impactado más, si los recientes disturbios raciales en la ciudad de Ferguson o el nombre del Estado de Misuri sobreimpresionado en la pantalla del televisor y escrito en los diarios. No voy a dármelas de avezado lingüista diciendo que no me hubiera resultado menos agresivo visualmente Missouri, que es como llaman a su tierra los misurianos (otro gancho a la mandíbula). Al contrario , después de las pertinentes comprobaciones, debo admitir que tanto Misuri como misuriano son los términos que bendice la Real Academia de la Lengua, que tampoco se anda con concesiones coloniales a sus vecinos de Misisipi y Luisiana.
Y es que -parafraseando a los clásicos de la pedagogía- la letra de topónimos y gentilicios con sangre entra, ya se derrame en episodios de violencia urbana, conflictos armados o catástrofes aéreas.

Sin ir más lejos que al Sudeste Asiático, de qué poco me ha servido leer a Emilio Salgari y sus Tigres de Malasia -que por entonces eran malayos- cuando uno de esos aviones tan dados a dejar plantados a los radares para aparecer en los sucesos, resulta ser tan malasio como su aerolínea y sus pilotos y la muchedumbre millonaria de ciudadanos de Malasia. Imagino al propio Sandokán -ahora pirata indonesio- perplejo bajo su turbante al descubrir que la R.A.E. reserva el término malayo para la etnia predominante y la lengua de sus tigres indomables.

Poco menos hostil que al señor Putin me resulta la palabra ucranio, en la que se empecina el Libro de Estilo de El País. Con mi autoridad de contertulio tabernario, convengo con la Academia en que, aunque el uso del gentilicio ucranio no es de suyo incorrecto, es preferible usar en castellano la forma ucraniano. Mi implacable lógica deductiva infiere que, análogamente, sus antiguos compatriotas de Crimea deberían considerarse crimeanos. Pero no, para éstos el Diccionario Panhispánico de Dudas prescribe la denominación de crimeos, que subliminalmente me los evoca más bajitos, morenos y proclives a comerse a los intrusos. No me extraña que haya guerras. Tiemblo al pensar que los de Donestk no tengan siquiera un gentilicio inteligible y que cualquier día algún académico proponga alguno que acabe de cabrearlos.

En fin, si algo he aprendido en esta canícula estival, cuando los becarios bogan como galeotes por las redacciones de los medios de comunicación, embruteciendo a las audiencias con sus faltas de ortografía, atentados gramaticales y toda suerte de vejaciones al idioma, es que conviene, antes de indignarse en exceso con algún término presuntamente desafortunado, obrar con la prudencia de los antiguos mariscales, que se cuidaban de quitarse el casco con penacho emplumado del uniforme de gala, no fuera a ser que desde el distante fragor de la batalla algún francotirador malintencionado acertara a verles el plumero.

martes, 12 de agosto de 2014

Un año en Galicia

Al otro lado de la puerta de mi casa, vive mi vecino John, con su mujer Susana y sus dos hijos. De rostro amable y aspecto incluso más desaliñado que el mío, este inglés del Norte desafía el frío Nordeste coruñés (que al fin y al cabo viene de su tierra) sin apearse de su atuendo de veraneante de camping, fiel a su camiseta y sus bermudas hasta en lo más desapacible del invierno. Aunque solo intercambio con él conversaciones de ascensor -a las que parece tan poco aficionado como yo- sus ojillos vivaces me inspiran simpatía. Detecto en ellos un brillo travieso, como al borde de cualquier socarronería genial que acaso se pierda por el camino de la traducción mental del inglés a un castellano más que aceptable, pero que no parece el idioma en el que piensa. Como mi tono cordial no es mucho más que una forma de impostar mi timidez, calculo que necesitaríamos unos treinta pisos por encima del quinto para tener alguna entretenida conversación que siempre se queda en promesa.

Alguien del edificio me dijo que era escritor. Como en su buzón, contiguo al mío, figura su nombre completo -John Barlow- no tardé en preguntar al señor Google por su obra que, para mi decepción, está publicada en inglés. Sí, puedo leer en ese idioma pero me causa casi tanto esfuerzo como a Champollion descifrar la piedra Rosetta y no me espera a cambio la recompensa de la inmortalidad. Así que por un tiempo abandoné mi primera intención de fisgar en el talento literario del vecino. Una ulterior búsqueda más diligente me reveló la existencia de dos de sus libros publicados en español, aunque solo en versión digital: Avenida Hope, que pertenece a su aclamada serie de novelas negras ambientadas en su Leeds natal y Un año en Galicia (Everything but the squeal, en el original inglés ) con cuya lectura golosa este verano he disfrutado como un marrano en un charco, expresión presumiblemente desafortunada que pido se me dispense porque que de cerdos va la cosa. Desde las primeras páginas se propone la aventura de comerse un cerdo de morro a rabo sin dejarse nada en el camino que lo llevará a recorrerse, análogamente de punta a cabo, su tierra de adopción gallega. Nada más atinado, porque si existe algún elemento telúrico y vertebrador imprescindible para comprender la idiosincrasia de Galicia, sin duda es el cerdo.
Con la excusa del despiece porcino, su prosa elegante y afilada de ironía amable, que proporciona momentos verdaderamente hilarantes, retrata el carácter de un pueblo enroscado en la retranca, insólitamente empeñado en declararse celta y que a nada teme más que a una corriente de aire. Mucho más allá del tópico ofrece una visión tan lúcida como divertida de una tierra que consigue vivir desde dentro y desde fuera. En la persecución de las excelencias y extravagancias culinarias de este animal totémico y transversal donde los haya, despliega su confesa glotonería pero también el finísimo estilo de escritor gastronómico para distintas revistas de gourmets. No descarto que su otra condición, la de escritor de novela negra, influya en que el libro termine en matanza.

Por más que su intención pueda ser revelar a un público anglosajón las esencias ancestrales de esta esquina del mundo a través de una iconografía tan carnal como lúdica, nadie mejor que un gallego para reconocer en este libro un excelente retrato de nuestro ombligo colectivo.

Barlow merece con su obra un lugar destacado en la ilustre nómina de hispanistas británicos. Sus incursiones en la Galicia profunda y laberíntica evocan a Gerald Brennan recorriendo la Alpujarra, aunque con la ironía de un Monty Python en Judea  y el simpático deje guiri de Michael Robinson. Para entender Galicia, como para entender España puede que sea necesario ser inglés.

viernes, 9 de mayo de 2014

Rob Stern: Un artista singular, un arte total

Mucho más que un virtuoso del arte en cristal, Rob Stern es un artista integral, cuya sensibilidad obra el milagro de descubrir los caminos secretos entre la pintura, la escultura y la arquitectura a través de la luz líquida del vidrio, donde el cristal es a la vez sustancia, luz y color.
En su alma como en su arte conviven el amor al riesgo del aventurero que precisa de la adrenalina de los deportes extremos,  la ondulante armonía del  blues y del  soul  de la Georgia de su infancia y el eclecticismo cosmopolita de un trotamundos de mirada atenta.
No podía haber elegido para su expresión creativa  un vehículo más complejo. La propia producción del vidrio es un arte en sí misma, pero hay una poderosa magia telúrica en él,  la alquimia de resucitar la roca desgastada por el agua, el viento y el tiempo y algo transcendente en soplarlo, en insuflarle vida, forma, luz y color. Es tan necesaria la sabiduría del artesano para obtener un material tan noble, como el genio del artista para interpretar  todas las posibilidades del espacio y la luz encerrada en él.

Dotado de una técnica excepcional, adquirida en sus años de peregrinaje por los talleres de los más importantes maestros de Bohemia, su obra temprana encuentra el cruce de caminos entre los patrones orgánicos aleatorios de la naturaleza y el plano angular de la talla de la mano del hombre.  En sus manos el cristal es como una lente que amplifica las sensaciones.


Muy pronto su necesidad expresiva  desborda las convenciones de su gremio.  De la figuración transita a la abstracción colorista. No es difícil encontrar influencias pictóricas –Miró, Dalí, Kandinsky parecen asomar a veces capturados en vidrio- . Junto al color apunta una visión arquitectónica, un impulso constructivo que presagia su madurez.

Su evolución técnica le ha permitido dominar la creación de formas poderosas profundamente evocadoras. El último paso ha sido construir con ellas, acumularlas en un aparente caos del que, de repente,  surge una armonía inaudita de la que cada pieza es parte imprescindible. Con precisión de relojero agrupa formas, texturas y colores en conjuntos arquitectónicos bendecidos por la luz.  Alcanza con la madurez un sincretismo coherente en el que convergen gozosamente las diversas líneas creativas de su inagotable talento.

Robert Alan Stern.  Un artista singular. Un arte total.




Más información en www.robsternartglass.com

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sábado, 1 de marzo de 2014

Oscars 2014: 12 años de gran estafa cinematográfica

Mañana en Hollywood la entrega de premios de la Academia pondrá un glamuroso colofón a otro mediocre año de cine. Y van muchos. Como poco en la última década, cuesta encontrar entre las películas laureadas una obra maestra incuestionable. Sin embargo, echando la vista atrás resulta increíble recordar que El Silencio de los Corderos, Sin Perdón, La Lista de Schindler y Forrest Gump ganaron en años consecutivos entre el 91 y el 94, compitiendo nada menos que con otras como Thelma y Louise, Drácula, La Edad de la Inocencia, Pulp Fiction o Cadena Perpetua. Tan en crisis debe de estar la imaginación últimamente, que la gran mayoría de nominadas de este año han tenido que basarse en una historia real. La realidad supera a la ficción... cuando falta talento.

No digo yo que este año no haya películas buenas, incluso alguna notable, pero ninguna llega a la categoría de magistral. El mismo Scorsese decepciona lo suyo en El Lobo de Wall Street repitiendo su fórmula narrativa de la genial Goodfellas (Uno de los Nuestros) combinada con el ritmo cocaínico de Blow, para retratar una historia de excesos sin alma en la que el cóctel resulta asfixiante. Siempre más intenso de lo digerible, Di Caprio acaba incluso desbaratando una escena como la del Lamborghini, que habría resultado antológica en manos de un tipo con algo más de gracia.

Tampoco es mala La Gran Estafa Americana (American Hustle), de David O. Russell, por suerte algo menos desquiciada que las anteriores The Fighter y El Lado Bueno de Las Cosas (Silver Linings), aunque insiste en extremar los personajes a cambio de desenfocar algo la historia. Eso sí, como siempre todos sus actores están nominados y alguno o, seguramente alguna, tocará premio. Aunque ya me dirán qué necesidad tenía Christian Bale de engordar veinte kilos para la poca chicha que la panza aporta a su interpretación.

La otra gran candidata es 12 Años de Esclavitud. Aunque el cine autoflagelatorio sobre la lucha por los derechos civiles de los negros -este año se han estrenado también Mandela y la panfletaria El Mayordomo- a veces me carga tanto como las incontables películas sobre la Guerra Civil española, la historia del violinista secuestrado merece alguna consideración aparte. Decía Boyero que si los judíos tienen dos grandes retratos del Holocausto dirigidos por dos de los suyos, como Spielberg y Polanski, ahora también el drama de la esclavitud afroamericana tiene un relator, si bien no exactamente afroamericano, al menos negro. Y es que el británico Steve McQueen, aun sin llegar a las cotas de La Lista de Schindler o El Pianista, aporta una espléndida factura visual y algún destello de calidad narrativa (la escena del ahorcamiento fallido) que le confieren dignidad y solvencia por encima de cualquier tópico. Me ha impresionado la interpretación de Michael Fassbender, aunque lo políticamente correcto sería oscarizar a Chiwetel Ejiofor.

También merece la pena  ver  Gravity que, seguramente, valdrá el oscar a la mejor dirección al mexicano Alfonso Cuarón. No es para menos por el rigor científico y la intensidad dramática con que transmite la angustia impotente de la ingravidez. Y yo no la he visto en 3D. Hay que añadirle el mérito de lo novedoso y de lo complicado de rodar algo así, sin precedentes y -nunca mejor dicho- sin puntos de apoyo. En contra, he de decir que el desenlace resulta inverosímil desde la primera media hora y el desarrollo es tanto o más delirante que espectacular.

Aunque no estén entre las favoritas no me resisto a hablar de dos películas que me han gustado más que las anteriores: Nebraska, una ácida comedia en formato road movie del siempre diferente Alexander Payne, donde Bruce Dern borda el papel de su vida y Capitán Phillips, excelente adaptación de Paul Greengrass de la historia real de un secuestro de la que con un magnífico ritmo de thriller obtiene brillantemente más resultados que pretensiones. No digamos si salta la sorpresa y Barkhad Abdi, un somalí exiliado, conductor de limusinas y exconvicto, que pasaba inopinadamente por un casting y le dieron un papel y, que al terminar el rodaje, se fue a trabajar a una tienda de móviles con su hermano, acabe subiendo las tres o cuatro escaleras más glamurosas del Universo y recogiendo un oscar.


No me cabe ninguna duda de que el premio a la interpretación femenina se lo llevará Cate Blanchett (aprovecho para agradecer a Woody Allen que haya hecho un paréntesis en sus rodajes de guías turísticas de Londres, Barcelona, París o Roma), por Blue Jasmine. No hay galardón que no haya ganado pese a competir con imponentes trabajos de Meryl Streep y Julia Roberts. Será que Agosto, la película en la que coinciden, resulta algo desapacible y antipática y le crujen las tablas del teatro del que acaso no debió salir.

Dejo sin comentar Her y Dallas Buyer's Club (donde parece que está espléndido Matthew McConaughey) porque no he tenido ocasión de verlas.

En fin que, o mucho me engaño o va a estar muy repartida la cosecha de premios, cosa muy deseable cuando se trata de la Lotería de Navidad pero quizá no tanto en cuanto a la excelencia artística. Triunfarán de nuevo películas de las que ya he visto y no dejaría nada poco importante por volver a ver. A lo mejor me estoy volviendo viejo (sé que doy pábulo a algún comentarista) y la nostalgia de pasadas épocas gloriosas no es sino un síntoma esclerótico. Pero por una vez no intentaré quedarme en vela y fracasar para seguir la ceremonia de entrega de los Oscar. Me acostaré razonablemente temprano, de mejor o peor humor según el Atlético haya ganado o no el derby. En el peor de los casos, más se perdió con Philip Seymour Hoffman y  Paco de Lucía.

jueves, 19 de septiembre de 2013

Catalonia y Padania

Para aquellos que consideran que España es un Estado artificial superpuesto a una serie de nacionalidades históricas cuyos hechos diferenciales, antecedentes soberanos y singularidades políticas, culturales o lingüísticas justifican sentimientos independentistas y legitiman el siempre incierto derecho a la autodeterminación, convendría echar un vistazo a otros lugares, lo suficientemente apartados para desapasionar la visión de los hechos históricos, sus implicaciones y consecuencias y, desde esa cordura, volver a autoexaminarnos.

Italia es un buen candidato. Pese a que la ancestral tradición romana constituye el núcleo de toda la Historia común europea y, en general, de la civilización occidental, apenas existe como Estado desde 1861, fecha de la Unificación Italiana en torno a la monarquía de Victor Manuel II. Hasta entonces su territorio no era  sino un mosaico de Estados, Reinos, Repúblicas y colonias, con sinuosas fronteras deslizadas, solapadas o desmanteladas durante mil años. Desde la Lombardía y el Véneto hasta Nápoles y Sicilia, los orígenes étnicos y culturales pendulan entre galos, germánicos, eslavos hasta griegos y otomanos. En consecuencia, no es de extrañar que la diversidad lingüística del país sea incomparable. El idioma oficial, el italiano estándar, deriva de la lengua romance toscana, en particular del dialecto florentino en el que Dante escribió su Divina Comedia. Es llamativo que en el momento de la Unificación, cuando se adoptó como lengua oficial del Estado, su uso era absolutamente minoritario. Fue su imposición en la educación obligatoria y en el lenguaje administrativo lo que propició su extensión paulatina. Si algo consolidó y popularizó definitivamente el italiano, aunque en la actualidad sea solo la lengua materna de menos de la mitad de la población, fue la llegada de la televisión.
A su lado conviven más de veinte idiomas (sin contar sus dialectos), todos ellos de raigambre más antigua y profunda que el oficial. Cinco de ellos son hablados por más de un millón de personas: Napolitano (11 millones), siciliano (8), lombardo (7 ), véneto (3,3) y sardo (1,3). Otros cinco cuentan con entre cien mil y seiscientos mil hablantes (friulano, tirolés, occitano, sassarés y gallurés). Y, en menor medida, se hablan francoprovenzal, albanés, ladino, esloveno, alguerés, francese, grecocalabrés, bávaro, croata, carintio y alemán.
Todas estas lenguas están debidamente protegidas, sin que exista especial conflicto lingüístico. El italiano oficial es generalmente apreciado como instrumento que ha permitido la vertebración del país y los intercambios migratorios y sociales. A ello han contribuido en buena medida los sindicatos, correctamente inscritos en la izquierda, que hicieron una exitosa campaña contra el uso de los idiomas regionales y de los dialectos, en aras de alcanzar cierta unidad de la clase trabajadora.

Podría pensarse que con estos mimbres Italia necesita algún tipo de Estado plurinacional o algún esquema federal. Sin embargo dispone de un Estado de las Autonomías muy atenuado, tan solo levemente extendido en el caso de las cinco regiones más periféricas que, con todo y ello, quedan a mucha distancia de las competencias de cualquier Comunidad Autónoma española.
Aunque sí hay tensiones soberanistas y secesionistas. El nacionalismo en Italia también se inscribe correctamente en su lugar lógico, la extrema derecha. Polarizado geográficamente entre Norte y Sur, tiene un contenido más económico que identitario, con argumentos del tipo "El Sur parasita al Norte" o "Roma nos roba" (¿les suena?). Pero en lugar de proponer la secesión de sus regiones históricas, las formaciones nacionalistas de cada territorio, que se agrupan en la Liga Norte, llegaron a defender en su momento la creación del Estado de Padania, un espacio territorial artificioso, comprendido entre la frontera Norte y Umbría, constituido por todas las regiones ricas del Norte. Y aunque este nacionalismo era y es claramente minoritario, tuvo su dosis de protagonismo sosteniendo los gobiernos del ínclito Cavaliere. Los escándalos de corrupción de sus dirigentes (¿les suena?) y la crisis política y económica les acabaron llevando a unos resultados electorales pésimos (¿les suena?) y a la pérdida (bajo el gobierno de Monti) de mucha de la autonomía regional dispensada por Berlusconi (esto les sonará menos). Hoy por hoy la Liga Norte no pasa de pedir el federalismo (simétrico, por cierto) para toda Italia o, al menos, mayores dosis de Autonomía.

Si hoy el nacionalismo en Italia es un problema menor es quizá porque su discurso no se ha articulado sobre identidades lingüísticas, por muchas de las que dispusieran. Ni al más necio se le ha ocurrido aplicar a sus hijos la inmersión lingüística en friulano o gallurés como bautismo en la fe secesionista de turno. Y en general el italiano se considera un útil y apreciado instrumento de comunicación, en lugar de una imposición intolerable. Los sentimientos van por otra parte. Que muchos no identifiquen su identidad como la de italianos no les centrifuga el entendimiento. Digamos que han tenido la cordura de no atrincherarse en sus lenguas más cercanas para no enterrar la cabeza en las raíces a base de mirarse el ombligo.

A la luz del ejemplo italiano, pensar que Cataluña, que jamás ha sido Estado, ni Reino, ni República, ni entidad independiente, sino una mera región del país con las fronteras históricamente más estables de Europa; que como único argumento identitario exhibe una lengua romance de los cientos que se hablan en el continente, en la que no se ha escrito ni la Divina Comedia ni el Quijote y que ni siquiera es privativa de su territorio, pensar que pretenda convertirse en un Estado independiente dentro de la Unión Europea, causaría sonrojo hasta a los inventores de Padania. Habría que explicarles que en España son los pájaros los que disparan a las escopetas, que los conservadores defienden la igualdad entre comunidades, el centro izquierda la desigualdad federal asimétrica y la extrema izquierda la insolidaridad fiscal y los fueros medievales. Y que el caudillo de la rebelión secesionista a Más, a Más, pertenece a un partido demócrata-cristiano y liberal.

Seguro que nos dicen lo del chiste de la orgía.

Organizazione, per favore.



domingo, 10 de marzo de 2013

¿Y si fueramos una simulación informática?

Que no cunda el pánico, pero si la Humanidad no se extingue en el plazo de un par de siglos es casi seguro que tú y yo y cuanto nos rodea -el Universo entero, vaya- no seamos más que rutinas de un programa corriendo en un descomunal superordenador. Parece descabellado, pero no lo es. Al menos no lo es más que cualquier otra hipótesis científica o filosófica acerca del origen del Universo o sobre las leyes fundamentales de la Física. Y, lo que es aún más inquietante, es posible que se esté cerca de poder demostrarlo.
El padre de esta idea, el filosofo Nick Bostrom, es uno de los mayores exponentes del pensamiento transhumanista, una corriente filosófica que sostiene razonablemente, entre otras cosas, que el progreso científico y el desarrollo tecnológico serán determinantes en la evolución de la raza humana, que alcanzará con el tiempo lo que denominan un estado posthumano: un nivel de conocimiento científico lo suficientemente avanzado que permita al hombre controlar su propia evolución.
Pues bien, sobre esas bases Bostrom afirma que al menos una de estas tres proposiciones es cierta:

1.- La humanidad se extinguirá antes de llegar a un estado posthumano.
2.- Ninguna civilización posthumana con capacidad para simular su historia evolutiva estará interesada en hacerlo.
3.- Casi con toda probabilidad vivimos ya dentro de una simulación informática.
La segunda posibilidad parece muy poco probable. Descartémosla de momento y quedémonos con las otras dos.
Desde hace muchas décadas la Ciencia considera que todo el Universo del que formamos parte puede explicarse desde los componentes de la materia y la energía y sus relaciones gobernadas por unas leyes de la  Física de las que, sin conocerlas completamente, tenemos una visión aproximada. Es previsible que en el futuro lleguen a conocerse con mayor precisión. Si admitimos también que la conciencia y la inteligencia son puramente el resultado de procesos físicos, químicos y biológicos (lo que se conoce como el principio de inteligencia artificial fuerte), hay que admitir del mismo modo que pueden ser reproducibles artificialmente si se conocen perfectamente tales procesos y se dispone de la ingente capacidad informática necesaria para ello.
Actualmente ya se realizan simulaciones computacionales de la realidad, aunque a muy pequeña escala. Con muy fiables modelos de cromodinámica cuántica se reproducen comportamientos de partículas subatómicas para aprender más sobre las propiedades de la materia. Incluso con los más potentes superordenadores actuales, tan sólo se pueden simular fragmentos infinitesimales de materia, pero lo interesante del asunto es que el comportamiento de las partículas simuladas es indistinguible del de las reales. No es muy difícil especular por cuánto tendría que multiplicarse la capacidad de los procesadores para reproducir un centímetro cuadrado de materia o un cerebro humano completo o el entorno de un planeta o un sistema planetario. Algunos lo estiman en unas  1042 operaciones por segundo que, aunque es una cantidad inimaginablemente grande, no es en absoluto inalcanzable con el tiempo. De seguir la actual progresión geométrica en la potencia de los procesadores (que seguro será mayor con la llegada de los ordenadores cuánticos) es una capacidad de la que puede disponerse a la vuelta de cien o doscientos años.

Por tanto, si en cien, doscientos (o mil años, no es importante la cantidad) la Humanidad alcanza la capacidad de realizar simulaciones evolutivas (o variaciones) de sí misma que sean indistinguibles de la realidad y las lleva a cabo, estas simulaciones también serán capaces a su vez de generar nuevas simulaciones y así ad infinitum. La cantidad de estas humanidades virtuales sería tan grande que haría muchísimo más probable vivir en cualquiera de esas simulaciones que en la original y primigenia (de haber alguna).

Por todo ello y volviendo a las dos posibilidades que dejamos más arriba, se puede concluir que o bien la Humanidad se extingue en un plazo relativamente corto o es casi seguro que vivimos ya en una simulación informática.

Hasta aquí en síntesis el, a mi juicio, impecable planteamiento teórico-filosófico de Bostrom del que dejo enlazada una explicación más detallada. Lo más sorprendente es que quizá no estemos muy lejos de poder demostrar si el Universo en el que vivimos es o no una simulación. Al menos así lo sostienen científicos de la Universidad de Washington y de la de Bonn liderados por Martin Savage y Silas Beane, respectivamente. La clave está en los límites del espectro de los rayos gamma. Por no aburrir con una explicación farragosa de algo que a mí mismo me cuesta horrores entender, digamos que toda simulación tiene algún truco para evitar tener que disponer de una energía ilimitada. Si se demuestra -como apuntan algunos indicios- que los rayos cósmicos de mayor energía sufren la limitación antinatural de no poder interactuar en todas direcciones (isotropía) quedaría al descubierto la malla espacio-temporal sobre la que se tiende la simulación, de la que no cabría duda. Algo así como descubrir el armazón de un escenario de cartón piedra en el que se representa nuestro Universo.

Por cierto que en estos escenarios cabe tanto cualquier posibilidad como cualquier creencia, incluso la de Dios, al fin al cabo el creador de una simulación es en cierto modo una especie de Dios de la misma. Y a la vez procederá de una simulación de orden superior. Y cabe cualquier visión de la conciencia, desde la colectiva a la individual rodeada de un atrezzo de conciencias simuladas.

En fin que, por extravagante que parezca, esto es ciencia, oiga. Y no, no es que acabe de descubrir The Matrix. Decía Einstein "Dios no juega a los dados con el Universo". Tal vez juegue a The SIMS.

martes, 2 de octubre de 2012

La Policía no es tonta

Bajo la inocente apariencia de una campaña contra el vandalismo, la Policía Nacional ha difundido a través de las redes sociales un vídeo con el que, en principio, pretende concienciarnos de que los destrozos de unos pocos los pagamos todos. Así, según ilustra el documento, reponer un contenedor de basura quemado cuesta 900 euros, una marquesina rota 10.000 y una señal de tráfico 2.500. No seré yo el que defienda a los cafres descerebrados que encuentran un placer insano -cuando no un demente cauce de expresión- en destrozar el mobiliario urbano, pero me malicio que detrás de la campaña se esconde el sutilísimo mensaje policial de: "Oiga, no sería mejor que, en lugar de perseguir a quinquis desharrapados de quién sabe qué tribu urbana, vayamos directamente a detener al fulano que vende al municipio un contenedor de plástico por  900 euros, cuando se encuentran con facilidad a precio minorista por unos 200.  O una marquesina de las de esperar el autobús en un banquito, por el precio al que El Corte Inglés te amuebla la acera entera. O esa señal de lata que cuesta lo que una tele de plasma de sesenta pulgadas. Y, por supuesto, detengamos también al desalmado responsable público que se lo compra con el dinero del contribuyente."
Sí, señor. La Policía no da puntada sin hilo y señala veladamente a todas esas operaciones Pokémon, Carioca, Gürtell y ciento más, con las que anda ocupada que, como las carcomas, para cuando salen al exterior indican fatalmente que ya está todo el mueble infestado.
Muy académica y certeramente describe Cesar Molinas a los verdaderos responsables de lo caro que estamos pagando el pato de la crisis, en su imprescindible Teoría de la clase política española, publicada en El País. Cataloga a los políticos patrios como una élite extractiva, dotada de un "sistema de captura de rentas que permite, sin crear riqueza nueva, detraer rentas de la mayoría de la población en beneficio propio". Ya de por sí, la proliferación de esta clase parasitaria es galopante, pero si además aplicamos la incontinencia descentralizadora que ha padecido España en las últimas décadas, la infección se multiplica hasta lo irreversible y fatal. Si tuviera gracia sería como un chiste de vascos: oye Aitor, cuánto es 100 entre 17. Infinito me sale, Patxi. Pues poco me parece, oye. Total, que la nómina de cargos públicos de designación política se nos ha ido a más de 440.000, las empresas públicas inútiles a miles y el número de Entes, Organismos y chiringuitos de la tupida red clientelar... ni se sabe.
Y aunque hayan sido y son los partidos nacionalistas los primeros promotores de esta demanda interminable -ahora hasta piden la secesión con los gastos pagados-, son los partidos que han gobernado y los que no, los que han convertido esta alegre e insostenible hipertrofia administrativa en su modus vivendi, para acomodo -como dice Molinas- de deudos, familiares, nepotes y camaradas.
Lo peor es que siempre lo hemos sabido. Como decía a la juez el imputado dueño de la empresa Vendex: Señoría, ¿pero cómo cree que se consiguen las adjudicaciones? Y hemos mirado hacia otro lado, entonando  los socorridos mantras de la corrección política: que si la corrupción no es algo generalizado, que si la gran mayoría de los políticos son honestos ... Como si no fueran sospechosos unos sujetos cuyo meritoriaje dentro de sus partidos consiste en lamer culos y pisar cabezas, para ascender en la torre y cambiar de culo y cabeza.
Eso sí, ahora nos recetan austeridad. En los recientes presupuestos un 52% del ahorro se detrae del despilfarro y un 48% de rascarnos aún más el bolsillo para mantenerlo. Que esto es como si el alto cargo que se pega una mariscada, sale del restaurante a buscar al primer transeúnte para pagar la cuenta a medias. Oiga, que antes era peor, que se la pagábamos entera. También es verdad.

En fin, no me queda más que felicitar a la Policía Nacional por la fina ironía de su vídeo y por ser hoy el día de su patrón, Los Ángeles Custodios. Que digan bien alto que la Policía no es tonta.
Que si hay colillas... 20 céntimos de impuestos cada una para que siga el latrocinio.