Mis amigos siempre me recuerdan alguna de las extravagancias verbales a las que soy muy proclive en las tertulias de sobremesa, como los putonyos del tokaji (un vino húngaro que da para bastantes risas) o mi temerario interés por la Física, que me llevó a la imprudencia de mentar al ínclito bosón de Higgs en una cena hace más de una década. Debo señalar que la ocurrencia dio pábulo a tantos chascarrillos o más que la junta de la trócola de Gomaespuma, para regocijo de mis muy canallas aunque queridos íntimos. No es extraño que este miércoles uno de ellos me felicitase por el hallazgo en el LHC de una fluctuación consistente con el ahora más célebre y algo menos risible bosón, ascendido a la categoría de partícula de Dios por un curioso malentendido. Al premio Nobel de Física Leo Lederman se le ocurrió titular un libro de divulgación sobre el asunto como The Goddamn Particle: If the Universe is the Answer, What is the Question? que viene a decir algo así como la partícula del carajo o la maldita partícula, pero a su editor le pareció inapropiado y malsonante, suprimió el damn y lo dejó en The God Particle, la partícula de Dios, denominación que hay que reconocer que ha hecho fortuna. Por eso, pese al entusiasmo polemista de la prensa menos informada, ni la Iglesia parece muy inquieta por el descubrimiento, ni el mismo Dios se preocuparía mucho si anduviera por ahí, porque realmente no añade nada al debate sobre su inexistencia.
La misma prensa define con unanimidad ovina el Campo de Higgs como una fuerza que permea el Universo, responsable de conferir la masa a los componentes esenciales de la materia. En sus respectivos contextos suena tan hueco como recitar de memoria los cien primeros decimales del número Pi. Yo creo que el Campo de Higgs es algo así como el metabolismo, ese concepto bromatológico tan finamente retratado por Buenafuente. Al fin y al cabo el metabolismo es una tiranía fisiológica responsable de que dos individuos en condiciones y circunstancias similares o equivalentes adquieran masas arbitrariamente dispares. Vamos, que saliendo a correr por las mañanas, comiendo ensaladas, mientras mi pareja se atiborra a magdalenas, consigo pesar el doble que la muy puñetera, porque el maldito bosón metabólico, que acecha en cada esquina, espera a encontrar entre tus dientes un resto de turrón de las Navidades pasadas para meterte ¡zás! diez kilos de golpe. Y a la postre uno termina masivo como un protón -que en el fondo algo de positivo tenemos- mientras los más negativos se van por ahí flotando como electrones o inanes neutrinos, aunque se atiborren a chuletones. Una injusticia es lo que es el campo de Higgs y su bosón testaferro.
Por eso no me alegro tanto, por mucho que me felicite mi amigo. Siempre he detestado la abstrusa complejidad cuántica del Modelo Estándar. Como decía el Nobel Enrico Fermi "si pudiera recordar el nombre de todas estas partículas habría sido botánico, no físico". El Modelo Estándar de la Física de partículas que, en principio, completa el descubrimiento de Ginebra viene a ser a la comprensión del universo lo que interpretar una conversación con un sismógrafo. Debe de haber mucho más que se nos escapa, que pueda hacer más inteligible lo poco que conocemos. Lo sencillo acostumbra a ser más cierto que lo muy complicado.
Puede que el Campo de Higgs, una versión evolucionada del metafísico Éter, no sea otra cosa que la relación del Universo tetradimensional con dimensiones añadidas y futuros avances en esa línea resuelvan de paso el misterio de la Gravedad. Y nos lo acaben contando con teorías más elegantes, como las de cuerdas.
Mientras tanto me acordaré del bosón y del Peter Higgs que lo parió, cada Nochebuena, cuando vengan con los postres.
domingo, 8 de julio de 2012
domingo, 10 de junio de 2012
Palabras para Julia
Tal vez ni siquiera te llamemos Julia. No lo sé. Mientras desciframos como un misterio gozoso las inquietas pataditas con las que anuncias tu llegada, tú no puedes volver atrás, porque la vida ya te empuja como un aullido interminable. Intento evitar que se desboque la ilusión de imaginarte, la tentación de figurarte de antemano con lo mejor de tu madre y lo poco bueno de tu padre. Al fin y al cabo lo suyo es que te alíes con el tiempo para desmentirme y modelar con tu propia mano lo que casi ya eres. Solo espero tener suficiente humildad para comprenderlo. En lo que llegas y, tirando de un poema de José Agustín Goytisolo que me viene a la cabeza, puede que no estén de más unas pocas palabras sobre el convulso mundo en el que se te espera como una buena noticia.Ahora mismo las cosas están mal, para qué engañarte. También es verdad que suelen estar mal tantas o más veces que bien y uno nace cuando le toca. Yo que tú casi me alegraría de tardar todavía unos años en tener pleno uso de razón. Andamos perplejos, sumidos en un desastre económico a cámara lenta, intentando comprender lo que nos espera, como un condenado a la silla eléctrica haciéndose el cursillo de electricista. Puede que algún día cuando te cuente la caída de Lehman Brothers y la crisis del euro, te suene tan arcaico como a mí la Gran Depresión y la perra gorda. Y me mires como a una pintura rupestre. Y será bueno que sea así. Es mucho mejor despertar a la vida con la alegría de los hombres, que llorar ante el muro ciego, que es lo que se lleva ahora. No te perderás gran cosa, mientras estás ocupada en lo verdaderamente importante: reivindicar tu horario de comidas y alcanzar todos los juguetes y objetos que estén más lejos que tu mano.
Aunque no lo parezca, tienes motivos para el optimismo. Hasta ahora estos períodos de decadencia económica desembocaban siempre en guerras mundiales, hambrunas, pestes. A día de hoy no parece que se nos haya ocurrido nada tan truculento para salir de ésta. Puede que pasemos incomodidades y que lo que empieces a percibir cuando te toque pensar por tu cuenta es cuánto mejora todo, en lugar de cuánto hemos perdido los que ya estábamos aquí. A decir verdad, la Humanidad siempre progresa en términos generales, aunque a veces dé algunos pasos atrás para coger impulso. Además, como tu abuelo Claudio sentencia cuando aborda el tema del alarmismo climático (otra tontería pasajera, ya verás), nunca llovió que no escampase.
Además, no estamos tan mal. Seguramente tardará muchos años en importarte una higa, pero somos campeones de Europa y del mundo de fútbol, tenemos un tenista legendario batiendo records cada día, el mejor piloto de Fórmula 1. No te haces una idea de todos los años que ha tenido que esperar tu padre para contemplar semejantes prodigios fundacionales de un orgullo deportivo que tú traerás de serie. Para cuando puedas comprenderlo, seguramente estarás más interesada en la última película en 5D de una trilogía sobre vampiros polinesios, que comentarás con tus amigas en el perfecto inglés de vuestras conversaciones. Y darán igual las glorias y miserias del tiempo en que has nacido, sonarán a batallitas de ancianos mentalmente descatalogados.
Sin embargo, como todos, en tu época, en la mía y en cualquier otra, tendrás tus momentos de amargura. A veces te sentirás acorralada, te sentirás perdida o sola. Tal vez querrás no haber nacido. Se pasa rápido, descuida. Procura pensar que, pese a la que está cayendo, tus padres creemos que que nazcas es lo mejor que le puede pasar al mundo. Te dirán que la vida no tiene objeto (intenta no profundizar en la mecánica cuántica), que es un asunto desgraciado (hija mía, huye siempre, siempre de los aguafiestas)
Muy al contrario. La vida es bella, ya verás como a pesar de los pesares, tendrás amigos, tendrás amor. O al revés, tendrás amor y amigos, que Goytisolo no lo deja muy claro. Por si acaso tú ten amigos y luego todo el amor que puedas. Sobre todo el que des, que es un patrimonio que nadie puede arrebatarte. Al menos es lo que hace que un pesimista antropológico como tu padre haya amado siempre la vida como amará la que traes contigo.
La prima de riesgo, el colapso financiero internacional, la crisis institucional, el fin del euro, el corralito o lo que venga se disiparán antes o después como el humo de tantos incendios de la Historia. Una minucia ante la expectativa de sujetar tu cabecita en la bañera cuando, chapoteando feliz como solo puede serlo un niño, me regales tus primeras sonrisas. Si puede haber algo inolvidable, debe de ser eso.
Y siempre siempre acuerdate
de lo que un día yo escribí
pensando en ti como ahora pienso.
domingo, 29 de abril de 2012
Conciencia y libre albedrío
Hubo un tiempo en que Física, Filosofía e incluso Religión compartían el mismo objeto de estudio. Comprender el mundo. A menudo se volvían indistinguibles en su intención de dar respuesta a grandes preguntas, como la naturaleza de la conciencia o la existencia o no del libre albedrío. El filósofo científico dejó paso al humanista y al político que, de tanto mirarse el ombligo, acabó diluyendo el saber por excelencia en el estanque de las Letras. Afortunadamente en los últimos cien años la Física ha vuelto a recuperar el espacio de las grandes cuestiones filosóficas, con los descubrimientos y propuestas más fascinantes. E inquietantes.
La Física moderna se asienta sobre dos pilares fundamentales: la Teoría de la Relatividad y la Mecánica Cuántica. Un principio básico de ésta última, tan esencial como poco intuitivo es el que describe el colapso de la función de onda, que Schrödinger ilustró con su famoso experimento imaginario del gato. En términos sencillos viene a decir que mientras no observamos una partícula, ésta existe en todos sus estados posibles. Es el hecho de observar el que determina una sola de las posibilidades y descarta (colapsa) todas las demás. Esta propiedad, fácilmente demostrable en el movimiento de los electrones, es perfectamente extrapolable a cualquier sistema. Dicho de otro modo: Todas las realidades posibles existen a la vez superpuestas unas sobre otras, pero el hecho de observar solo nos permite tener conciencia de una. El problema radica en saber si somos nosotros los observadores o los observados y en qué medida el misterio filosófico de la conciencia reside en dicha observación.
Algunas interpretaciones clásicas de esto que en Física se conoce como el problema de la medida sugieren la existencia de múltiples universos paralelos (Everett-Witt). Algo así como que cada medida, observación o decisión divide el universo en ramas diferentes que coexisten en paralelo.
Para algunas sectas oportunistas de onda new age -que han encontrado un filón pseudocientífico en la palabra “cuántico”-, dado que existen infinitas realidades paralelas o superpuestas, debemos dedicarnos a encontrar aquella en la que somos multimillonarios, guapos a rabiar, campeones mundiales de algo o amantes de Scarlett Johansson, encaminados por un proceso de decisiones y entrenamiento mental que se encuentra a la venta en los libros de diferentes gurús. Para éstos la conciencia es algo individual y prácticamente omnipotente.
Una aproximación literaria –aunque bastante más sólida- a este fenómeno es la narrada por Robert J. Sawyer en su espléndida novela Flashforward. En ella se produce un apagón momentáneo y simultáneo de la conciencia de toda la humanidad y un breve desplazamiento de ésta en el tiempo debido a un fenómeno cósmico. Todo el mundo llega a conocer un breve fragmento de su futuro que, pese a cualquier intento por cambiarlo, será inexorable. Básicamente propone que la realidad está absolutamente predeterminada por una conciencia colectiva que es la que colapsa la función de onda. Y de paso sustenta inteligentemente el principio antrópico. Sólo puede haber una especie inteligente si es la conciencia colectiva de la humanidad la que determina el comportamiento del universo.
Otro interesante acercamiento al misterio de la conciencia como una matriz colectiva que genera realidades virtuales es la que, cinematográficamente, plantea The Matrix (1999). En el film quien actúa como observador, quien determina la realidad, es un supercomputador, una conciencia matricial a la que se conectan físicamente los cuerpos de cada ser humano. Las conciencias individuales, aunque puedan parecen reales son enteramente virtuales.
Desde el ángulo religioso no es sorprendente el interés y la contribución científica de la Iglesia tanto en Astrofísica como en Física cuántica. No hay que olvidar que el primero en formular la actualmente vigente Teoría del Big Bang fue el sacerdote católico Georges Lemaître en 1931. Desde luego es obvio que favorece una visión creacionista, pero cuánto más interesante aún puede resultarle la idea del observador cuántico único que determina la realidad, la de un Demiurgo omnisciente en el que encajar como un guante su concepto de Dios.
Otra importante vuelta de tuerca a la cuestión es la que ha dado el físico Roger Penrose (a mi juicio la mente más brillante del último siglo) junto con el anestesiólogo Stuart Hameroff. Conjuntamente han desarrollado una teoría especulativa que sienta las bases de una biofísica cuántica de la mente. A través de las propiedades cuánticas de una proteína, la tubulina, presente en los microtúbulos de todas las células, establece objetivamente las bases físicas de la conciencia y la relaciona con la gravedad cuántica. Digámoslo así, las fluctuaciones energéticas de unas estructuras minúsculas que pululan por nuestras células son las que deciden mucho antes que nosotros qué realidad percibimos de entre todas las posibles. En esa conexión entre mente y cerebro se encontraría el famoso observador.
A la luz de todo lo anterior resulta particularmente interesante el experimento realizado por John Bargh, psicólogo de Yale. En él se escanea cerebralmente a los participantes mientras se les pide que elijan apretar uno de los dos botones situados a su derecha e izquierda. Desde la toma de decisión consciente al hecho de apretar el botón transcurre de promedio un segundo. Lo sorprendente es que siete segundos antes de la decisión consciente, se puede prever por la actividad del cerebro cuál será esa decisión. En este estudio se sugiere la inexistencia del libre albedrío desde una nueva visión del inconsciente. Pero, puesto en relación con el planteamiento cuántico de la conciencia, su dimensión se vuelve más profunda.
Y aunque solo hace falta ir a El Corte Inglés y volver con diez cosas que no necesitas, para preguntarte si las decisiones que crees propias no las tomará otro, resulta como mínimo inquietante la posibilidad de que te estén todo el tiempo colapsando impunemente la función de onda.
¿O no, Scarlett querida?
Ah...perdón, eso era en otro universo.
La Física moderna se asienta sobre dos pilares fundamentales: la Teoría de la Relatividad y la Mecánica Cuántica. Un principio básico de ésta última, tan esencial como poco intuitivo es el que describe el colapso de la función de onda, que Schrödinger ilustró con su famoso experimento imaginario del gato. En términos sencillos viene a decir que mientras no observamos una partícula, ésta existe en todos sus estados posibles. Es el hecho de observar el que determina una sola de las posibilidades y descarta (colapsa) todas las demás. Esta propiedad, fácilmente demostrable en el movimiento de los electrones, es perfectamente extrapolable a cualquier sistema. Dicho de otro modo: Todas las realidades posibles existen a la vez superpuestas unas sobre otras, pero el hecho de observar solo nos permite tener conciencia de una. El problema radica en saber si somos nosotros los observadores o los observados y en qué medida el misterio filosófico de la conciencia reside en dicha observación.
Algunas interpretaciones clásicas de esto que en Física se conoce como el problema de la medida sugieren la existencia de múltiples universos paralelos (Everett-Witt). Algo así como que cada medida, observación o decisión divide el universo en ramas diferentes que coexisten en paralelo.
Para algunas sectas oportunistas de onda new age -que han encontrado un filón pseudocientífico en la palabra “cuántico”-, dado que existen infinitas realidades paralelas o superpuestas, debemos dedicarnos a encontrar aquella en la que somos multimillonarios, guapos a rabiar, campeones mundiales de algo o amantes de Scarlett Johansson, encaminados por un proceso de decisiones y entrenamiento mental que se encuentra a la venta en los libros de diferentes gurús. Para éstos la conciencia es algo individual y prácticamente omnipotente.
Una aproximación literaria –aunque bastante más sólida- a este fenómeno es la narrada por Robert J. Sawyer en su espléndida novela Flashforward. En ella se produce un apagón momentáneo y simultáneo de la conciencia de toda la humanidad y un breve desplazamiento de ésta en el tiempo debido a un fenómeno cósmico. Todo el mundo llega a conocer un breve fragmento de su futuro que, pese a cualquier intento por cambiarlo, será inexorable. Básicamente propone que la realidad está absolutamente predeterminada por una conciencia colectiva que es la que colapsa la función de onda. Y de paso sustenta inteligentemente el principio antrópico. Sólo puede haber una especie inteligente si es la conciencia colectiva de la humanidad la que determina el comportamiento del universo.
Otro interesante acercamiento al misterio de la conciencia como una matriz colectiva que genera realidades virtuales es la que, cinematográficamente, plantea The Matrix (1999). En el film quien actúa como observador, quien determina la realidad, es un supercomputador, una conciencia matricial a la que se conectan físicamente los cuerpos de cada ser humano. Las conciencias individuales, aunque puedan parecen reales son enteramente virtuales.
Desde el ángulo religioso no es sorprendente el interés y la contribución científica de la Iglesia tanto en Astrofísica como en Física cuántica. No hay que olvidar que el primero en formular la actualmente vigente Teoría del Big Bang fue el sacerdote católico Georges Lemaître en 1931. Desde luego es obvio que favorece una visión creacionista, pero cuánto más interesante aún puede resultarle la idea del observador cuántico único que determina la realidad, la de un Demiurgo omnisciente en el que encajar como un guante su concepto de Dios.
Otra importante vuelta de tuerca a la cuestión es la que ha dado el físico Roger Penrose (a mi juicio la mente más brillante del último siglo) junto con el anestesiólogo Stuart Hameroff. Conjuntamente han desarrollado una teoría especulativa que sienta las bases de una biofísica cuántica de la mente. A través de las propiedades cuánticas de una proteína, la tubulina, presente en los microtúbulos de todas las células, establece objetivamente las bases físicas de la conciencia y la relaciona con la gravedad cuántica. Digámoslo así, las fluctuaciones energéticas de unas estructuras minúsculas que pululan por nuestras células son las que deciden mucho antes que nosotros qué realidad percibimos de entre todas las posibles. En esa conexión entre mente y cerebro se encontraría el famoso observador.
A la luz de todo lo anterior resulta particularmente interesante el experimento realizado por John Bargh, psicólogo de Yale. En él se escanea cerebralmente a los participantes mientras se les pide que elijan apretar uno de los dos botones situados a su derecha e izquierda. Desde la toma de decisión consciente al hecho de apretar el botón transcurre de promedio un segundo. Lo sorprendente es que siete segundos antes de la decisión consciente, se puede prever por la actividad del cerebro cuál será esa decisión. En este estudio se sugiere la inexistencia del libre albedrío desde una nueva visión del inconsciente. Pero, puesto en relación con el planteamiento cuántico de la conciencia, su dimensión se vuelve más profunda.
Y aunque solo hace falta ir a El Corte Inglés y volver con diez cosas que no necesitas, para preguntarte si las decisiones que crees propias no las tomará otro, resulta como mínimo inquietante la posibilidad de que te estén todo el tiempo colapsando impunemente la función de onda.
¿O no, Scarlett querida?
Ah...perdón, eso era en otro universo.
sábado, 3 de marzo de 2012
Detengan a ese Hansen
Este viernes publica El País una entrevista con James Hansen. Si consideramos al ahora mediáticamente desaparecido Al Gore como el gurú del alarmismo climático, podemos decir sin lugar a dudas que Hansen es su máximo profeta, desde su púlpito en el Instituto Godard de la NASA que lidera. Este tipo, que gasta sombrero de explorador y cara de mala digestión, pontifica que la solución para frenar el calentamiento global y su consecuente hecatombe es penalizar con impuestos a las energías fósiles hasta que alcancen el precio (varias veces superior) de las energías limpias.
Nada menos. Quién dijo crisis.
Desde su histórica declaración de 1988 ante el Congreso de los Estados Unidos, que consiguió alertar a la opinión pública de los horrores del calentamiento global inminente, este individuo, cuyo fundamentalismo colateralmente le ha convertido en un hombre acaudalado, no ha dejado de encogernos el ánimo con profecías apocalípticas envasadas como predicciones científicas. Pero el tiempo pasa. Y algunos tienen memoria.
Por ejemplo, en su famoso informe de 1988, que dejo aquí para quien tenga la paciencia de leerlo, sostenía -con esa probabilidad de más del 99% que atribuye a todo lo que sostiene- que de seguir el ritmo de incremento del CO2 en la atmósfera (cosa que efectivamente sucede) la temperatura global media sería 4º más alta en 2050. Ahora mismo deberíamos andar por un grado y medio de incremento. Sin embargo, a día de hoy, la temperatura media apenas ha subido una décima.
Con no poca osadía predijo también que para el año 2000 el río Hudson anegaría ya las avenidas del bajo Manhattan, junto con la desaparición total del hielo del Ártico. Nada extraño teniendo en cuenta que estimaba una subida del nivel del mar de siete metros en los próximos cien años. Si alguien comprueba que, en los veinticuatro que ya han pasado, no ha subido por lo menos el metro sesenta que le corresponde es que el mar recibe sobornos de las petroleras para joder a este señor.
En un alarde de pundonor y, animado por el éxito cinematográfico de la incómoda verdad de Al Gore, en 2008 este sujeto volvió a la carga reafirmándose en la profecía de la hecatombe, con alguna corrección de última hora, como esas que hace la cofradía del IPCC, del que es promotor y miembro destacado, que en este mismo período ha pasado de pronosticar una subida de seis grados en cincuenta años a una de dos en cien. Lo próximo supongo que será como en las rebajas: 1.99 ,0,99 oiga.
Lo peor de Hansen y su tribu es que si, como creo, sabemos tan poco del clima del futuro que hay tantas posibilidades de un calentamiento como de un enfriamiento, en caso de que sobrevenga éste último la verdadera catástrofe será tener que afrontarlo con unos precios de la energía disparados por el alarmismo fundamentalista de unos y la codicia oportunista de otros.
Al fin y al cabo la doctrina del calentamiento global y el ecologismo en general han sido toda una bendición para la industria del petróleo y de los combustibles fósiles. Lejos de tener que competir a la baja con los precios de la energía nuclear, convertida en anatema ecológico, pueden permitirse tensar los precios, acercándose progresivamente a los altísimos límites de las llamadas energías limpias y seguir siendo competitivos.
Para quien no lo entienda, un par de datos:
En 1998 un kw/hora de energía eléctrica costaba en recibo en España 15 pesetas (9 cts.). Hoy cuesta 17,2 cts. (91% más)
En 1998 un litro de gasolina de 95 octanos costaba 110 pesetas (66 cts.). Hoy cuesta 1,43 €. (116% más)
El salario medio en España en 1998 era de 276.150 pesetas (1659,69 €). Hoy es de 1.860,77 €. (12% más)
Aunque a menudo no se da la verdadera importancia que tiene al precio de la energía en el fundamento de esta crisis catalogada como financiera, los datos deberían ilustrar la peligrosidad global de un fulano como Hansen que, como los sacerdotes aztecas, desde lo alto de la pirámide reclama más sacrificios humanos porque van perdiendo la guerra (así se las ponían a Cortés).
Por el bien de la Humanidad, detengan a ese tipo.
Nada menos. Quién dijo crisis.
Desde su histórica declaración de 1988 ante el Congreso de los Estados Unidos, que consiguió alertar a la opinión pública de los horrores del calentamiento global inminente, este individuo, cuyo fundamentalismo colateralmente le ha convertido en un hombre acaudalado, no ha dejado de encogernos el ánimo con profecías apocalípticas envasadas como predicciones científicas. Pero el tiempo pasa. Y algunos tienen memoria.
Por ejemplo, en su famoso informe de 1988, que dejo aquí para quien tenga la paciencia de leerlo, sostenía -con esa probabilidad de más del 99% que atribuye a todo lo que sostiene- que de seguir el ritmo de incremento del CO2 en la atmósfera (cosa que efectivamente sucede) la temperatura global media sería 4º más alta en 2050. Ahora mismo deberíamos andar por un grado y medio de incremento. Sin embargo, a día de hoy, la temperatura media apenas ha subido una décima.
Con no poca osadía predijo también que para el año 2000 el río Hudson anegaría ya las avenidas del bajo Manhattan, junto con la desaparición total del hielo del Ártico. Nada extraño teniendo en cuenta que estimaba una subida del nivel del mar de siete metros en los próximos cien años. Si alguien comprueba que, en los veinticuatro que ya han pasado, no ha subido por lo menos el metro sesenta que le corresponde es que el mar recibe sobornos de las petroleras para joder a este señor.
En un alarde de pundonor y, animado por el éxito cinematográfico de la incómoda verdad de Al Gore, en 2008 este sujeto volvió a la carga reafirmándose en la profecía de la hecatombe, con alguna corrección de última hora, como esas que hace la cofradía del IPCC, del que es promotor y miembro destacado, que en este mismo período ha pasado de pronosticar una subida de seis grados en cincuenta años a una de dos en cien. Lo próximo supongo que será como en las rebajas: 1.99 ,0,99 oiga.
Lo peor de Hansen y su tribu es que si, como creo, sabemos tan poco del clima del futuro que hay tantas posibilidades de un calentamiento como de un enfriamiento, en caso de que sobrevenga éste último la verdadera catástrofe será tener que afrontarlo con unos precios de la energía disparados por el alarmismo fundamentalista de unos y la codicia oportunista de otros.
Al fin y al cabo la doctrina del calentamiento global y el ecologismo en general han sido toda una bendición para la industria del petróleo y de los combustibles fósiles. Lejos de tener que competir a la baja con los precios de la energía nuclear, convertida en anatema ecológico, pueden permitirse tensar los precios, acercándose progresivamente a los altísimos límites de las llamadas energías limpias y seguir siendo competitivos.
Para quien no lo entienda, un par de datos:
En 1998 un kw/hora de energía eléctrica costaba en recibo en España 15 pesetas (9 cts.). Hoy cuesta 17,2 cts. (91% más)
En 1998 un litro de gasolina de 95 octanos costaba 110 pesetas (66 cts.). Hoy cuesta 1,43 €. (116% más)
El salario medio en España en 1998 era de 276.150 pesetas (1659,69 €). Hoy es de 1.860,77 €. (12% más)
Aunque a menudo no se da la verdadera importancia que tiene al precio de la energía en el fundamento de esta crisis catalogada como financiera, los datos deberían ilustrar la peligrosidad global de un fulano como Hansen que, como los sacerdotes aztecas, desde lo alto de la pirámide reclama más sacrificios humanos porque van perdiendo la guerra (así se las ponían a Cortés).
Por el bien de la Humanidad, detengan a ese tipo.
lunes, 20 de febrero de 2012
Oscars de hierro y seda
Ahora que termino de padecer a la insufrible Eva H conduciendo (por el arcén) la gala de los Goya, se me ocurre que si la triunfadora absoluta ha sido la pasable pero irregular No habrá paz para los malvados, de Enrique Urbizu, parece imperdonable el dispendio público de subvencionar casi todas las demás en pleno apocalipsis económico. También me malicio de que La piel que habito es la que se han dejado en el quirófano Belén Rueda, Victoria Abril o Melanie Griffith. Alguien me ha apuntado que el cirujano de la Baronesa Thyssen usa el mismo molde de troquelar pasas para todos sus diseños, que ademas de convertir a todas sus pacientes en replicantes en unos años más o menos, las deja tan justas de piel como inhabilitadas para comer fabada sin disgustos.
También he advertido que queda menos de una semana para los Oscar y es costumbre de este blog verter comentarios sobre los nominados y aventurar pronósticos temerarios sobre aquellos a los que ahora irán a parar las estatuillas de las que antes eran políticamente incorrectos ganadores. Menos mal que, al menos, vuelve Billy Cristal.
Empiezo por el óscar más cantado, el que con pocas dudas engordará la colección de Meryl Streep, esa diva shakespeariana de New Jersey, tan etérea que parece deslizarse sobre un frufrú de gasas. No osaré yo poner un pero a su mimética interpretación de la Thatcher en La Dama de Hierro, pero toda la película está tan al servicio de su lucimiento interpretativo que defrauda al menos exigente. Si uno espera algo de jugo de la apasionante dimensión política del personaje, se queda con un palmo de narices contemplando el enésimo dramón trillado sobre el alzheimer, digno de la sobremesa de Antena 3. Incluso un infalible actor como Jim Broadent (que encarna a Denis Thatcher) acaba convertido en lamentable comparsa, con apariciones tan innecesarias que insultan cualquier inteligencia. No niego la visión comercial de quien, embutiendo a la Streep en el traje de falda y chaqueta con sombrerito ridículo de la exprimera ministra, se ha asegurado el exito en la recaudación. Pero, desde el punto de vista histórico y artístico, el tratamiento narrativo de una figura tan interesante como poliédrica me parece un soberano desperdicio. Una pena, con lo cerca que viene a caer Downing Street de Buckingham Palace, lo lejos que se han quedado de la soberbia The Queen, de Stephen Frears.
Más competencia tendrá uno de los favoritos a alzar el óscar al actor protagonista pero, en las antípodas del histrionismo de Santa Meryl está la interpretación de seda de George Clooney en la muy notable Los Descendientes. Cierto que ese magnífico guionista y director que es Alexander Payne (Entre Copas, A propósito de Schmidt) le proporciona un pasillo genial entre lo dramático y lo cómico -digno solo de grandes cineastas- para alumbrar desde la contención el personaje de un cornudo inocente, sobrepasado y en bermudas, tan entrañable como patético, tán melancólico como perplejo, sin añadir un ápice de cinismo a su desconcierto y vulnerabilidad. Y como veo que me he arrancado a pares, mencionar el complemento del entorno, un Hawaii nublado y sin barrer, sin guirnaldas ni surferos, descolorido y cotidiano. Más que recomendable.
Y, aunque no haya merecido nominaciones por su otro filme en cartel, Los idus de marzo, no quiero dejar de señalar la dimensión que está adquiriendo Clooney tanto delante como detrás de las cámaras. Me ha sorprendido con su buena mano como guionista, por encima de sus otras facetas de productor y director. Me pregunto si con el tiempo llegará a igualar o superar a Clint Eastwood.
En fin, queda menos de una semana para la ceremonia de entrega de los Oscar. No prometo nada pero intentaré dejar por aquí alguna deposición crítica más antes del evento.
También he advertido que queda menos de una semana para los Oscar y es costumbre de este blog verter comentarios sobre los nominados y aventurar pronósticos temerarios sobre aquellos a los que ahora irán a parar las estatuillas de las que antes eran políticamente incorrectos ganadores. Menos mal que, al menos, vuelve Billy Cristal.
Empiezo por el óscar más cantado, el que con pocas dudas engordará la colección de Meryl Streep, esa diva shakespeariana de New Jersey, tan etérea que parece deslizarse sobre un frufrú de gasas. No osaré yo poner un pero a su mimética interpretación de la Thatcher en La Dama de Hierro, pero toda la película está tan al servicio de su lucimiento interpretativo que defrauda al menos exigente. Si uno espera algo de jugo de la apasionante dimensión política del personaje, se queda con un palmo de narices contemplando el enésimo dramón trillado sobre el alzheimer, digno de la sobremesa de Antena 3. Incluso un infalible actor como Jim Broadent (que encarna a Denis Thatcher) acaba convertido en lamentable comparsa, con apariciones tan innecesarias que insultan cualquier inteligencia. No niego la visión comercial de quien, embutiendo a la Streep en el traje de falda y chaqueta con sombrerito ridículo de la exprimera ministra, se ha asegurado el exito en la recaudación. Pero, desde el punto de vista histórico y artístico, el tratamiento narrativo de una figura tan interesante como poliédrica me parece un soberano desperdicio. Una pena, con lo cerca que viene a caer Downing Street de Buckingham Palace, lo lejos que se han quedado de la soberbia The Queen, de Stephen Frears.
Más competencia tendrá uno de los favoritos a alzar el óscar al actor protagonista pero, en las antípodas del histrionismo de Santa Meryl está la interpretación de seda de George Clooney en la muy notable Los Descendientes. Cierto que ese magnífico guionista y director que es Alexander Payne (Entre Copas, A propósito de Schmidt) le proporciona un pasillo genial entre lo dramático y lo cómico -digno solo de grandes cineastas- para alumbrar desde la contención el personaje de un cornudo inocente, sobrepasado y en bermudas, tan entrañable como patético, tán melancólico como perplejo, sin añadir un ápice de cinismo a su desconcierto y vulnerabilidad. Y como veo que me he arrancado a pares, mencionar el complemento del entorno, un Hawaii nublado y sin barrer, sin guirnaldas ni surferos, descolorido y cotidiano. Más que recomendable.
Y, aunque no haya merecido nominaciones por su otro filme en cartel, Los idus de marzo, no quiero dejar de señalar la dimensión que está adquiriendo Clooney tanto delante como detrás de las cámaras. Me ha sorprendido con su buena mano como guionista, por encima de sus otras facetas de productor y director. Me pregunto si con el tiempo llegará a igualar o superar a Clint Eastwood.
En fin, queda menos de una semana para la ceremonia de entrega de los Oscar. No prometo nada pero intentaré dejar por aquí alguna deposición crítica más antes del evento.
viernes, 25 de noviembre de 2011
Dejar de "preveer"
Me tiene negro (uy, perdón) escuchar permanentemente la palabrita. En menos de 24 horas ya he oído a un hombre del tiempo decir que no se preveen lluvias en el Mediterráneo, a una contertulia de TVE espetar que se preveen movimientos de cara al próximo congreso del PSOE y a un tipo en un anuncio de Audi sosteniendo que su misión es preveer el futuro. No querría insultar la inteligencia de nadie explicando que prever significa ver con anticipación y que se conjuga igual que el verbo ver del que procede. Ni que no existe el verbo preveer sino una confusión permanente y, en algunos ámbitos intolerable, con proveer, que es cosa bien distinta. Harto me tienen de las preveisiones meteorológicas, económicas y políticas y de tanto merluzo preveisor. Y preveisora, no faltaba más.
El caso es que la propagación de estos disparates es más virulenta que la de una gripe aviar, supongo que porque a los pollos y las ( ) que largan en los medios no se les vacuna preventivamente en la escuela contra el disparate lingüístico.
Así ha ocurrido con otras pestes televisivas como la de "negarse en rotundo", en lugar de en redondo o rotundamente, con la "metereología" -que no es extraño que acabe "preveyendo"- o los "areopuertos" que deben de ser puntos de desembarque de áridos.
Solo queda confiar en el rumoreado regreso de Mecano para al menos ponerle música inolvidable al gazapo y la torrija patria.
Te dije, nena, dame un beso
tu contestastes que no (sic)
El caso es que la propagación de estos disparates es más virulenta que la de una gripe aviar, supongo que porque a los pollos y las ( ) que largan en los medios no se les vacuna preventivamente en la escuela contra el disparate lingüístico.
Así ha ocurrido con otras pestes televisivas como la de "negarse en rotundo", en lugar de en redondo o rotundamente, con la "metereología" -que no es extraño que acabe "preveyendo"- o los "areopuertos" que deben de ser puntos de desembarque de áridos.
Solo queda confiar en el rumoreado regreso de Mecano para al menos ponerle música inolvidable al gazapo y la torrija patria.
Te dije, nena, dame un beso
tu contestastes que no (sic)
lunes, 21 de noviembre de 2011
Apuntes del 20N
Con su flamante mayoría absoluta, el Partido Popular parece haber dado
un vuelco electoral. Pero no deja de tener algo de engañoso. En realidad
apenas ha aumentado en medio millón los más de diez millones de votos
que obtuvo en la anterior legislatura. Menos incluso que los que dieron
una mayoría simple y exigua a Zapatero en 2008. La diferencia la marca
el descalabro del PSOE, que pierde más de cuatro millones de electores.
Respecto al resto de partidos es destacable que entre el tercero y el cuarto más votados (IU y UPyD) suman más sufragios que todos los demás que -aparte de los dos principales- obtienen representación. Sin embargo sólo suman 16 diputados, frente a los 38 del conglomerado nacionalista. El escaño más caro es cada uno de los de UPyD. Casi 228.000 votos. El más barato, el de Amaiur, menos de 48.000. El endémico periodismo anumérico, se apresura a culpar a la ley d'Hondt, por si quedaba alguna duda de su analfabetismo mátemático. Nada que ver. Es la circunscripción provincial la que genera ese esperpento. La única vía para que el voto de cada español valga lo mismo en un lugar que en otro sería implantar la circunscripción única, del mismo modo que en las elecciones al Parlamento Europeo.
Hablando de Amaiur, aun dispuesto a asumir las contradicciones y paradojas de la democracia parlamentaria, su presencia en el Congreso me resulta tan inquietante como si a Netanyahu se le da por predicar el sionismo en una mezquita de Gaza. Comprendo que haya que agradecerles que hace apenas unos meses hayan dejado de apoyar el asesinato como estrategia política. Que no pierda la esperanza el recién detenido hijo de Gadafi. Con una rectificación y en menos de lo que reposta un camello a lo mejor también le encuentran un carguito representativo en Naciones Unidas.
Pese a lo que puedan parecer a primera vista, analizando al detalle los resultados electorales, sigo encontrando el trazo sociológico de las trincheras de la Guerra Civil en las que algunos han pretendido afianzar su identidad y la de sus votantes, a falta de ideología suficiente o apta para el consumo. Espero y deseo que algún día, tanto la crisis como la brecha, acaben de superarse. Entretanto, enhorabuena a los premiados.
Respecto al resto de partidos es destacable que entre el tercero y el cuarto más votados (IU y UPyD) suman más sufragios que todos los demás que -aparte de los dos principales- obtienen representación. Sin embargo sólo suman 16 diputados, frente a los 38 del conglomerado nacionalista. El escaño más caro es cada uno de los de UPyD. Casi 228.000 votos. El más barato, el de Amaiur, menos de 48.000. El endémico periodismo anumérico, se apresura a culpar a la ley d'Hondt, por si quedaba alguna duda de su analfabetismo mátemático. Nada que ver. Es la circunscripción provincial la que genera ese esperpento. La única vía para que el voto de cada español valga lo mismo en un lugar que en otro sería implantar la circunscripción única, del mismo modo que en las elecciones al Parlamento Europeo.
Hablando de Amaiur, aun dispuesto a asumir las contradicciones y paradojas de la democracia parlamentaria, su presencia en el Congreso me resulta tan inquietante como si a Netanyahu se le da por predicar el sionismo en una mezquita de Gaza. Comprendo que haya que agradecerles que hace apenas unos meses hayan dejado de apoyar el asesinato como estrategia política. Que no pierda la esperanza el recién detenido hijo de Gadafi. Con una rectificación y en menos de lo que reposta un camello a lo mejor también le encuentran un carguito representativo en Naciones Unidas.
Pese a lo que puedan parecer a primera vista, analizando al detalle los resultados electorales, sigo encontrando el trazo sociológico de las trincheras de la Guerra Civil en las que algunos han pretendido afianzar su identidad y la de sus votantes, a falta de ideología suficiente o apta para el consumo. Espero y deseo que algún día, tanto la crisis como la brecha, acaben de superarse. Entretanto, enhorabuena a los premiados.
jueves, 20 de octubre de 2011
Neutrinos y gin tonics
La comunidad científica está que se sale. Perdida la euforia de la mayor parte siglo XX, cuando los avances en el conocimiento y la tecnología acostumbraban a adelantar a las previsiones más optimistas, entramos, sin advertir las señales ni declarar la alarma, en un cierto período de decadencia -sólo paliada por la irrupción inesperada de internet y el dinamismo de la informática- que ha enfriado, cuando no congelado, la antigua confianza en el progreso imparable de la Ciencia. Cuando era niño, se calculaba la primera expedición tripulada a Marte para 1986. En su lugar, la década de los ochenta nos trajo -para mal- el SIDA y la inesperada incapacidad de la medicina para obtener una vacuna en menos de cinco años, para bien nos deparó el final de la guerra fría y, para inquietarse, la terrible sospecha de que el progreso se ralentiza exasperantemente sin la amenaza de una guerra. Las carreras trepidantes se detuvieron y la Ciencia comenzó a acomodarse a los tiempos de la opulencia, a los aparatos burocráticos, los intereses cortoplacistas y las componendas político-económicas. Quizá a eso sea a lo que ahora se le llama la "comunidad científica".
En este estado de cosas, cuando casi todas las esperanzas de algún descubrimiento revolucionario que anime la depresión de la crisis económica están centradas en la investigación sobre los fundamentos de la Física que se lleva a cabo en el LHC, el acelerador de partículas del CERN en Ginebra, la comunidad científica nos alboroza con el descubrimiento de los neutrinos superlumínicos. Estas partículas subatómicas, que supuestamente han viajado 60 nanosegundos más rápido que la velocidad de la luz, aparte de cuestionar la Teoría de la Relatividad, podrían abrir una puerta en el tiempo hacia el pasado. Para terror de los cirujanos plásticos, Cher, Donatella Versace y la misma Duquesa de Alba han empezado a encargar cremas de neutrinos, por lo que pueda pasar.
Pero todo parece haber sido un error, la propia Relatividad y un teorema de Faemino y Cansado (La máquina del tiempo de Gespaña) arrojan luz -nunca mejor dicho- sobre el desajuste. La precisa sincronización que requería el experimento entre los relojes del emisor y el receptor de los neutrinos, realizada mediante GPS, no tuvo en cuenta el movimiento relativista de los relojes a bordo de los satélites GPS que midieron la velocidad de las partículas. Una desviación de, curiosamente, 60 nanosegundos. Caramba.
Sin embargo, los resultados del experimento CLOUD, también realizado recientemente en el CERN y del que aquí dimos noticia, que socavan los fundamentos de la teoría del calentamiento global por los gases de efecto invernadero, no han tenido apenas eco en la prensa, pese a ser publicados en Nature. La consigna del director del CERN, de recomendar a la comunidad científica que silbe antes que interpretar los datos y contrariar al IPCC, ha sido efectiva. La marcha de "El puente sobre el río Kwai" es la canción más escuchada en Ginebra.
Precisamente de Ginebra va también el siguiente hito científico. La National Science Foundation americana, después de examinar concienzudamente cientos de gin-tonics, ha llegado a la conclusión de que aunque se llene hasta el borde la copa de ginebra y tónica, con el hielo sobresaliendo del nivel de la bebida, la fusión del susodicho hielo no ocasiona el desborde de la copa, ni el aumento del nivel del combinado. Después de corregir su web, la "comisión Arquímedes" está buscando al científico que alertó de que una eventual fusión del hielo del Ártico elevaría catastróficamente el nivel del mar en ni se sabe qué cantidad de metros, actualmente en paradero desconocido (el científico, se entiende).
No quiero terminar este artículo sin expresar mi reconocimiento a los científicos del Instituto Geológico Nacional, que descartaban por altamente improbable una erupción volcánica en el Hierro, por disparate el que se formase una nueva isla y que tranquilizaban con que en ningún caso habría peligro para la población. De manera sutil pero valiente han puesto al descubierto una operación urbanística de recalificación ilegal de terrenos submarinos de un parque natural protegido. De qué otro modo entender los movimientos irregulares de las placas tectónicas sino en contubernio con oscuros intereses del Cabildo.
La Ciencia no es tonta, oiga.
En este estado de cosas, cuando casi todas las esperanzas de algún descubrimiento revolucionario que anime la depresión de la crisis económica están centradas en la investigación sobre los fundamentos de la Física que se lleva a cabo en el LHC, el acelerador de partículas del CERN en Ginebra, la comunidad científica nos alboroza con el descubrimiento de los neutrinos superlumínicos. Estas partículas subatómicas, que supuestamente han viajado 60 nanosegundos más rápido que la velocidad de la luz, aparte de cuestionar la Teoría de la Relatividad, podrían abrir una puerta en el tiempo hacia el pasado. Para terror de los cirujanos plásticos, Cher, Donatella Versace y la misma Duquesa de Alba han empezado a encargar cremas de neutrinos, por lo que pueda pasar.
Pero todo parece haber sido un error, la propia Relatividad y un teorema de Faemino y Cansado (La máquina del tiempo de Gespaña) arrojan luz -nunca mejor dicho- sobre el desajuste. La precisa sincronización que requería el experimento entre los relojes del emisor y el receptor de los neutrinos, realizada mediante GPS, no tuvo en cuenta el movimiento relativista de los relojes a bordo de los satélites GPS que midieron la velocidad de las partículas. Una desviación de, curiosamente, 60 nanosegundos. Caramba.
Sin embargo, los resultados del experimento CLOUD, también realizado recientemente en el CERN y del que aquí dimos noticia, que socavan los fundamentos de la teoría del calentamiento global por los gases de efecto invernadero, no han tenido apenas eco en la prensa, pese a ser publicados en Nature. La consigna del director del CERN, de recomendar a la comunidad científica que silbe antes que interpretar los datos y contrariar al IPCC, ha sido efectiva. La marcha de "El puente sobre el río Kwai" es la canción más escuchada en Ginebra.
Precisamente de Ginebra va también el siguiente hito científico. La National Science Foundation americana, después de examinar concienzudamente cientos de gin-tonics, ha llegado a la conclusión de que aunque se llene hasta el borde la copa de ginebra y tónica, con el hielo sobresaliendo del nivel de la bebida, la fusión del susodicho hielo no ocasiona el desborde de la copa, ni el aumento del nivel del combinado. Después de corregir su web, la "comisión Arquímedes" está buscando al científico que alertó de que una eventual fusión del hielo del Ártico elevaría catastróficamente el nivel del mar en ni se sabe qué cantidad de metros, actualmente en paradero desconocido (el científico, se entiende).
No quiero terminar este artículo sin expresar mi reconocimiento a los científicos del Instituto Geológico Nacional, que descartaban por altamente improbable una erupción volcánica en el Hierro, por disparate el que se formase una nueva isla y que tranquilizaban con que en ningún caso habría peligro para la población. De manera sutil pero valiente han puesto al descubierto una operación urbanística de recalificación ilegal de terrenos submarinos de un parque natural protegido. De qué otro modo entender los movimientos irregulares de las placas tectónicas sino en contubernio con oscuros intereses del Cabildo.
La Ciencia no es tonta, oiga.
jueves, 22 de septiembre de 2011
Recortable educativo
Miles de sufridos profesores han tomado hoy las calles de Santiago y de Madrid en protesta por los recortes en la calidad de la enseñanza pública, elaborado sinónimo del incremento de las horas lectivas semanales a 25 en Galicia y a 20 en Madrid. Resulta llamativo que la convocatoria haya tenido mucho más éxito en la capital del Reino, donde acaso las horas coticen más minutos. En lo que todos coinciden es en la consideración de que a mayor trabajo de los enseñantes peor es la calidad de la enseñanza. Este dato me confirma la estupidez de la mayor parte de mis amigos, que envían a sus hijos a colegios privados, donde cada docente imparte como mínimo esas 25 horas que convertirán a sus alumnos en perfectos cenutrios incapaces de competir el día de mañana con sus compañeros de la escuela pública. Y pagando, oiga. Quizá sea eso, una oscura conspiración a favor de la enseñanza privada (algo he oído) para, rebajando la calidad de la pública, equipararlas convenientemente a qué sé yo qué intereses mercantiles.
Durante días tirios y troyanos y sus respectivos medios han esgrimido titulares sobre datos estadísticos que demuestran una cosa y la contraria. Ya se sabe que la estadística es puta y promiscua y se va con cualquiera sólo por joder. Lo que llama la atención es que todos se remitan a la misma fuente, el informe de la OCDE Panorama de la Educación 2011 (Education at Glance 2011), unas 495 páginas en inglés de datos comparativos. Para los menos valientes incluyo aquí un resumen de seis páginas referidas a España.
A la luz del susodicho informe, tienen razón los que afirman que los docentes españoles imparten más horas lectivas que la media de la OCDE, 880 horas frente a 773. Y además en menos tiempo, en 37 semanas (porque disfrutan 10 días más de vacaciones que la media). Dividiendo horas por semanas obtenemos algo más de 23 horas semanales. Que vayan celebrando en Madrid que van a trabajar menos. Eso sí, también es verdad que el número total de horas trabajadas al año es de 1.425, o sea, 235 menos que las 1.660 que promedia el conjunto de países (véase pag. 428).
También atinan los que sostienen que los profesores españoles están entre los mejor pagados del mundo. En datos ponderados sobre poder adquisitivo y excluyendo a Luxemburgo, país que sólo sirve para blanquear dinero y reventar estadísticas, en todas las escalas salariales están entre los dos o tres países con mayores retribuciones (pag. 415). Si además se comparan estos emolumentos con los salarios de otras profesiones de titulación universitaria superior, nuestros profes son como La Roja, campeones del mundo indiscutibles (pag. 417). Falta les hará para afrontar los gastos ingentes que suponen las 15 semanas de vacaciones.
Llama también la atención que pese a tener una de las ratios más bajas de alunmos por profesor (8,6 frente a 13,5) España supera levemente la media en alumnos por aula (pag. 404). No acabo de adivinar si faltan alumnos, sobran profesores o escasean las aulas. A mis amigos manirrotos e inconscientes que perjudican la educación de sus polluelos en caros colegios privados decirles que en éstos, encima, tienen unos 15 pupilos por docente.
Y si eso no basta, decir también que, ponderado el PIB por habitante, la enseñanza pública española es la tercera del mundo en mayor gasto por estudiante. Ahí es nada.
Cómo se puede hablar de recortar el despilfarro, de aumentar las horas de trabajo, de reducir el gasto, si con el ímprobo esfuerzo de estos sufridos huelguistas y sus mariachis sindicales, la decidida inversión del Estado y la inteligente gestión de nuestros sucesivos gobernantes estatales y autonómicos hemos conseguido colocarnos según el último informe PISA en el puesto 34 del mundo en comprensión de lectura, en el 36 en Matemáticas y en el 37 en Ciencias.
Y, si encima despiden a los interinos, quién va a ser ahora capaz de encender el ordenador, conectar el cañón o hablar en inglés, ¿eh?. O es que van a obligar a los funcionarios a reciclarse y aprender Física postnewtoniana. Qué quieren, ¿que acabemos tan mal como en la enseñanza privada, como los hijos de los burros de mis amigos?
Durante días tirios y troyanos y sus respectivos medios han esgrimido titulares sobre datos estadísticos que demuestran una cosa y la contraria. Ya se sabe que la estadística es puta y promiscua y se va con cualquiera sólo por joder. Lo que llama la atención es que todos se remitan a la misma fuente, el informe de la OCDE Panorama de la Educación 2011 (Education at Glance 2011), unas 495 páginas en inglés de datos comparativos. Para los menos valientes incluyo aquí un resumen de seis páginas referidas a España.
A la luz del susodicho informe, tienen razón los que afirman que los docentes españoles imparten más horas lectivas que la media de la OCDE, 880 horas frente a 773. Y además en menos tiempo, en 37 semanas (porque disfrutan 10 días más de vacaciones que la media). Dividiendo horas por semanas obtenemos algo más de 23 horas semanales. Que vayan celebrando en Madrid que van a trabajar menos. Eso sí, también es verdad que el número total de horas trabajadas al año es de 1.425, o sea, 235 menos que las 1.660 que promedia el conjunto de países (véase pag. 428).
También atinan los que sostienen que los profesores españoles están entre los mejor pagados del mundo. En datos ponderados sobre poder adquisitivo y excluyendo a Luxemburgo, país que sólo sirve para blanquear dinero y reventar estadísticas, en todas las escalas salariales están entre los dos o tres países con mayores retribuciones (pag. 415). Si además se comparan estos emolumentos con los salarios de otras profesiones de titulación universitaria superior, nuestros profes son como La Roja, campeones del mundo indiscutibles (pag. 417). Falta les hará para afrontar los gastos ingentes que suponen las 15 semanas de vacaciones.
Llama también la atención que pese a tener una de las ratios más bajas de alunmos por profesor (8,6 frente a 13,5) España supera levemente la media en alumnos por aula (pag. 404). No acabo de adivinar si faltan alumnos, sobran profesores o escasean las aulas. A mis amigos manirrotos e inconscientes que perjudican la educación de sus polluelos en caros colegios privados decirles que en éstos, encima, tienen unos 15 pupilos por docente.
Y si eso no basta, decir también que, ponderado el PIB por habitante, la enseñanza pública española es la tercera del mundo en mayor gasto por estudiante. Ahí es nada.
Cómo se puede hablar de recortar el despilfarro, de aumentar las horas de trabajo, de reducir el gasto, si con el ímprobo esfuerzo de estos sufridos huelguistas y sus mariachis sindicales, la decidida inversión del Estado y la inteligente gestión de nuestros sucesivos gobernantes estatales y autonómicos hemos conseguido colocarnos según el último informe PISA en el puesto 34 del mundo en comprensión de lectura, en el 36 en Matemáticas y en el 37 en Ciencias.
Y, si encima despiden a los interinos, quién va a ser ahora capaz de encender el ordenador, conectar el cañón o hablar en inglés, ¿eh?. O es que van a obligar a los funcionarios a reciclarse y aprender Física postnewtoniana. Qué quieren, ¿que acabemos tan mal como en la enseñanza privada, como los hijos de los burros de mis amigos?
jueves, 4 de agosto de 2011
Las horcas caudinas
Editorializaba ayer el diario El País, con loable elegancia estilística, que "las horcas caudinas por las que se ha visto obligado a pasar Barack Obama bajo la mirada triunfal de los republicanos acabarán por arruinar la efectividad de la política fiscal", en referencia al acuerdo para elevar el techo de la deuda.
El hecho de que alguna desmesura en la metáfora la acople un poco a martillo sobre el tenor de la disputa parlamentaria, no resta mérito periodístico a tan culto giro en tiempos en los que es bastante más común encontrar un error ortográfico en un titular de portada.
El desfiladero de las Horcas Caudinas, que atraviesa los Apeninos, fue escenario de una emboscada durante la Segunda Guerra Samnita en el siglo IV A.C. Un ejército romano comandado por el cónsul Espurio Postumio Albino, de tan infortunado nombre como destino, padeció la más humillante derrota de Roma en todo el período de la República. Los prisioneros, desarmados y desnudos, fueron obligados por los samnitas a pasar inclinados bajo un yugo como los de uncir bueyes, formado con las lanzas de los vencedores. Tal fue la ignominia y el deshonor de la rendición que buena parte de los legionarios renunciaron a volver a sus hogares y el Senado llegó a prohibir las fiestas y hasta los casamientos durante un año. La humillación tomó el nombre del lugar y la expresión pasar por las horcas caudinas o pasar bajo el yugo pervivió en la memoria de Roma hasta el punto de que tres siglos más tarde el propio Julio César infligió similar oprobio al caudillo galo Vercingetorix, obligándole a inclinar la cerviz al paso bajo el yugo de las lanzas romanas.
Del mismo hecho deriva la expresión subyugar, en su primera acepción de avasallar o sojuzgar y, en sentido más figurado, también en su significado de embelesar o cautivar.
No deja de ser curioso que el mismo Obama que ha subyugado con embeleso a gran parte de la sociedad estadounidense haya terminado - a juicio de El País- humillantemente subyugado por los bárbaros del Tea Party.
El hecho de que alguna desmesura en la metáfora la acople un poco a martillo sobre el tenor de la disputa parlamentaria, no resta mérito periodístico a tan culto giro en tiempos en los que es bastante más común encontrar un error ortográfico en un titular de portada.
El desfiladero de las Horcas Caudinas, que atraviesa los Apeninos, fue escenario de una emboscada durante la Segunda Guerra Samnita en el siglo IV A.C. Un ejército romano comandado por el cónsul Espurio Postumio Albino, de tan infortunado nombre como destino, padeció la más humillante derrota de Roma en todo el período de la República. Los prisioneros, desarmados y desnudos, fueron obligados por los samnitas a pasar inclinados bajo un yugo como los de uncir bueyes, formado con las lanzas de los vencedores. Tal fue la ignominia y el deshonor de la rendición que buena parte de los legionarios renunciaron a volver a sus hogares y el Senado llegó a prohibir las fiestas y hasta los casamientos durante un año. La humillación tomó el nombre del lugar y la expresión pasar por las horcas caudinas o pasar bajo el yugo pervivió en la memoria de Roma hasta el punto de que tres siglos más tarde el propio Julio César infligió similar oprobio al caudillo galo Vercingetorix, obligándole a inclinar la cerviz al paso bajo el yugo de las lanzas romanas.
Del mismo hecho deriva la expresión subyugar, en su primera acepción de avasallar o sojuzgar y, en sentido más figurado, también en su significado de embelesar o cautivar.
No deja de ser curioso que el mismo Obama que ha subyugado con embeleso a gran parte de la sociedad estadounidense haya terminado - a juicio de El País- humillantemente subyugado por los bárbaros del Tea Party.
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