viernes, 3 de junio de 2011

Autoritarios y totalitarios

Treinta y seis años después de la muerte del dictador que campeó por España algo más de otros tantos, no puede decirse que Francisco Franco haya conseguido pasar a la Historia. Podría entenderse que sus ya escasos nostálgicos se aferrasen a la memoria fabulada de un personaje tan patético como abominable, pero son, curiosamente, los más declaradamente antifranquistas los que no dejan de sacar al santo en procesión, como si les resultase imprescindible todavía para peinarse con la raya que separa el bien y el mal más absolutos. Es tan refractaria al sentido común la incapacidad para asumir el pasado de buena parte de la sociedad española que la historia contemporánea no merece ser escrita con mayúscula, embarrada todavía en las trincheras de la Guerra Civil.

No es extraño que el recién estrenado Diccionario de la Real Academia de la Historia haya encallado precisamente en la F de Franco, en cuya entrada se afirma que su régimen fue autoritario pero no totalitario.

¡A las barricadas! Toque de corneta y reparto de munición contra el académico franquista que ha rebajado la dictadura de totalitaria a autoritaria. Políticos y contertulios, medios de comunicación y organizaciones cívicas de variados pelajes, todos a una pidiendo cuando menos la corrección del diccionario, cuando más su prohibición o su quema en plaza pública.

Desde luego, si no ganamos más competiciones deportivas es porque todavía no se ha inventado el campeonato mundial de capacidad de ridículo o el de ignorancia temeraria. Puede que no sea nada afortunado encomendar la redacción de la biografía del funesto general a un historiador como Luis Suárez, de abiertas simpatías por su biografiado  -como tampoco parece la mejor idea que de la entrada sobre Felipe González se encargue Juan Luis Cebrián- pero le asiste toda la razón cuando académicamente califica el régimen de Franco como autoritario y no como totalitario, frente a la legión de tarugos que se rasga las vestiduras sin conocer ni por asomo la diferencia entre un término y otro.
Un régimen autoritario o autocrático suele ser personalista, habitualmente conservador o retrógrado y, si bien elimina  las libertades y derechos fundamentales, no pretende normalmente ocupar ideológicamente todos los aspectos de la sociedad, sino mantener el poder y la vida pública en manos de una oligarquía. Van desde las monarquías absolutas a las dictaduras militares o regímenes populistas. El franquismo encaja bien en el concepto, como la coetánea dictadura de Salazar en Portugal, de Pinochet en Chile o las todavía vigentes en la Guinea Ecuatorial de Obiang o la monarquía marroquí.
Los totalitarismos suelen surgir, en cambio, de un partido político, que se convierte en único y, desde una fuerte ideologización pretende fundirse con las instituciones del Estado, absorber la economía y exige la movilización política de sus ciudadanos, eliminando también sus derechos y  libertades fundamentales. De ese carácter total del que toman su nombre son paradigmáticos el nacionalsocialismo alemán o el comunismo leninista, estalinista y sus continuaciones y satélites.
Dicho esto, no es necesariamente peor ni más sanguinario un régimen por ser autoritario o totalitario. No son grados de lo mismo, son sencillamente categorías científicas distintas, establecidas académicamente desde hace décadas para clasificar los sistemas políticos. Confundir la distinción científica con la justificación moral es mero revisionismo indocumentado.

Pese a toda la polémica generada, no creo que la nueva enciclopedia  biográfica vaya a infligir graves daños neuronales a sus furibundos críticos, vista su escasa disposición a consultar un diccionario antes de ponerse en evidencia. En esta escalada del disparate ibérico no sería descabellado que surgieran partidarios de derogar la Ley de la gravedad, claramente preconstitucional y totalitariamente vigente en tiempos del autoritario Franco.

domingo, 22 de mayo de 2011

#spanishrevolution

Comenzaba su blog este juntaletras -allá por enero- analizando las revueltas en Egipto y el insoslayable efecto multiplicador de internet y las redes sociales, capaz de desbordar las vías de comunicación convencionales sobre las que el poder se ha asentado en las últimas décadas. Lejos estaba de imaginar que las réplicas del temblor llegasen al Viejo Continente y menos aún que en mi propio país se desplegase la vanguardia de la tan necesaria rebelión social que, lejos de un arrebato violento de frustración, abra puertas a la ilusión y a la esperanza. Y mucho de eso apunta el movimiento 15M, la ya bautizada spanish revolution, con la que una generación supuestamente adormecida y nihilista ha tomado pacíficamente el ágora de sus ciudades desde el simbólico kilómetro cero de la Puerta del Sol. Y aunque la indignación sea el término preferido para adjetivar a cuantos se concentran en los escenarios de la protesta, no hay que buscar el origen de la protesta en el manifiesto Indignaos -ya comentado aquí- del nonagenario Stephane Hessel, sino en el mucho más transversal movimiento nolesvotes.com, nacido como reacción de los internautas españoles ante los abusos de la Ley Sinde, que con la coartada de defender los derechos de autor, prioriza intereses económicos sobre libertades fundamentales. Una ley aprobada por la gran mayoría de los representantes políticos, contra la opinión de la gran mayoría de sus representados.
Ése es el verdadero eje de lo que ahora se plantea en la calle, la constatación progresiva de que los representantes electos de los ciudadanos no son en absoluto tal cosa. Que el voto sirve a quien lo recibe y no a quien lo emite. Parece blasfemo cuestionar uno de los mantras fundamentales de la democracia, pero es obvio que en un sistema electoral como el español cualquier candidato depende mucho más de quien lo coloca en una lista y de en qué posición lo coloca, que de quienes finalmente votan esa lista. Sería largo detallar en qué medida la organización interna de los partidos, su financiación degenerada y sus servidumbres con oscuras esferas del poder económico, blindadas frente a la sociedad, desvirtúan por completo la represantatividad de los ciudadanos inherente a la democracia, hasta dejar sólo el nombre, un mero cartel con la palabra democracia. Recuerda a esos garitos americanos de la época de la Ley Seca, donde bajo el rótulo de un orfanato o de una funeraria operaba en los sótanos un casino, bien es verdad que con la libertad de elegir entre los de la familia Corleone o los de la Tattaglia.
Lo que late desde hace mucho tiempo en la intuición de los damnificados por una crisis que no parece penalizar a sus causantes es que la modélica democracia occidental no puede ampararse en la excusa de ser ese sistema imperfecto que, pese a todo, es el menos malo de los sistemas, para dejarse corromper hasta el tuétano y convertirse en una mascarada electoral donde decidir (como gráficamente apuntaba Vargas llosa sobre las elecciones peruanas) si preferimos el SIDA o el cáncer.
No faltan, desde luego, quienes desde los propios partidos hayan querido llevarse el agua del descontento a su molino. Ahí está por ejemplo la Izquierda Unida y revenida enarbolando el sectario panfleto de Hessel, pero los convocantes de esta rebelión popular han tenido el tino de desmarcarse de todos los partidos por igual y extender sus críticas a las organizaciones empresariales y sindicales (esto último desorienta a no pocos oportunistas de bandera y pancarta), la inteligencia de no proclamar líderes que desenfoquen el carácter colectivo del movimiento y la prudencia de distinguirse claramente de conocidas organizaciones de cafres antisistema y extremistas varios. Al contrario, han dado un ejemplo de resistencia pacífica, de orden, de organización y de civismo con el que resulta fácil sentirse identificado y, por una vez, hasta representado.
Y aunque admito que resulta ilusionante que un país como España, de escasa sociedad civil organizada, alumbre un movimiento cívico imaginativo que podría extenderse por el mundo, tampoco me faltan razones para el pesimismo. Tendrán que sobrevivir a la contaminación de indeseables, al oportunismo de arribistas, a los intentos de boicot y desacreditación de muchos de los poderes establecidos a los que desafían, a la manipulación interesada de medios, editoriales y contertulios al servicio de aquéllos y quizá también a que el gran valor de la transversalidad, su capacidad de aglutinar a muy distintos sectores de la sociedad, no encuentre el equilibrio entre el exceso de indefinición y la definición excesiva, que en un caso los disuelva y en el otro los divida. Al fin y al cabo el Mayo del 68 o la Primavera de Praga se quedaron casi en nada. Ni  violentos ni sectarios, y más lúcidos que desesperados, los jóvenes de la Primavera o el Mayo español se merecen la mejor de las suertes. Como mínimo servirá de terapia, reivindicará a una generación menospreciada y quizá descubra a los políticos que viven de causar y administrar la miseria de sus gobernados, que ni somos todos tontos ni lo somos todo el tiempo.

miércoles, 4 de mayo de 2011

Operación Mourinho

Vaya por delante que uno es del Atleti, lo cual convalida un máster en injusticias cósmicas, normalmente a favor del Real Madrid, que es nuestro enemigo natural, cuyas derrotas jaleamos como victorias propias, tan triste y rebelde es a veces nuestro sino. Y en esas nos hemos encontrado a menudo con el Barça, con el que disputamos partidos épicos, pero de buen rollito, hermanados en alguna medida por la fobia contra el enemigo común. Compañeros en la trinchera contra el poder establecido -que, a través de unos señores que antes vestían de negro, pero se comportaban como si vistieran de blanco, nos dejaba fuera de las subvenciones directas a la gloria- no llegamos como los culés a hacer del agravio causa política, de agresión contra la identidad nacional, pero tampoco les enmendábamos la plana ni cuando reclamaban un penalti centralista a diez metros del área
Pero hace más de veinte años que las cosas han cambiado, desde las ligas milagrosas que ganaba el Barcelona en el último partido, con más que sospechosos arbitrajes al rival en Tenerife, que con el correr del tiempo han dejado como dominadores en el oscuro estamento federativo y arbitral a algunos significados azulgranas y al Madrid con tanta fuerza en el cotarro como la UGT con Franco. Esa Federación piramidal, que por arriba termina en Suiza donde campan la UEFA y la FIFA, de transparencia democrática equiparable a los Soprano y que designan por ocultos ritos, propios de una logia masónica, a los árbitros de las diferentes competiciones.
Contra las acusaciones de manipulación sutil siempre puede alegarse  el error humano, lo opinable y relativo de si una jugada es más o menos penalti o expulsión y que las equivocaciones de los trencillas acaban afectando por igual a unos a otros. Pero cuando la cuenta de errores despierta sospechas, cuando las declaraciones de Guardiola consiguen revocar la designación inicial de un árbitro portugués para el partido de ida  y las de Mourinho consiguen en cambio que le encasqueten precisamente a un árbitro del que se queja, cuando una expulsión muy discutible condiciona el desarrollo del primer partido y las suspicacias se elevan a clamor en los medios, hay cosas que no deberían pasar. Y la anulación del gol de Higuaín es una de esas cosas. Por resumir, Piqué tira a Cristiano Ronaldo que en su caída derriba involuntariamente a Mascherano, quien seguramente tampoco habría podido evitar el gol de Higuaín. No conceder la ley de la ventaja y señalar la primera falta, la de Piqué, ya sería beneficiar al infractor, pero resolver la situación pitando falta de Cristiano Ronaldo, entra de lleno en la antología del disparate arbitral y da pábulo a cuantos venían diciendo que los árbitros favorecen al Barcelona y perjudican al Madrid.
Con ventaja de los blancos en el marcador el partido habría sido otro, igual que sin la expulsión de Pepe en el Bernabeu. Y esos son los partidos que habría querido ver, donde sin duda me habría alegrado de que el magnífico juego de ataque del Barça se hubiera impuesto a la racanería táctica de Mourinho, sin el asomo de una duda que ahora será permanente. Eso es en realidad lo que le han hurtado a los dos equipos y al espectáculo tamañas decisiones arbitrales.

Es manifiesta la hostilidad de Platini hacia la inflación que genera el talonario de Florentino en el fútbol y sabida es la crueldad de la UEFA con los que, como Mourinho, se atreven a cuestionar su cuestionable imparcialidad. Razón de más para extremar siquiera las apariencias de neutralidad. Pero el efecto ha sido, para muchos, consagrar a los antiguos agraviados como nuevos beneficiarios de la injusticia contra la que tanto han protestado.
Y en esas el Real Madrid se ha caído del guindo de la soberbia y el señorío y, de la mano de Mou, se queja hasta el comedidísimo Valdano, bien es verdad que sin la experiencia plañidera del ahora federativo Joan Gaspar, de quintas enteras de directivos blaugranas, ni  la más pertinaz y aquilatada de mi permanentemente oprimido Atleti.
Y es que lo que más me fastidia es que al enemigo de toda la vida, a la antítesis de nuestra esencia, a ese odioso correcaminos vestido de blanco, lo vayamos a encontrar ahora en la trinchera de los desposeídos, de la victoria moral y el sino trágico, hermanados acaso ante la tiranía. Por Dios, no. Hasta ahí podríamos llegar.

jueves, 28 de abril de 2011

Apolíneos contra dionisíacos

Sostiene Nietzsche que la cumbre de la tragedia griega -y acaso de la literatura universal- se alcanza con Sófocles y Esquilo, mediante el contraste entre lo apolíneo - lo plástico, ordenado, luminoso, racional, equilibrado-  y lo dionisíaco -el instinto, la pasión, el exceso-. El pensar contra el sentir, en suma.  La clásica dicotomía representada por las dos deidades, Apolo y Dionisos, admite tantos paralelismos como se quiera: musicales, entre Beatles y Stones, taurinos, con Joselito frente a Belmonte, o futbolísticos con Menotti contra Bilardo y, cómo no, entre Guardiola y Mourinho. Ya la apariencia y el estilo personal parecen coronar al primero de laurel y al portugués de hoja de parra, pero extienden el contraste al juego de sus equipos: geométricamente hermoso, preciso y exquisito el del Barça; bronco, especulativo y agresivo el de este Real Madrid. Fuera del campo también son antagónicas la corrección política, la mesura en la victoria y la derrota de Pep, frente a la provocación, la soberbia ganadora y el mal perder de Mou. Si uno mea colonia, el otro escupe azufre, tan arquetípicos son los personajes que interpretan en las ruedas de prensa.
Pero en la eterna rivalidad de ambos clubes, no siempre ha sido así. Antes al contrario, durante décadas el Madrid fue el paradigma de lo apolíneo, de la grandeza triunfante y del señorío, mientras el Barça se volvía más que un club a base de achacar a la conjura de los estamentos las victorias del rival. Hace veinticinco años, en la final de la Copa de Europa que perdió en Sevilla, el eje del Barcelona era tan dionisíaco como los Alexanco, Migueli, Víctor y Calderé y, si Schuster ponía un toque de calidad, equilibraba perfectamente con su mal carácter. Incluso con Cruyff en el Camp Nou, prosperó Bakero, el mejor especialista que recuerdo en cortar el juego a base de faltas. Presidentes como Núñez y Gaspar tampoco parecían iluminados por el sol de Apolo.

Pero, subidos al topicazo, el fútbol es así y ahí radica su grandeza. La gloria es para el que gana, jugando bien o no dejando jugar al adversario. Ahora que la selección española triunfa con el mismo juego de seda del Barça, olvidamos cuánto hemos envidiado los tres mundiales de Italia, o los dos de Argentina, auténticos embajadores de Dionisos en el fútbol, que elevaron la marrullería al terreno del arte. Nos sentíamos perdedores por falta de carácter, de intensidad, de picardía, por nenazas y porque todos los árbitros del mundo estaban contra nosotros.

Parece bueno para el fúbol que se imponga el jogo bonito frente al catenaccio, el estilo combinativo frente al vertical y directo, pero la posibilidad de alternativa engrandece el juego, acentúa su imprevisibilidad y con ello la pasión que despierta.

Para Nietzche, con la llegada de Sócrates y Platón, se impuso el racionalismo apolíneo en el mundo griego y el poder intentó ocultar esa dimensión oscura, sensorial  y feroz de Dionisos. Con  ello precipitó su decadencia política y artística, reflejada en las muy menores tragedias de Eurípides.

¿Será por esa imposición de lo apolíneo que han expulsado ayer a Pepe? ¿Nos querrá privar la UEFA de Mourinho, némesis imprescindible de Guardiola?

martes, 26 de abril de 2011

Indignaos

Un fantasma recorre Europa. Por el ruido de cadenas oxidadas, el tufo a alcanfor y la sábana amarillenta, parece que hubieran sacado en procesión de Semana Santa al viejo Manifiesto Comunista de Marx y Engels. Pero no, el best seller del momento -el panfleto Indignaos de Stéphane Hessel- pretende ser un renovado azote de las conciencias, con la oportuna puesta al día de los valores tradicionales de la izquierda en plena crisis de capitalismo feroz y desbocado. Y lo consigue. Más que un anticuado fantasma, se revela como un modernísimo zombi, uno de esos muertos vivientes de rabiosa actualidad que pueblan la no menos exitosa serie The Walking Dead. Y a la llamada del panfleto, legiones de intelectuales revenidos de la más casposa izquierda se han levantado de debajo de los cascotes del Muro, con los mismos andares extraviados y la mirada hueca que los zombis de la serie, dispuestos como éstos a chupar los sesos de quien se encuentren, que parece lo suyo en un zombi.
El autor de todo este revuelo, el venerable Stéphane Hessel, fue un destacado miembro de la Resistencia Francesa, colaboró como asistente de los redactores de la Declaración Universal de Derechos Humanos y ha sido durante muchos años diplomático francés ante la ONU. Desde luego, dispone de una amplia perspectiva sobre la historia del siglo XX, que pretende aportar como hoja de ruta para la reacción de una sociedad adormecida ante los abusos de los poderes económicos y financieros (el capitalismo de toda la vida, vaya) de este siglo XXI entrado en crisis. En su opinión resulta más difícil a los jóvenes de hoy identificar a los equivalentes de los malvados de épocas anteriores (Hitler, Mussolini, Franco y el fascismo en general) para poder rebelarse contra ellos. Bien es verdad que censura un poquito a Stalin, como único borrón del socialismo, pero, de inmediato, designa como herederos del fascismo (a modo de únicos ejemplos) a G. W. Bush, el Estado de Israel y el neoliberalismo. Ya supongo yo que a los 94 años la memoria es esquiva y figuras del pasado como Mao, Ceaucescu o Pol Pot no vienen de inmediato a la cabeza. Ni la China actual, Corea del Norte, Cuba o Irán. Pero al menos -y esto es encomiable- sostiene que en estos tiempos la reacción contra los malvados debe ser firme pero no violenta. Y aunque el panfleto tiene la vocación de recuperar perdidos valores éticos, el rechazo de la violencia se sustenta en razones de eficacia. No acaba de descolgarse de su maestro Sartre, cuando se muestra comprensivo con la violencia de Hamás, pero no con la de Israel. Persevera en la perversión de considerar legítimas unas violencias frente a otras, hasta contradicciones tan flagrantes como este párrafo de su manifiesto: " Evidentemente, pienso que el terrorismo es inaceptable, pero hay que reconocer que cuando se está ocupado con medios militares infinitamente superiores a los nuestros, la reacción popular no puede ser sólo no-violenta." Pese a todo llama a la insurrección pacífica por razones prácticas: "El terrorismo no es eficaz. En la noción de eficacia, es necesaria una esperanza no-violenta".
Propone Hessel como modelos de esta reacción a figuras como Mandela y Martin Luther King. Es de agradecer que se haya ido metiendo en el armario al prototipo de revolucionario romántico levemente genocida del Che Gevara, pero también se podía haber acordado de Andrei Sajarov o del todavía preso y vigente Nobel de la Paz Liu Xiaobo. Ay... la memoria.

En fin. Me resulta tan inquietante como a Hessel la falta de reacción de la sociedad ante la crisis galopante de la que ya hablé en la anterior entrada al hilo del documental Inside Job.  Pero la comprendo. Bastante mejor de lo que comprendo las supuestamente comprensibles violencias terroristas. La solución que apuntan tanto Hessel como sus prologuistas internacionales (recién exhumados del cementerio intelectual de la izquierda tradicional) es más política, un mayor protagonismo de los poderes elegidos frente a los no elegidos (económicos y financieros) como si quedaran algunos de aquellos sin corromper por éstos. Precisamente las viejas recetas retóricas carentes de autocrítica que todavía enarbolan partidos a la izquierda y a la derecha, mientras se dejan financiar y jubilar por el mejor postor bancario o empresarial, son las que desconciertan a los nuevos proletarios del mundo. No es extraño que cada vez más países acaben presididos por frikis populistas. Y no solo en America Latina. Usan la misma doctrina maniquea y sectaria de buenos y malvados que impregna el panfleto que nos ocupa. Una doctrina inservible, por cierto, para manejarse en la actual ola de revoluciones en el Mundo Árabe. Si no está por medio Israel o Estados Unidos, a la izquierda europea le cuesta bastante encontrar a los malos.

Imagino que no le parecerá mal al señor Hessel que deje aquí el enlace para quien quiera leer en pdf las diez o doce páginas con letras de a metro (no más de tres o cuatro folios) en que consiste su panfleto. Cinco euros por el libro me parece otra forma de abuso y más de dos millones de ejemplares vendidos le aseguran ya una confortable vejez y un buen pellizco a sus herederos. Vaya, por no indignarse también por haberlo comprado.

viernes, 1 de abril de 2011

Inside Job. Terror financiero.

Merece el Oscar al mejor documental que le han otorgado. Más que su espléndida cinematografía, más que su lúcido retrato de cómo se ha gestado durante muchos años la crisis económica que ahora padecemos, lo que sobrecoge es el abismo ante el que nos coloca, la convicción de que nada esencial ha cambiado para que podamos siquiera adivinar cuándo y dónde tocaremos fondo.
Charles Ferguson, productor y guionista de Inside Job, vendió en su día a Microsoft su  FrontPage (el primer programa popular de diseño web, integrado hasta hace poco en la suite Office) para, con sus dividendos, financiar su carrera como cineasta. Y la verdad es que se ha convertido en un estupendo realizador, que ya apuntaba alto en su anterior largo Irak, la guerra sin fin. Pero además de ello, por su amplia trayectoria profesional, es también un certero analista de la realidad política, social y económica.
Aunque el cine de Michael Moore pueda parecer un referente, Inside Job cae mucho menos en concesiones demagógicas. Su relato -a través de entrevistas con personajes de primerísima fila y del más alto nivel- es tan asequible para el entendimiento medio, como eficaz para conseguir estremecer con una realidad sin apenas aditivos. No será el primero en denunciar que, desde la era Reagan, la economía financiera ha ido devorando como un cáncer a la economía real, pero retrata como pocos la perplejidad de descubrir cómo algo tan previsible ha llegado a pasar de todos modos.
Probablemente desde la caída del Muro, alejado de presupuestos y estrategias el fantasma de un conflicto nuclear, el único motor de la política y la economía haya sido la codicia ilimitada. Sus ingenieros y promotores (el poder, en la práctica), por medio de una plaga de sanguijuelas llamadas derivados, han conseguido desangrar a las clases medias hasta casi proletarizarlas. Como bien revela Ferguson, no hay menos negocio en arruinar una empresa que en levantarla. Se puede ganar mucho dinero fomentando inversiones y a la vez apostando contra ellas. La tajada está en el cambio de valor. Un ejemplo actual son las presiones contra la deuda de algunos Estados como Irlanda y Portugal. Hacer quebrar un país puede ser increíblemente lucrativo. Mención especial en el film para la corrupción de las agencias calificadoras de riesgos como Moody's o Standard & Poors.
Las casi dos horas de metraje de Inside Job transcurren trepidantes como un thriller, a medida que se acerca a sus desasosegantes conclusiones. Los artífices y responsables de nuestra ruina han amasado increíbles fortunas y comisiones con ella, nos han hecho cubrir a los ciudadanos las pérdidas de su desfalco para, con la más descarada impunidad, volverse a poner al frente de la economía en el Gobierno de Obama. Las prometidas regulaciones y reformas se han quedado prácticamente en humo. Wall Street ha recontratado generosamente a los políticos y la Política ha fichado a los ejecutivos de los bancos y agencias responsables de la debacle.
No es de extrañar que el narrador del documental sea Matt Damon, uno de los primeros defraudados de Obama. Pero no conviene engañarse pensando que ésta es una crisis generada exclusivamente desde Wall Street. El ejemplo islandés del principio del documental, de cómo es posible llevar a la quiebra en pocos años a un país rico,  ilustra perfectamente lo globalizadas que están esas prácticas rayanas en la estafa y de hasta qué punto los políticos de todo el mundo son meros títeres de intereses económicos siniestros. Sin ir más lejos, la reunión en La Moncloa de los cuarenta la..., de los cuarenta líderes empresariales y financieros españoles es una reveladora instantánea de lo antedicho.
En suma, merece la pena el visionado de Inside Job, aunque no nos deje mejor cuerpo, ni apenas lugar para la esperanza. Al menos para saber cómo y por qué podremos necesitar antidepresivos.

domingo, 27 de marzo de 2011

Árabes y musulmanes

En medio de esta ola revolucionaria que sacude el mundo árabe, la crónica televisiva de los acontecimientos sacude también mis oídos con el uso equívoco de los términos árabe, musulmán o magrebí. Y no sólo en esos programas matinales en los que se analiza, con el mismo rigor y por la misma gente, tanto la actualidad geopolítica como la eficacia de una pomada antihemorroidal o la última salida nocturna del ex-amante de la pareja del sobrino de una tonadillera. Incluso los informativos más respetables siembran la confusión a menudo, con redacciones propias de un becario, cuando  designan a tal o cual país o ciudadano como árabe, musulmán, islámico o islamista. Un sondeo apresurado entre algunos amigos ilustrados, me ha persuadido de que quizá no sea ocioso aclarar algunos conceptos.

El llamado mundo árabe denomina a una comunidad de base lingüística, no racial, étnica o religiosa. Del mismo modo que un país hispano es aquel donde la lengua oficial o mayoritaria es el español, un país es árabe cuando tiene esa lengua como principal o predominante. El término se extiende a los ciudadanos  y comunidades araboparlantes de esos países, pero no a las minorías que utilizan una lengua distinta  como, por ejemplo kurdos o bereberes.
Como parece obvio, un país musulmán es aquel que tiene el Islam como religión mayoritaria. Pero, a pesar del entrelazamiento entre idioma, cultura árabe y religión islámica, hay muchos países musulmanes que no son árabes. Desde los más próximos, como Turquía, Irán, Afganistán o Pakistán (donde se hablan el turco, el persa el pashto y el urdú) hasta el sudeste asiático (Indonesia es el país musulmán más poblado) pasando por las repúblicas del Asia Central.
También existen comunidades árabes no musulmanas, como lo coptos en Egipto o los maronitas y los drusos en Líbano, Siria o Jordania.

El mundo árabe, pues, se extiende desde Mauritania y el Sáhara Occidental por todo el Norte de África y la península arábiga, más Sudán (incluido el Sur secesionista), Somalia y Djibuti. Los mismos países que, junto con el archipiélago de Comores, integran la Liga Árabe. En todos ellos se habla el árabe, que aun con sus variedades dialectales habladas, mantiene la unidad en su versión escrita y literaria y en el árabe moderno normativo que emplean los medios de comunicación panarábicos como Al Jazeera o Al Arabiya.

Este mundo árabe así delimitado se divide geográficamente en sus dos mitades occidental y oriental. El Magreb y el Máshreq (Al-Magrib y Al-Masriq), literalmente Poniente y Levante. La línea divisoria clásica coincide con el eje del actual conflicto libio, aunque toda Libia se incluye hoy en el Magreb. Son magrebíes, por tanto, los libios, tunecinos, argelíes, marroquíes, saharahuis y mauritanos. Todos los países árabes al Este de Libia forman el Máshreq.

Dicho todo esto, seguro que seguiremos oyendo a los medios llamar magrebí a un egipcio, árabe a un turco o musulmán a un copto, hasta aburrir a las ovejas de confundir churras con merinas (por cierto, las churras son las del hocico y las orejas negras).

miércoles, 23 de marzo de 2011

De qué hablamos cuando hablamos de Libia

Posiblemente sea empezar con un trazo demasiado grueso decir que Libia es un invento italiano. Pero, aunque la franja costera del Golfo de Sidra se ha forjado bajo el dominio de fenicios y griegos, cartagineses y romanos, vándalos y bizantinos o árabes y otomanos, no fue hasta el siglo XX cuando Italia, que había llegado a los aplausos en la escena del reparto colonial de África, arrebató al desmoronado Imperio Otomano Trípoli (o la Tripolitania) y la Cirenaica (la mitad oriental dominada por Bengasi), para establecer la colonia de Libia, con sus actuales fronteras, añadiendo al Sur la misérrima región tuareg de Fezzan. Tras la derrota italiana en la II Guerra Mundial, la ONU tuvo a bien dejar los rayones fronterizos como estaban y convertir la antigua colonia en Reino independiente en 1951. Dieciocho años duró el reinado de Idris I y único de Libia, monarca sanusí, cirenaico, proocidental y, en general de buenas intenciones, hasta ser derrocado en un golpe militar por un oficialucho tripolitano de origen beduino, que ha liderado sin discusión un país hecho de retales, durante cuarenta y dos de sus sesenta años de historia como Estado independiente.
Es difícil imaginar Libia sin Gadafi. Más allá de lo extravagante y siniestro del personaje, hay que reconocer que es un verdadero crack de la geopolítica de las últimas décadas. Todavía hoy el nombre oficial de Libia es el de Gran Jamahiriya Árabe Libia Popular Socialista. Y eso por abreviar, que la definición de Jamahiriya (una forma sui generis de república) da para varios párrafos. Se basa en la Tercera Teoría Universal de su Libro Verde que, citando la Wikipedia, "es una mezcla de anticapitalismo con asambleísmo tomado de las tribus beduinas y valores islámicos y de Estado socialista con nacionalismo árabe, con referencia también a los principios de la antigua democracia griega, unida a la idea de que es necesario un líder supremo y guía de la revolución."
¡Toma!
Si no resulta suficientemente estrafalario, la trayectoria del Coronel ha discurrido simultáneamente por el anticomunismo y el pro-sovietismo, el panarabismo laico y el panislamismo, el intervencionismo belicista y el panafricanismo pacifista. De alcahuete terrorista y enemigo público número uno de Occidente ha pasado a diplomático y socio de referencia, plantando la Jaima en los palacios presidenciales de media Europa, para bochorno fotográfico de algunos de los mismos líderes que ahora lo bombardean.
El caso es que Gadafi ha sido Libia y Libia ha sido Gadafi durante casi toda su independencia. Se me antoja cierto paralelismo con Yugoslavia y Tito. Y es posible que también desaparezcan a la vez. No discuto la necesidad de evitar que masacre a la población civil, ni lamentaré lo más mínimo que se trunque otra dinastía republicana en el mundo árabe. Aunque se consiga derrocar a Gadafi, es difícil saber dónde parará esta guerra. Si en una escisión del territorio en dos Estados más naturales con capital en Trípoli y en Bengasi, si en una contienda permanente de tribus y señores de la guerra. Son muy poco alentadores los resultados de las últimas intervenciones militares en Kosovo, Afganistán e Irak. Ojalá sea diferente esta vez, pero no dejo de preguntarme de qué hablaremos en el futuro cuando hablemos de Libia.

miércoles, 16 de marzo de 2011

Tsunami global (II). Los cincuenta samurais.

Ahora que veo campañas con el eslógan Pray for Japan, se me ocurre que la sucesión de calamidades que padece el pueblo japonés está a la altura bíblica de las que perpetraba el Dios de Israel contra Egipto, Babel, Sodoma y Gomorra. No creo, desde luego, que estén pagando su fe sintoísta o budista, aunque me sobrecoge la estoica resignación, la serenidad hasta en el llanto y la disciplinada mansedumbre con que parecen afrontar un dolor tan insoportable. No sé cuánto tiene eso de idiosincrasia religiosa o de alienación orwelliana, el caso es que, tal vez por mi distancia cultural, los japoneses siempre me han resultado un tanto extraños. Supongo que a su favor. Como latino me cuesta menos comprender el egoísmo, el pánico desordenado y el pillaje, que la resignación y el heroísmo.
Ya es bastante pesadilla padecer el mayor terremoto de la Historia registrado en un área poblada, un inmediato tsunami de mayor furia que el de Indonesia para, a cuatro días de ello, estar fundamentalmente preocupados por un probable desastre nuclear, que relega el dolor y el llanto por las vidas que se ha llevado el mar. Resulta tan desasosegante que, en aras de la prudencia, el Gobierno haya desaconsejado enterrar a los muertos, como que sus deudos lo hayan acatado mansamente.
Con los muertos todavía sobre las playas, parece miserable analizar las consecuencias globales del colapso de la economía japonesa y, sobre todo, de la crisis nuclear. Habría preferido esperar, pero ya se ha desatado el oportunismo político sobre la cuestión. Muy propio de la más mediocre generación de gobernantes que recuerdo, a los que incluso les habrá venido bien la confusión para evitarse decisiones más urgentes sobre Libia.
Creo que, lamentablemente, lo sucedido en Fukushima significará un varapalo más para el desarrollo de la energía nuclear. De poco servirá el hecho de que ante una situación extrema, más allá de todo lo previsible en casi cualquier país, sólo una de cincuenta centrales nucleares, de construcción antigua, haya sufrido un accidente. Es cierto que de una extrema gravedad y cuyas consecuencias sólo se pueden aventurar. Pero esas centrales nucleares han cimentado el desarrollo japonés, que hasta hace bien poco era la segunda potencia económica mundial. Y el riesgo de haberlas construído en una de las zonas menos adecuadas del planeta puede compensar o no. Quizá habría que preguntarlo a cualquier haitiano.
En todo caso, en plena crisis económica y energética, descartar de nuevo la energía más barata y eficiente a cambio de las ecológicas y carísimas renovables, me parece un riesgo mucho peor y más cierto que esperar un tsunami o un terremoto devastador en la meseta española o en el centro de Europa. Pero el miedo es libre y muchos son sus administradores.
Pese a todo ello y a lo lejos que queda Japón, me alarma de verdad hasta qué extremo pueden llegar las consecuencias radiactivas de un accidente que ya se acerca al nivel del de Chernóbil y, en mitad del miedo, me sobrecoge la figura de esos últimos cincuenta operarios que, con idas y venidas, permanecenen en el bombardeo de neutrones para aminorar en lo posible la catástrofe para los suyos. Sabiendo como saben que ellos ya están perdidos, si no ahora, seguramente a corto plazo. Me pregunto si son voluntarios u obligados por sus contratos con la siniestra Tokio Electric Power, que acumula un amplio historial de irregularidades y corruptelas y cuyos directivos seguramente están a buen recaudo. Tenebrosa como un señor feudal, Tepco habrá enviado a la muerte a los cincuenta últimos de Fukushima. Cincuenta valientes, cincuenta héroes. Cincuenta samurais.

lunes, 14 de marzo de 2011

Tsunami global (I)

No creo en la numerología ni, en general, en ninguna otra paparrucha esotérica, pero reconozco que empieza a inquietarme la cantidad de veces que el cántaro número once va a la fuente de la Historia reciente. Si el once de febrero comentaba aquí el hito de la caída de Mubarak, en pleno aniversario de la revolución iraní, este once de marzo, cuando los diarios abrían con el ominoso recuerdo del 11M de Madrid - versión horizontal del terror vertical del 11S- la propia naturaleza conspiró para añadir otra efemérides catastrófica a la ya nefasta fecha. Considerando que además este año todas las fechas terminarán en once, se me empiezan a poner los pelos como pares de unos de punta.
Terremoto de registro histórico, devastador tsunami (término especialmente apropiado en este caso) y alarma nuclear. Todo un hito en la era de la Historia televisada en directo, máxime cuando ocurre en el país de las videocámaras por antonomasia. Si ya resultan espeluznantes las primeras imágenes del mar incontenible devorando japoneses con sus coches, carreteras y casas, presiento un incesante goteo en los próximos meses de vídeos sucesivos que pondrán a prueba nuestra capacidad de estremecimiento.
Antes del maremoto que en el 2004 arrasó el Índico, de Indonesia a las Maldivas, tenía como muchos la errónea representación del fenómeno como una ola gigantesca, del tamaño de un edificio, que destrozaba con el impacto de una cascada cuanto encontraba a su altura. Me sorprendió descubrir por televisión que se parecía más a una riada llana que empuja perseverante durante kilómetros la superficie amontonada, como la espuma y la barba tras una cuchilla de afeitar. No me cabe duda que el tsunami del viernes será con mucho el mejor documentado de todos los tiempos y que muchas de sus imágenes permaneceran como iconos en la memoria colectiva con solo mencionar la palabra.
Esas mismas instantáneas de casas navegando como barcos, de coches y camiones con sus conductores atrapados en autopistas que se lleva el mar por delante, hacían prever que el número de muertos sería muy elevado incluso tratándose del país más preparado del mundo ante fenómenos sísmicos. Tardará en saberse qué pequeño porcentaje de los muchos miles de desaparecidos no pasará a las listas de fallecidos. Bajo el estupor global del horror mediático, el primer gran drama será ése.
Que la tercera potencia mundial quede arrasada física y económicamente, depués de veinte años de la crisis propia y tres de la ajena tendrá también, sin duda, un importante efecto planetario. Si ya se tambaleaban los mercados ante el riesgo de rescatar de la quiebra financiera a alguna pequeña o mediana economía europea, rescatar a un gigante como Japón de un colapso catastrófico puede cambiar los parámetros generales de la economía mundial.

Dejo para la siguiente entrada el aspecto más inquietante y delicado de la catástrofe. La alarma ante la posibilidad de sumar a las calamidades un desastre nuclear. A la espera de los acontecimientos, temo que algunos efectos locales, regionales y globales de tal alarma ya sean irreversibles.